Debo mencionar este hecho: Luis Pazos hizo una pregunta terrible y que es anatema: ¿Para qué sirven los impuestos? La gente da por sentado su existencia como algo propio del desarrollo humano y de las comunidades donde vive. Es algo considerado casi irremediable como la muerte. Por eso el atrevimiento del autor es encomiable. Claro, ante los disidentes se alzan varios razonamientos que buscan justificar aquellas cargas, que se abaten sobre los hombres. Pazos logra encarar el desafío y muestra cómo la vaguedad de los términos de la discusión ha llevado a justificar y sostener un incremento cada vez mayor de la carga impositiva sobre los individuos.
Uno puede estar en desacuerdo con sus ideas pero este libro no te dejará indiferente. El problema de los liberales es ver, empero, que los países son empresas y en Pazos la idea de que sólo un modelo es aplicable a toda la especie humana lo lleva a negar la Historia y las costumbres y por tanto a negar que pueda haber proyectos en común como nación. Sorprende que ni siquiera la infraestructura quiera proteger Pazos bajo el manto de los impuestos. Su postura, como ya lo hice ver en otra reseña, resulta endeble: ¿Por qué sostener los tribunales con nuestros impuestos y no crear árbitros privados? Claro, el autor buscaba poner un límite a ese nuevo-viejo mal de los impuestos y las consiguientes triquiñuelas que se utilizan para sostener las burocracias. Y si bien quedó lejos de su objetivo es patente que uno no espera enfrentarse a este desafío intelectual, mejor dicho, a este revulsivo de prejuicios.