Es cierto que este libro sigue siendo un clásico. Mantiene vivamente el interés y, aunque es muy erudito y llena sus páginas de datos, no produce aburrimiento. Son pocos los libros de historia que pueden jactarse de perdurar. Además de que Los reyes taumaturgos cambió decisivamente la manera de hacer historia, su contenido sigue estimulando ideas.
Sin embargo, la obra de Marc Bloch no está exenta de envejecimientos. Como muchos lo saben, una peculiaridad de este historiador es su influencia sociológica. Los métodos de Durkheim y Lévy-Bruhl, tan desacreditados hoy por sus simplificaciones, lastiman el libro de Bloch. Es cierto que, por fortuna, Bloch muestra mucho escepticismo cuando se trata de usar el método comparativo. A veces, deja asomar una crítica inteligente al acto de comparar “ritos” y “supersticiones” de culturas que no tienen relación. Pero, aun así, Bloch no puede impedir el poderoso influjo de este método antropológico de aquellos años. Cuando Bloch considera las creencias medievales desde categorías como “magia”, “fetiches”, “tabús”, “ritos”, “mitos” o “folklore”, nos deja claro que su estudio es una infantilización del pasado. Así como los europeos consideraban como infantiles las culturas de África, América Latina y Asia, Marc Bloch termina fabricando una visión condescendiente. Inevitablemente, semejante aproximación acaba por despreciar, infravalorar y hasta ridiculizar el pasado, con la consecuencia de exaltar al presente.
Es cierto que muchos historiadores hoy critican la conclusión a la que llegó Bloch, de que la creencia en el poder curativo de los reyes fue “un error colectivo”. A mí me parece, sin embargo, que la conclusión tiene peores resultados: arruina el libro. ¿Verdaderamente gastó tantos capítulos, llenos de descripciones minuciosas sobre santos, objetos santificados, ritualismos, peregrinajes, para terminar diciendo que esta creencia fue posible sólo “por error”? Pocos en su sano juicio hoy en día —ni siquiera los creyentes— dirían que los reyes obraban milagros. Bloch tomó un punto de partida equivocadísimo: investigar los milagros de los reyes para responder qué tan falsa era esta creencia. Si el tema se asume de esta manera, entonces prevalece en el fondo la posibilidad de que el milagro fuera verdadero. Es lógico: si vas a hablar del negro, implícitamente está presente el blanco; si vas a hablar de la democracia, implícitamente está ahí la tiranía; si vas a hablar de la inexistencia de Dios, implíctamente está su existencia. Cuando Bloch pretendió “probar” que los milagros de los reyes eran un “error”, implícitamente en su libro se mantiene la posible veracidad del milagro.
Los historiadores que se toman en serio su investigación, sin descalificar a la gente del pasado, no proceden de esta manera. No se preguntan: ¿cómo fue posible esta creencia, sabiendo que era un error? Se preguntan: ¿cómo fue posible esta creencia, sabiendo que mi noción de verdad y de error no tiene nada que ver con las nociones del pasado? Un método adecuado, que por cierto ya tenía actualidad en tiempos de Bloch, era el de Hans Vaihinger: estudiar las cosas desde la ficción útil del “como si”. Pensar en la creencia en el milagro “como si” hubiera sido verdad. No postular la veracidad o la falsedad, sino que, asumiendo que era verdad, indagar internamente en la creencia.
En suma: el libro sigue siendo útil para aprender algunas características de la realza y para complementar explicaciones de la “sacralidad” de los reyes. Pero es eso solamente: un complemento, puesto que hay explicaciones más sagaces de este fenómeno. Sigue siendo mucho mejor el libro de Ernst Kantorowicz “Los dos cuerpos del rey”. Y, clínicamente, para diagnosticar la escritura de la historia, por supuesto que el libro mantiene su importancia.