La catástrofe ecológica es el problema más grave que ha tenido que afrontar nunca la humanidad. Además de estudiarlo desde las ciencias naturales, la ética y la política, necesitamos también examinarlo desde la estética, porque nuestra relación con la naturaleza y los otros animales está mediada por la belleza o el misterio que admiramos en bosques, desiertos y océanos. Sin embargo, nuestra civilización nos ha educado en una estética superficial que concibe la naturaleza como un simple decorado que adorna las historias humanas y los otros animales como meros ornamentos exhibidos en jaulas o acuarios, y así nos encierra en la burbuja antropocéntrica y nos desvincula de la realidad. Necesitamos una estética de la naturaleza basada en el conocimiento científico, en la percepción plurisensorial, en la capacidad para apreciar lo diferente de nosotros y en la actitud crítica. Y la necesitamos con urgencia: quien no sabe admirar la belleza de una familia de lobos salvajes en libertad, quien nunca se ha parado a contemplar las aves, los reptiles, los insectos o las “malas hierbas” con los que comparte su barrio, quien ni siquiera sabe lo que es un chorlitejo patinegro o un pinsapo, ¿los echará de menos si los extinguimos? Apreciar la belleza natural nos revelará la gravedad del ecocidio, del exterminio global que estamos cometiendo, y nos mostrará también los fabulosos viajes de descubrimiento y placer que podríamos disfrutar en una naturaleza recuperada como hogar. Necesitamos una estética ecologista y animalista, que nos reconcilie con la Tierra y los animales que la habitan.
Se me ha hecho un poco largo pero realmente merece la pena porque todos los temas que tratan son interesantísimos. La idea de estética que propone desde el ecofeminismo y la plurisensorialidad es muy clave.
Extensa relación acerca de la diversidad estética y su imbricacion con la ética, el ecologismo y la naturaleza.
Entre sus grandes aciertos se encuentra la reflexión teórica sobre la diferencia entre estética artística y natural, la crítica al dualismo metafísico, la crítica a la tradición kantiano-hegeliana, la diferenciación entre paisaje y entorno o la importancia ofrendada a todos los sentidos.
No obstante, hay varias opiniones poco fundamentadas y embriagadas de un moralismo poco matizado. Por ejemplo, al igual que es absurdo perdonar los atropellos del pasado diciendo que son "producto de su época", tampoco sirve enjuiciar todo acto pasado desde el presente desde una superioridad moral. Hay grises y concienciación a tener en cuenta.
En ocasiones, la propuesta de Tafalla es un de "a todo o nada" (por ejemplo, con respecto a los animales domesticados o la estetización animal). ¿Qué habría que hacer con los perros para que fueran libres de toda "asimetría injusta"? ¿Dejo de trabajar para estar todo el día acompañando a mi perro? Faltan algunas propuestas realistas que, reconociendo la "triste realidad", puedan llevarse a cabo. Yo, al menos, no tengo espacio en mi piso para un jardín (que para ella parece que está al alcance de todo el mundo)
No se me malinterprete. Es un libro muy recomendable y muy amplio de miras. Pero cae, como tantos discursos ecofeministas, en cierto extremismo. Nada que objetar cuando se quiere señalar el ideal.