«La gracia del arte radica en que es la actividad libre por excelencia. Pero esta actividad libérrima y creativa ha sido rondada permanentemente por dos amantes peligrosas. La política y el capitalismo han tratado de multiplicar sus fuerzas fundiéndose con ella.» Comerciantes de arte roban paredes y puertas con obras de Banksy, un festival erótico disecciona los males políticos de España para estimular el consumo de pornografía, un autobús tránsfobo hace las veces de instalación itinerante, se estetiza el espacio público en Cataluña para hacer invisible al adversario... En los últimos años la cultura ha trabado una relación asfixiante con el capitalismo y con la política. Pareciera que el destino de toda expresión artística es acabar convertida en una mercancía cultural, en un incentivo para el turismo o en un arma estratégica en las batallas ideológicas. Este estupendo ensayo examina las tensiones entre la cultura, el mercado y el populismo contemporáneo. Carlos Granés ofrece un certero diagnóstico del presente y nos muestra con contundentes ejemplos el modo en que, paradójicamente, mientras el arte se vuelve políticamente correcto y renuncia a las estrategias de la vanguardia, la política opta por tácticas transgresoras y escandalosas para captar la atención del otro.
“El 22 de agosto de 2015, se abrieron al público las puertas de un parque de diversión fuera de lo común. Estaba ubicado en Weston-super-Mare, un antiguo balneario en decadencia situado a doscientos kilómetros de Londres (...) Su creador, el grafitero Banksy, lo bautizó con el nombre de Dismaland en clara alusión a Disneyland, con la diferencia de que éste parque artístico no se había montado para divertir sino para consternar o deprimir al visitante (...)
Mientras jugaban con los botes a control remoto, los visitantes se convertían en testigos de la inmigración ilegal. Si querían jugar al minigolf, tenían que pasar por derrames de petróleo y hacer frente al drama ambiental. Espiando a la princesa del castillo, eran testigos de un accidente similar al que le costó la vida a Lady Di”. . Desde que oí a Carlos Granés en el podcast ‘Hotel Jorge Juan’ tenía ganas de leer este libro porque lo que contaba allí me parecía muy interesante aunque no estaba de acuerdo con casi nada. En la primera parte del libro analiza diversas piezas artísticas y proyectos culturales política y socialmente críticos y a todos termina reprochándole lo mismo: que han tenido éxito y los creadores han obtenido prestigio y dinero gracias a ellos, logrando al parecer así una demostración de la supuesta inevitabilidad de la lógica del capitalismo neoliberal al mismo tiempo que se le reprocha que no pueden escapar de él por muy rebeldes y contestatarios que sean.
La verdad es que es un poco cansado leer otra vez eso de exigirle la perfección moral y la máxima coherencia (y el voto de pobreza) sólo a progresistas, feministas, antirracistas y similares mientras los demás se van de rositas. Como cuando se critica que a un izquierdista le guste comer en un buen restaurante (¿sólo puede comer arroz y tortas de maíz en cuclillas?). Pero el libro está muy bien escrito y leído hoy, a la luz de los últimos acontecimientos políticos en España, desvela muchas conexiones entre hedonismo, rebeldía “canallita”, industria del ocio y liberalismo económico que a lo mejor sirven para explicar algunas sorpresas.
La segunda parte del ensayo gira el argumento y analiza el populismo contemporáneo a la luz del uso que hace el mismo de la irreverencia y el salvajismo del arte de vanguardia. Esta mitad me ha interesado menos, las comparaciones creo que son forzadas (¿la política ha dejado de ser performativa alguna vez?), iguala movimientos de izquierda a la moderna ultraderecha, pero no encuentra similitudes entre el nacionalismo catalán y el español, que debe de ser como aquello que se dice sobre el agua para los peces: tan normal que ni se menciona.
Interesante y perspicaz análisis de la duplicidad contemporánea y los meandros de la cultura: los contestatarios se han entregado al mercado y a las grandes causas, la política a la contestación grotesca de esa atmósfera cultural y la provocación. Los que deseaban ser salvajes ahora anhelan liderar, los líderes quieren esparcir vitriolo contra los consensos sociales previos.
Está lleno de observaciones inteligentes, aunque reconozco que el tema me agota un poco, lo cual no es culpa del autor y de este meritorio libro, por supuesto. Recomendable.
En este libro, Carlos Granés (ganador del Premio de Ensayo Isabel de Polanco por El puño invisible) analiza el arte y la política de nuestro tiempo con una extraordinaria lucidez.
El poeta de vanguardia brasileño Oswald de Andrade definió a los artistas modernos de su generación como «salvajes de una nueva era». Transgresores que buscaban hacer temblar los cimientos del orden social burgués. La posición del artista contemporáneo está muy lejos de la de aquellos revolucionarios culturales. El mercado y la corrección política han eliminado la capacidad transformadora del arte. Los artistas ya no generan ningún impacto moral o social con sus obras: al contario, defienden los valores morales establecidos. Aquellos movimientos que surgen de los márgenes sociales o que conservan reminiscencias contraculturales son absorbidos por el mercado: cotizados, popularizados, enriquecidos y neutralizados. El clásico eslogan punk: «hazlo tú mismo» resulta reciclable como emblema del neoliberalismo.
Mientras el arte se vuelve una herramienta al servicio de la convención, la política acoge el espacio de la provocación. Trump o Bolsonaro son dos de los ejemplos más claros de cómo la figura de L’enfant terrible ha cambiado de ámbito. La espectacularización de la política desplaza la moral y la moderación a favor de la exageración y el esperpento.
Me gustó que el libro/ensayo presenta ideas claras, con referencias que invitan a la investigación para contextualizar mejor lo expuesto. Por ello, creo que profundizaré (aun más) en el asunto catalán. Siento que el autor debió, o pudo, abordar esta expresión que se ha popularizado últimamente, esto es la destrucción de obras artísticas como manifestación política.
Es interesante y me dejó pensando en varias cosas. Aunque a veces sentía que estaba leyendo columnas de opinión, que no tiene nada de malo solo q no es mi estilo favorito.