“Ay, qué amada es la rosa y qué amante la espina”.
Los poemas de Tala de Gabriela Mistral son “como leños de hoguera que odiasen el arder, sin saberse apagar” y es que la poesía de la Premio Nobel de Chile (1945) es como un fuego del que siempre quedan brasas y esa sensación tontorrona de calor de hogar. Gabriela te lleva a México, a Chile, a la nostalgia, a la belleza, a la naturaleza, a las milpas del maíz, a las infancias, a las montañas, a los jardines, a la espiritualidad y a la muerte. Te acompaña – o, mejor dicho, te voltea, te dirige, te ordena – y el lector viaja a través de “ángeles creados con las palabras” por todos esos paisajes, con ritmo, con fonemas, con sílabas y versos de los que se sirve su poesía para cautivar. Poesía cultivada con azotes de vientos, “pescada para los abismos”, cautiva, porque “oprimirlos es amarlos”, y desgranada en cuna de milpa sabiendo que “México se acaba donde el maíz se muere”. Constructora de casas sin muros, con puertas y ventanas gigantes abiertas constantemente a la libertad, la religión, la naturaleza y lo bello, Gabriela Mistral, que fue la primera mujer iberoamericana y la segunda persona latinoamericana en recibir un Premio Nobel, nos presenta unos poemas bellos, gráciles y magníficos en todo su esplendor. Cuales “gotas de aceite dorado que tiemblan”, los poemas parecen quedarse y convivir en el alma; curioso que, para ser unos poemas sin patria, sean tan universales.
Por último, incluyo la lectura en el #retomujeresautoras como mujer de verso en pecho, título de una sola palabra y autora latina (Chile). Y en el #24retosdelectura en la categoría 16 (libro con referencia bíblica).