Cuando ya los años me pidan la cuenta, será el viaje; la senda que va quedando tras cada paso; la narración de mis recuerdos, buenos y malos, lo realmente: "Marabilloso".
Una novela breve, con una prosa delicada y muy melancólica, pero sin duda, también muy bella en su aparente simpleza. Los libros cortos de manera implícita, deben cumplir con el reto de hacer sentir mucho en pocas páginas; y más que tratarse de un ejercicio de suprimir ideas, descripciones y caer en un pragmatismo con la historia, es una cercanía con la experiencia humana en todos sus matices, dónde cada pincelada acerque al lector a sentir lo que el lenguaje es incapaz de expresar. Por eso, libros cortos y bellos como: Lo que no tiene nombre, La vegetariana, La metamorfosis, El extranjero, más que narrar y narrar, invitan a sentir.
David, el protagonista y narrador de esta historia, es un artista, pintor de cuadros nostálgicos que reestructuran un sentido de lo bello, y que con ahínco logro cierto reconocimiento en el gremio y por ende una buena estabilidad económica.
A sus 78 años, David ha tenido que dejar la pintura debido a graves problemas con su vista, y con ayuda de una lupa a decidido ponerse a escribir sus más tristes, pero al mismo tiempo, más bellos recuerdos.
"Después de tantos años me asombra otra vez lo dúctiles que son las palabras; lo mucho que por sí solas, o casi por sí solas, expresan lo ambiguo, lo transmutable, lo poco firme de las cosas. Son iguales al mundo: inestables como casa en llamas, como zarza ardiente".
David centrara sus escritos, en una época en la que vivió inicialmente en Miami y finalmente en Nueva York, y esos recuerdos de dificultades económicas, de sus inicios con la pintura, de su amor profundo por su esposa Sara y de su vida familiar con sus tres hijos varones, lo llevarán al recuerdo del trágico día, dónde todo cambio. Esos momentos donde todo empezaba a florecer, eran solo el umbral para lo que se venía encima. David 19 años después del día en que todo cambio, recuerda, escribe y altera con su presente, el profundo sentimiento de agonía, de aflicción, de melancolía y desasosiego, que una familia y sobretodo unos padres pudieron llegar a padecer, cuando sabían que en pocas horas su hijo mayor, Jacobo, se sometería a la eutanasia o suicidio asistido.
"¡Qué iba yo a presentir lo que venía! El infortunio es siempre como el viento: natural, imprevisible y fácil..."
Así pues, en medio de la ceguera que le impidió seguir pintando y ahora amenaza su posiblidad de seguir escribiendo, David va saltando del pasado a su presente, y sin hacer una diatriba sobre la eutanasia, es más, sin siquiera mencionar la palabra, nos narra el sufrimiento terrible que llevo a su hijo Jacobo a la decisión, apenas mencionada, de descansar del dolor físico que le impedía seguir con una vida digna; paralelamente, también recuerda a su amada esposa Sara, quien murió cuando ya de viejos habían regresado a Colombia, y de como ahora, ya con 78 años, contempla su vida y se permite ver a través de la luz que proyecta su corazón, aquellos recuerdos de infortunio, pero también de grandes gestos de amor, pues la adversidad como parte de la vida, es algo inevitable y constante.
Un grato descubrimiento. No conocía nada del autor y mi manía, tal vez mi masoquismo, con las historias lúgubres, melancólicas y nostálgicas, me dirigieron está vez a Tomás González. Ya seguiré descubriendo más de su obra.
La luz difícil, una exploración del duelo, la vejez, el dolor y su incapacidad de explicarse. Del amor y sus recuerdos. Y aún así, con tanto contraste en la vida, el viaje es: cuando tengo hambre como, bebo cuando tengo sed y cuando estoy triste me pongo melancólico.