Sergio González Rodríguez hace un recuento, quirúrgico a más no poder, si bien accesible, del escenario bélico en que el planeta se ha convertido. González pone a México como claro ejemplo, aunque recalca que algo similar es vigente en otras sociedades. Esto se debe a que comparten la misma base socioeconómica: la democracia de corte ultraliberal en un mundo globalizado. Su retrato y diagnostico se basa en proponer varias ideas, lo que José Andrés Rojo refiere mejor como «desplegar algunos instrumentos teóricos que le permitan interpretar la compleja trama de la lucha contra el narcotráfico». Algunos de estos instrumentos a destacar:
1. El monopolio de la violencia. Los grupos criminales que disputan los estados ya no lo hacen sólo por territorio y rutas de narcotráfico. Crímenes como la extorsión y el secuestro se han generalizado por ser oportunidades de negocio. El límite entre lo legal y lo ilegal se emborrona para abrir paso a la alegalidad redituable como esquema macroeconómico; un pueblo puede ser protegido por los cárteles o ser «reserva de víctimas potenciales».
2. La dinámica de la simulación. La disfuncionalidad de las instituciones se solapa en el formalismo de la burocracia. Sin embargo, sus informes y «verdades históricas» —lo que Gonzáles Rodríguez llama la «ficción oficial»— se han desnudado a luz de las investigaciones de grupos independientes. En la grieta de la crisis institucional, ha prosperado la ineptitud, la corrupción y, sobre todo, la impunidad.
3. La desestructuración del espacio social. El crimen y la inseguridad han fragmentado, y desplazado a los pobladores, afectando así la «cartografía comunitaria», volviéndola plana, homogénea, para libre flujo y dominio de las organizaciones criminales.
4. La lógica de la guerra. Conforme los grupos criminales han modernizado su organización, las fuerzas armadas han aumentado sus presupuestos, volviéndose efectivamente en una producción lucrativa a la vez que abordan el encargo que impuso E.E.U.U. de combatir el narcotráfico, reformar el sistema penal y mejorar la seguridad pública, más desde la fuerza bruta que desde la inteligencia.
5. Anamorfosis de la víctima. Los receptores de la violencia o el crimen están prensados en una disyuntiva entre la atrocidad sufrida y la justicia que nunca llega, ya no para saldar cuentas sino ni siquiera para esclarecer qué es lo que ha sucedido. Por un lado está el «acto anómalo» que irrumpe en la realidad de los afectados, y por otro la percepción deformada (y mediatizada) que se les impone, aunque su experiencia y memoria insista en indicar lo contrario. Los afectados quedan en limbo de lo incierto, tan solo esperando que la normalidad se restituya.
Como estas observaciones acertadas hay muchas otras. Campo de guerra es un ensayo duro, en partes triste, sentimientos solo aminorados por la lucidez (sí, a veces de una prosa espesa) y el coraje ético y moral de SGR.