Para algunos Pensilvania existe desde que hace unos días fuera el estado clave en las elecciones de EE.UU. Para otros, los más avispados, la cuna natal del Conde Drácula. Pero yo tengo una especial relación, virtual, con este territorio. Hace mucho tiempo pasé 1 semana investigando todas las universidades que allí había (y os aseguro que hay más que iglesias en Carlisle, el pueblo del libro), luego llegó la chica del copo de nieve sobre el labio, los cerdos de bronce (que es lo que pones cuando no tienes suficiente historia para mostrar unos toros de Guisando), lo molesto que resulta que te persiga una lavadora (y te centrifugue). Y más historias que ni quiero ni debo recordar, y que empezaron en Pensilvania.
Así que cuando vi el título de este libro, de un autor del que desconocía todo, y que encima había ganado un premio sospechoso (de ser un publireportaje), no me lo pensé :)
Y menos mal que no hice caso a la razón. Porque es un libro estupendo. Breve (tanto que dan ganas de empezarlo otra vez), pero extenso en temas tratados. Reflexiones muy personales del autor sobre el carácter extraño de los americanos y sus extrañas formas de vida, paseos por la batalla de Harrisburg, un repaso a la vida de Woody Guthrie (otro del que había oído hablar vagamente) o las cosas que descubrió de su padre una vez fallecido.
Todo ello con una capacidad de observación muy peculiar. Como un físico que no quiere comprometer las mediciones de un experimento de física cuántica, pero sin poder apartar la vista de ese electrón acelerado.
Será ese otoño en Pensilvania, que te transforma y te cambia. Y luego vienes aquí a contarlo.
Y ya está por hoy. Voy adentro a por una rebequita, que en el porche refresca, y el jugo de arce se me ha terminado.