Pensar es sentir palpitar el corazón (Reseña, 2019)
Pocas disyuntivas tan erradas —pocas fantasías tan hostiles— como aquella que separa la mente del corazón. Romper el vínculo entre razón y sentir es tan brutal como rasgarle al alma el cuerpo. No concibo un motivo suficiente para insistir en actos tales. Sentir es una forma de pensar. Pensar es una forma de sentir. Reduzco a silogismo para permitirme la vehemencia. Expando luego: es posible desearlo, querer que la higiene entre en la escritura y separe por parcelas los ejercicios del espíritu, que sean esquinas diferentes quienes se ocupen de la verdad y de la belleza y órganos distintos los que se especialicen en leerlas. Es posible desearlo, porque aterra comprender que no hay fronteras, que en los textos (como en la vida, mi piel me separa del teclado, pero algo de mí se filtra por las teclas de plástico, por los circuitos, por el cable, por la sustancia de la pantalla para quedar sobre el documento en blanco y luego derramarse hasta el lector, ¿dónde pues, termino yo y empieza usted, querida?) y en los géneros hay siempre poros, territorios en gris. Desde ese gris alumbra Somos luces abismales y yo no puedo sino celebrar, con toda la cabeza, con todo el corazón, la existencia de este libro.
Carolina Sanín se ha fajado una colección de ensayos rutilantes. Leerla fue asistir a múltiples hogueras. Aquí hay asombro, duda constante, ejercicio metódico de la memoria como espacio para mistificar y de la imaginación como experimento vital. Leí en el borde de la silla, intentando seguir los recorridos y los saltos de una prosa prodigiosa. Estos textos fluyen inventando su cauce, un comienzo deriva en temas apartados unidos por el flujo y por la búsqueda constante de la belleza. Hay, aquí, esa fantástica magia que se obtiene cuando cada atributo del ser se pone en función de una búsqueda: el hallazgo afortunado, el azaroso, el falso, todo encadenado por la voz que narra, por la voz que confiesa, por la voz que es también la nuestra y única, la de todos y la de Sanín en exclusivo.
Es difícil encontrar buenos ensayos. Quien los escribe parece temer, en ocasiones, al balbuceo y quizás todo lo que vale la pena ser dicho debe pasar por la incapacidad para decirse por completo, debe pertenecer al límite del lenguaje. Somos luces abismales es el límite constante del lenguaje. Cada uno de los temas mutables abordado se teje en el borde mismo de la palabra. Sanín es consciente de los alcances de la gramática, de los espacios donde ni sintaxis ni prosodia ni hipálage ni comparación tienen cabida. Allí, desde la oscuridad imperturbable, pesca destellos que entrega luego con claridad. Este es un libro sobre la luz del mundo compuesto en las murallas de la luz del mundo. Este es un libro sobre todo cuando ayuda a respirar que se escribe y se lee aguantando la respiración. Eso tiene el asombro, roba el aliento, lo corta, lo detiene, lo pospone. Leer a Sanín, aquí, es posponer la necesidad de respirar.
Qué más añadir a este elogio, cómo evadirme de sonar alambicado, dulce, menesteroso de afecto. Quise este libro, quise esta lectura. Quiero todavía las tentaciones que ofrece. Deja en mí necesidades imaginarias que espero cumplir. Quiero caminar hasta la cima de una montaña para encontrar agua helada. Quiero conversar con una perra que tenga el don de desaparecer a voluntad. Quiero tirarme en un río y permitir que la corriente me arrastre y me arrastre y me arrastre hasta terminar en el mar. Quiero leer, leer mucho, y releer, releer mucho. Quiero recordar cada vez que lo olvide que toda literatura es un acto de amor, de algún amor, de cualquier amor. Todo libro capaz de entregarnos deseos es imprescindible. Toda lectura capaz de entregarnos deseos es imprescindible. Todo escenario capaz de poner en juego todo lo que somos es imprescindible. Para mí, para quien soy hoy, para quien fui leyendo, esta experiencia fue imprescindible.
En el sentido, claro, de que podría prescindir de ella, como podría prescindir de todo, pero prefiero no hacerlo. Genial, Sanín, espero volver a leerla pronto.