Los poemas reunidos en este volumen de la Oveja Negra, de alguna manera son indescifrables, no se entregan a una primera lectura. Su presencia no puede reducirse a la suma de palabras que los componen. Alegorías de cosas que van sucediendo, casi clandestinas en apariencias comunes (Envío). El encuentro de los amantes, los rostros perdidos y los besos obligados. Y el cansancio. Y el desmoronamiento. Todos estados del alma, en una confesión íntima, en su concepción más poética, creando y recreando una y otra vez, sin concesión alguna, la estética del pesimismo y la esética del dolor.
María Mercedes Carranza was a Colombian poet and journalist. She studied philosophy and literature, first in Madrid and intermittently between 1965 and 1978, and then in the University of Los Andes in Bogotá. Carranza published her first book of poetry, Vainas y otros poemas, in 1972. The final collection published during her lifetime, in 1997, El canto de las moscas, is an overtly political reflection on violence in contemporary Colombia through the sites of massacres.
"Cuando escribo, sentada en el sofá (Arte poética)
Igual que la imagen de mi cara en el espejo, en la lisa y lustrada puerta de un armario me recuerda cómo me ve la luz, en mis palabras busco oír el sonido de las aguas estancadas, turbias de raíces y fango, que llevo dentro.
No éso, sino quizás un recuerdo: ¿volver a estar en uno de aquellos días en los que todo brillaba, las frutas en el frutero, las tardes de domingo y todavía el sol? El golpe en la escalera de los pasos que llega hasta mi cama en la pieza oscura como disco rayado quiero oír mis palabras. O tal vez no sea éso tampoco: solo el ruido de nuestros dos cuerpos girando a tientas para sobrevivir apenas el instante.
Yo escribo sentada en el sofá de una casa que ya no existe, veo por la ventana un paisaje destruido también; converso con voces que tienen ahora su boca bajo tierra y lo hago en compañía de alguien que se fue para siempre.
Escribo en la oscuridad, entre cosas sin forma, como el humo que no vuelve, como el deseo que comienza apenas, como un objeto que cae: visiones de vacío. Palabras que no tienen destino y que es muy probable que nadie lea igual que una carta devuelta. Así escribo."
Miro los objetos cotidianos de mi casa: un tocador del siglo XIX y su pesado espejo amarillento, donde mi bisabuela, con el pelo recogido en un moño, practicaba la sonrisa para su prometido; un sillón que conserva en su regazo las conversaciones de visitantes de hace cien años; el retrato estudiado y solemne de algún desconocido cuya sangre aún corre por mis venas; el piano de Pleyel, proveedor de Chopin, que llegó por los ríos y bosques del Orinoco; muñecas de miembros flexibles esperando a ser recogidas. Todo esto provenía de una casa que ya no está, de damas con vestidos de miriñaque y virtudes, y de caballeros que tuvieron mala suerte en la guerra. Me observan, estos objetos cotidianos, manipulados por tantos de mi propia sangre antes que yo, y me envían señales íntimas que intentan hablarme de cosas enterradas, cosas de amor, de rupturas, de risas, que hicieron posible que esta noche pudiera nombrarlas en un poema.
Poemas que en su mayoría traen una carga tan gris, lúgubre y pesimista. Qué fácilmente podrían interpretarse como partes de un testamento de la poeta y nosotros como lectores, pasamos a ser una especie de albacea. Disfruté su mayoría a pesar de no ser lector de poesía, pero si un amante confesado de la tragedia adyacente en los clásicos de la literatura.