Wittgenstein siempre fue consciente de que el Tractatus no era una obra sencilla y accesible, que pudiera ser correctamente comprendida por todos a pesar de que, en su opinión, "todo él es claro como el cristal.". "¡Es... amargo pensar que nadie lo entenderá aunque se publique!". En una carta remitida a Russell, le confesaría: "Sabes qué difícil me resulta escribir sobre lógica. Está es la razón de que mi libro sea tan corto y, consecuentemente, tan oscuro".
En mis años universitarios tuve algunos buenos profesores que me hablaron de cómo el lenguaje mapea la realidad, retrata el mundo. Cómo, entre el lenguaje y la realidad, debe haber alguna clase de conexión, algún punto en común que posibilita que podamos pensar y hablar del mundo; sin embargo, nunca terminé de ver qué demonios había en ese libro que pudiera despertar y desatar pasiones, para bien y para mal. Es aquí donde agradezco hasta las lágrimas el maravilloso esfuerzo de Alejandro Tomasini por explicar, de manera breve e introductoria, el Tractatus. Ha sido un alivio dejarme guiar por él para atravesar el peculiar laberinto que es esta obra. Me ha permitido ver el Tractatus con una mirada más profunda, acercarme a la titánica empresa a la que se enfrentó el joven Wittgenstein, descubrir, en parte, las originales ideas que esconde; pero, sobre todo, le agradezco que me haya llevado de la mano hasta el mismísimo límite desde donde asomarme al silencio.
Una montaña rusa. Tomasini pasea a toda velocidad por cada tema importante del Tractatus. El epicentro en la lógica. El lenguaje, el pensamiento, el mundo. El sujeto como límite del mundo. Lo decible, lo mostrable. Tomasini extiende a Wittgenstein. Al estilo tomasiniano. Explica su visión de la implosión que el mismo Wittgenstein instaló en ese ramificado teorema que es el Tractatus. Tomasini lo aclara en análisis gramaticales implacables. No se salvan ni dos casos de faux pas. Este libro es una lectura saturada de entusiasmo y lucidez. Es tan wittgensteineano que se lee con la misma inquietud que el Tractatus. Genera una extraña felicidad angustiada. Cuando parece que ya nada es posible, entonces ocurre el efecto Wittgenstein: el hallazgo lógico por la vía de la destrucción. El lenguaje y el pensamiento son víctima, victimario, juez, verdugo, condenado y exonerado. El límite y la posibilidad se asedian mutuamente hasta configurar una expansión insoportable, demasiado humana. Cruzado ese umbral, jamás el Tractatus dejará de ser el grado cero de lecturas luminosas en loop infinito. La muere la metafísica redime al lector.