Me encanta la forma de adjetivar que tiene Karina. La forma de narrar escenas como si fuese mucho mayor de lo que es; como si cargase con varias vidas en su espalda; como si viviese en una continua huida; como si le pesase estar encerrada en una habitación; como si vivir su vida no fuese suficiente sino que necesita (para) vivir, y comprender, las del resto de gente que la rodea. La forma de ser tan precisa, directa.
Hay textos en los que cada oración es un latigazo lanzado con rabia.
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«Cae la final de una tarde de invierno y el cielo se queda como quienes arrancan a llorar: a gusto, limpio y despejado».
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«Pero de las mujeres tristes no se huye, tampoco de los árboles pelados o de las lluvias».
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«En verano todos los días son un incendio, un beso agusanado, un desastre.
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En verano mueren los amores, las esperanzas, las personas, los toreros, los niños, los plazos. En verano mueren los matrimonios y las promesas se desparraman en el ombligo de una tripa caída. El verano es la pudrición y la caducidad. Es feo, aunque nos resistamos a creerlo. Es la pura belleza de lo que llega a su fin, en tiempo de los arpones y los desenlaces, es este hospital a las tres de una madrugada sin viento».