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560 pages, Hardcover
First published January 1, 2002
Mud splashed from the horse's hooves, muddying the already muddied, cloaked figure huddled by the cross. None of the riders paid the figure any attention.
And nor did Reynevan raise his head.
'Beware the terror by night, beware the pestilence that walketh in darkness; beware the demon that wasteth at noonday! And that which calls: Adsumus! Beware the Wallcreeper! Fear the night birds, fear silent bats!'
'And you, kinsman,' she said, turning around, 'take care of yourself. Hussite emissaries are being hunted down. Strangers and foreigners are watched and anything suspicious is reported, because anyone who doesn't inform is himself suspicious.
You are foreign and a stranger.
El fin del mundo no llegó en el Año del Señor de 1420, aunque señales muchas hubo de que así había de ser.
No se consumaron las aciagas profecías de los chiliastas que preveían con asaz precisión —para el año 1420, en el mes de febrero, en lunes, Santa Escolástica— la llegada del Fin. Mas pasó el lunes, vino el martes y tras él el miércoles, y nada. No llegó el Día del Castigo y la Venganza que había de anteceder a la llegada del Reino de Dios. No se liberó de sus prisiones al satán, aunque habían pasado mil años, y no salió éste para embaucar a las naciones de las cuatro esquinas de la Tierra. No murieron todos los pecadores del mundo ni los enemigos de Dios a causa de espada, fuego, hambre, granizo, de colmillo de bestia, de aguijón de escorpión o veneno de sierpe. En vano esperaron los fieles la llegada del Mesías en los montes Tabor, Carnero, Oreb, Sión y en el de los Olivos, en vano esperaron la nueva venida de Cristo las quinque civitates, las cinco ciudades escogidas que anunciaban las profecías de Isaías y por las cuales se tuvo a Pilsen, Klatovy, Louny, Slany y Zatec. No llegó el fin del mundo. El mundo no sucumbió ni estalló. Por lo menos no todo.
Y aún así se montó una buena
—Perdón. —El gigante extendió las manos—. No pude evitar caer en la tentación... Siendo, lo queramos o no, testigos de un hallazgo que cambiará la faz de la época.
—¡Ja! —El rostro de Gutenberg se iluminó, como todo artista gustoso del halago, aunque fuera emitido por un ogro de aspecto idiota cuya cabeza alcanzaba el techo—. ¡Así será precisamente! ¡Y no de otro modo! ¡Porque imaginaos, nobles señores, libros doctos a decenas, y puede que alguna vez, por mucho que hoy suene ridículo, hasta en centenas! ¡Sin tener que copiarlos cansinamente y durante largos años! ¡La sabiduría humana impresa y accesible! ¡Sí, sí! Y si vos, nobles señores, apoyáis mi hallazgo, os prometo que precisamente vuestra villa, la hermosa Swidnica, será famosa por todos los siglos de los siglos como el lugar en el que se encendió la lámpara de la ciencia. Como lugar desde el que la ciencia se extendió a todo el mundo.
—Ciertamente —enunció al cabo Sansón Mieles con su voz amable y tranquila—. Lo veo con los ojos del espíritu. Una producción masiva de papel densamente cubierto de letras. Cada papel en cientos, y algún día, por muy ridículo que hoy suene esto, puede que hasta en miles de ejemplares. Todo reproducido multitud de veces y de fácil acceso. Mentiras, habladurías, calumnias, pasquines, denuncias, falsa propaganda y demagogia halagando al populacho. Toda maldad ennoblecida, toda nimiedad oficializada, toda mentira hecha verdad. Toda porquería, virtud; todo innoble extremo, revolución progresista; todo ocioso eslogan, sabiduría; toda bagatela, valores. Toda estupidez, reconocida; todo idiota, coronado. Porque todo estará impreso. Está en el papel, así que tiene poder, así que es de obligado cumplimiento. Fácil será comenzar esto, señor Gutenberg. Y desarrollarlo. ¿Mas detenerlo?
—Dudo que exista la necesidad —intervino Scharley con seriedad—. Siendo como soy más realista que tú, Sansón, no le auguro tanta popularidad al invento. E incluso si se llegara de hecho al resultado por ti profetizado, habrá cómo detenerlo. De modo simple como un cubo. De la forma más común y corriente, se creará un índice de libros prohibidos.
Gutenberg, quien no hacía mucho estaba radiante, se apagó. Tanto que a Reynevan le dio pena.
—No le auguráis entonces a mi hallazgo futuro alguno —afirmó al cabo con voz de ultratumba—. Con verdadero entusiasmo de inquisidor perseguisteis su lado más oscuro. E igualmente como inquisidores menospreciasteis sus más claras virtudes. Luminosas. Las más luminosas. Puesto que también se podrá imprimir y de este modo propagar con amplitud la Palabra de Dios. ¿Qué respondéis a ello?
—Respondemos —los labios de Scharley se torcieron en una sonrisilla burlona— como los inquisidores. Como los padres conciliares. ¿Qué, señor Gutenberg, que no sabéis qué es lo que proclamaron en lo tocante a esto los padres conciliares? La sacra pagina ha de ser privilegio de los clérigos, puesto que sólo ellos son capaces de entenderla. Fuera de ella las zarpas de los seglares.
—Os burláis.
Reynevan también pensaba lo mismo. Porque Scharley, al seguir hablando, no escondió ni su sonrisa burlona ni su tono irónico.
—A los seglares, incluso a aquéllos que muestran un punto de razón, les basta con los sermones, las lecciones, el evangelio del domingo, las citas, cuentos y moralidades. Y aquéllos completamente pobres de espíritu habrán de conocer las Escrituras con teatrillos, milagros, pasiones y vía crucis, cantando laudes y mirando las imágenes y las esculturas de las iglesias. ¿Y vos queréis imprimir las Sagradas Escrituras y dárselas al vulgo? ¿Y puede incluso que hasta traducida del latín a la lengua vulgar? ¿Para que todo el mundo pueda leerla e interpretarla a su modo? ¿Querríais que se llegara a ello?
—No tengo que quererlo en absoluto —respondió Gutenberg con serenidad—. Porque a ello ya se ha llegado. Y no muy lejos de aquí. En Bohemia. Y sea como sea como vaya discurriendo la historia, nada cambiará ya el hecho ni sus consecuencias. Lo queráis o no, estamos a las puertas de una reforma.