Se trata de un libro que se presenta como una recopilación de retazos de vidas, concretamente las de tres mujeres, Cristina de Suecia y Hélène Jans contemporáneas y amantes de René Descartes, y Inés Andrade que está escribiendo una tesis doctoral sobre Descartes. Entre medias hay recetas, poemas, embrujos, extractos de libros e historias varias.
El libro está escrito con una bella prosa que transporta al lector a una ensoñación poética en el que se arremolinan, sensaciones, olores y sentimientos a costa de la narrativa, que a veces se empantana y gira sobre sí misma.
La impresión final que me queda es que se trata de un libro eminentemente feminista, en el que se canta una oda a la sabiduría de las mujeres, las anónimas y las que no lo son tanto.
Estamos en el siglo XVI; Descartes, gran filosofo dónde los haya, se presenta como un hombre afable y de grandes virtudes que sin embargo no ha necesitado su cuerpo más que para transportar su cabeza. Esto queda patente en la base de su pensamiento filosófico en el que establece que los sentidos pueden llevar a engaño, el mundo puede ser un gran embrujo de un Ser maligno y por lo tanto debemos dudar de todo. Pero el simple hecho de dudar confiere que alguien duda, por lo tanto,
hay una conciencia que piensa aunque sea dudando. De aquí el famoso "Pienso, luego existo."
Este pensamiento es totalmente independiente del cuerpo y lo dirige tal como si fuese un autómata movido por un sistema de aguas. Es un ente superior y espiritual dirigiendo la materia.
Aquí, Hélène Jans, mujer que trabaja con las manos y con el cuerpo a diario, le replica que las emociones forman parte del yo al igual que el pensamiento.
Este argumento, puesto en boca de Hélène Jans, en realidad le fue expuesto por dos mujeres nobles, mujeres inteligentes que presentaban un gran interés por la filosofía.
La primera fue Margaret Cavendish con la que asistía a tertulias y que desarrolló por si misma una filosofía natural en la que concebía el mundo de una forma totalmente opuesta al dualismo de Descartes. Concebía el mundo, incluyendo el ser humano, los animales y las plantas como una unidad fundamental, mezcla de materia y espíritu como un gran ente fluido.
La segunda, que tuvo gran importancia para Descartes, fue Isabel de Bohemia, a la que enseñó y escribió cartas a lo largo de toda su vida, y en las que se entremezcla una admiración mutua intelectual y un cariño que bien pudo ser enamoramiento.
Isabel de Bohemia le reprocha a Descartes su dualismo, replicándole que el alma si sólo es un ente pensante no puede inducir al movimiento el cuerpo del mismo modo que se necesita tener contacto con la pelota para empujarla en una dirección.
Le señala que el cuerpo influye sobre las emociones, y le pide que tenga en cuenta las emociones y las pasiones en sus escritos.
Mientras Descartes separa la mente del cuerpo de forma teórica, podemos ver sus efectos en foram práctica en el contraste entre el saber hacer de Hélène Jans con sus conocimientos aplicados con el extracto del libro: Thrésor des remèdes secrets pour les maladies des femmes (Tesoro de los remedios secretos para las enfermedades de las mujeres) escrito en 1585 por un eminente médico llamado Jean Liébault.
En el libro se hace un corto repaso de la historia médica sobre el embarazo y la mujer, en que Aristoteles afirma que el hombre aporta a la concepción el semen, que es una forma superlativa de la sangre, es sangre que ha sufrido un proceso de transformación para su optimización.
En cambio la contribución de la mujer es la menstrua, prueba de ello es que no se tiene cuando el embarazo, como la mujer tiene un cuerpo frío, no puede producirse en ella esta transformación.
Así también Diogenes dice que el aire es el principal componente del semen que es más blanco, más puro y tene más alma que el de la mujer.
El mismo autor proclama:
"La mujer posee también órganos espermáticos, pero, al ser de temperamento frío y húmedo, estos serán más fríos y húmedos que los del varón. Y, puesto que el frío contrae y aprieta, los órganos femeninos se ocultan en el interior del cuerpo, igual que una flor que, por falta de sol, no pudiese abrirse. Afirmo en consecuencia que el cuerpo de la mujer es impotencia y debilidad, mientras que el del varón es potencia y fortaleza y, de este modo, aunque en adelante pueda yo enaltecer algunas virtudes del alma femenina, como la de la resistencia al dolor o la de la templanza, que el ejercicio de mi oficio me ha permitido contemplar en numerosas ocasiones, no por eso pretenderé nunca turbar la natural visión jerárquica de las criaturas, en la que la hembra ocupa el lugar vacante que Dios dejó entre la bestia y el hombre."
Cuando Descartes plantea el dualismo, como un cuerpo cuya principal función es llevar la cabeza de un lado a otro, cabe preguntarse:
¿Qué ha hecho el hombre con su relación con la materia, con sus pasiones, su cuerpo y su naturaleza instintiva? Proyectarlo en su otro yo, en el que es como él pero opuesto. En la mujer. Proyección de la sombra, lo llamarían los psicoanalistas.
Ver es creer, pero creer es ver. Prueba de ello es que Durante los siglos XVII y XVIII una serie de razonables hombre de ciencias aseguraron haber visto en el microscopio pequeños formas humanas en los espermatozoides. Gautier vio un caballo diminuto en el semen de un caballo y un gallo preformado en el semen de un gallo.
No fue hasta 1827 que Karl Ernst Von Baer publicó su descubrimiento sobre el óvulo femenino y tan tarde como en 1875 se demostró que la concepción venía de la conjunción entre óvulo y esperma.
Finalizo con el matiz que aporta la propia autora del libro en la última carta de Cristina de Suecia a Hélène Jans, no se trata de hombres y mujeres, sino de la unión del cuerpo y el alma, independientemente del sexo:
"Al grito de «la mente no tiene sexo», estas mujeres pretenden desprenderse de sus cuerpos, que parecen pesarles, para iniciarse en el mundo puro e incontaminado del alma. No sé si serán más bien neoplatónicas como dicen los estudiosos. No estoy segura, que la muerte me ronda, y no veo nada clara y distintamente, pero te recuerdo a ti, tan pensadora y tan definitivamente anclada en tu cuerpo de mujer… que acabo por sospechar de estas intelectuales. No lo he dicho todavía. Ninguna de ellas se ha casado, ni ha tenido hijos y mucho me temo que no hayan conocido varón… Cómo te reirías si estuvieses aquí… Hélène… cómo dirías que están perdiéndose lo mejor de la vida… Menos mal que les queda la lectura, ¿verdad?"