"¿Cómo es posible que el neoliberalismo y sus instituciones se apliquen afanosamente en propagar un arte social y participativo, un arte creativo y original, incluso un arte crítico? El activismo cultural del neoliberalismo es inagotable y el arte contemporáneo es un lugar idóneo para entender cómo funciona.
Alta cultura descafeinada indaga desde una perspectiva crítica en la despolitización del arte en las últimas décadas. Ofrece una crítica directa a esos procesos destinados a recuperar y reinsertar prácticas en otro tiempo disidentes y que, sin embargo, se nos presentan hoy como yermas, inocuas y descafeinadas de consenso. Si el neoliberalismo carece de centro, si se mueve tanto dentro como fuera de las instituciones, es porque posee la virtud de fagocitar y nutrirse hábilmente de cuanto lo rodea, incluso de aquello que está destinado a cuestionarlo. Alberto Santamaría analiza la despolitización de la vanguardia en el arte de ese activismo cultural neoliberal que nos rodea y nos urge a reubicar la cultura como herramienta emancipadora en la batalla ideológica. "
¿Cómo es posible que los grandes coleccionistas capitalistas paguen millones por obras de arte que cuestionan el capitalismo? ¿En qué momento las obras reivindicativas han perdido su fuerza y han pasado a ser meras mercancías? El autor comienza su obra hablando de su experiencia en un congreso destinado a adinerados coleccionistas de arte, para indagar sobre los motivos de esta pérdida de fuerza de la reivindicación en el arte, en un tratado de sobre apoyado en bibliografía.
Una lectura profunda y muy técnica que no habla prácticamente de arte, ni siquiera de mercados de arte, sino de la filosofía que hay detrás del situacionismo y del posmodernismo en las obras que supuestamente salen de estas corrientes. En líneas generales, se acaba señalando que lo que se produce hoy en día bajo la etiqueta de arte contemporáneo es estrictamente un arte vacío de significado (¿sorpresa? Señalemos que surge de la posmodernidad, que es básicamente "la nada" en su esencia pura) y que de ahí es fácil que hayan pasado a ser un objeto de mercancía más. Se reivindica una cultura en contra del capitalismo que realmente pueda jugar con bienes que el sistema económico no pueda producir. Destacaría que la introducción es muy interesante, y que debería haber sido más aprovechada por el autor en su desarrollo a la hora de entender las lógicas de mercado.
“Según señalaban en su momento los situacionistas, es necesario «cortocircuitar el arte; hay que poner todo el poder acumulado de las fuerzas productivas al servicio de la imaginación y la voluntad de vivir del hombre, de los incontables sueños, deseos y proyectos a medio realizar que constituyen nuestra obsesión común y nuestra esencia, y a los que todos renunciamos sin decir palabra a cambio de miserables sucedáneos. Nuestras fantasías más disparatadas son los elementos más ricos de nuestra realidad»[39]. Frente al concepto de artista como entretenedor que amuebla «bellamente algunas diversiones»[40], se proponen un arte que dé sentido a la vida cotidiana, realizando el arte, es decir, transformando la experiencia directa que la cultura dominante dibuja y sobre la cual traza nuestras experiencias del tiempo y del espacio.”
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Un poco repetitivo, o sea, él tiene su hipótesis y la defiende con garras durante todo el libro pero luego tampoco es propositivo. En plan "x cosa es una apropiación del capitalismo!!". Ok ya lo sabemos pero cómo podemos volver a x sin que sea o parezca capitalizado? En fin, arte relacional, arte participativo, arte político, situacionismo...esas mierdas que me gustan 😎
"Es en este sentido que los situacionistas llegaron a hablar de arte como "crear comunidad". La cultura, como mencionaba Raymond Williams, es algo ordinario, que nace dentro de esa misma comunidad. Esto es, como experiencia radical frente al individualismo. El arte se visualiza así como donación o regalo que no espera nada a cambio. No es donación como intercambio, sino donación radical cuyo objetivo es ser en comunidad."
Nada que añadir que no se haya dicho ya realmente... creo que es muy difícil enterrar las ideas que se planteaban desde el situacionismo, bien sea desde lo que verdaderamente se reivindicaba en Mayo del 68, como dentro de su versión 'chic' neoliberal. Con el fin de los grandes mitos, es inevitable querer encontrar otro que pueda suplir ese vacío porque no sabemos convivir con la 'nada'; a las citas del propio libro me remito, de que nos podemos imaginar el fin del mundo, pero no el fin del capitalismo. A mí, particularmente, toda la idea de individuo artista como empresario-de-sí en la que nos movemos actualmente me produce un vértigo terrible... y tener que sacar una 'rentabilidad' de cada aspecto de la vida cotidiana...me parece un delirio esquizofrénico tremendo, aunque me quedo corta definiéndolo así.
Creo que se le puede dar la vuelta a la tortilla a la situación, dicho en un vocabulario majo de estar por casa, pero para eso hay que romper con ciertos fetiches y estereotipos en torno al mundo del arte (y su mercado), sin necesidad de estar volviendo constantemente sobre nuestros pasos en la búsqueda incesante de unas 'neovanguardias' o lo que sea. Pero al final lo incómodo y disidente molesta. En fin. Womp Womp.
He disfrutado de la lectura, cosa a la que ha ayudado la brevedad del libro.
Se trata fundamentalmente de un crítica frontal a las teorías de Nicolas Bourriaud y, en consecuencia, a ciertas corrientes del arte contemporáneo que logró promocionar a través de propuestas como la estética relacional, la postproducción y el artista radicante. Siendo el objeto de debate casi del todo desconocido para mí, me resulta difícil medir lo pertinente del repaso, que, por otro lado, viendo las referencias bibliográficas que Alberto Santamaría maneja, parece haberse realizado anteriormente con comparable profundidad y contundencia.
Hay observaciones y apuntes extrapolables a otros campos, que era lo que personalmente venía buscando, pero éstos no tienen la centralidad que esperaba. De hecho, y aquí viene lo que me hace levantar la ceja, me da la sensación de que el libro se presenta y se vende llamando la atención en direcciones distintas a las que sigue la reflexión.
En cualquier caso, Alta Cultura Descafeinada me ha llevado a escuchar varias conferencias del autor hablando de obras anteriores que me despiertan la curiosidad de seguir leyéndolo.