Este contundente volumen de poemas es un intento del autor por inscribir su autobiografía en la eternidad, es decir, de hacer que la persona y sus eventos aparezcan como rizos de agua en el mar del tiempo.
Tomás González nos reitera con su poesía lo que ya conocíamos bien en su prosa: esa fascinante capacidad de encontrar la extrema belleza y el ineludible horror en todas las cosas que se van dando con la vida, para luego describirlos con sencillez y sobrecogernos por su honda pureza.
Tomás González nació en Medellín, en 1950, y comenzó a escribir a principios de la década de los setenta, poco después de empezar a estudiar filosofía en la Universidad Nacional de Colombia. A partir de entonces no ha parado de escribir, publicando sus libros en Colombia y México. Aparte de algunos poemas y cuentos que se sitúan en Nueva York, el resto de su obra se centra en Colombia. Ha publicado las novelas Primero estaba el mar y Para antes del olvido, esta última ganadora del V Premio Nacional de Novela Plaza & Janés de 1987; la colección de cuentos El Rey del Honka-Monka; y la colección de poemas Manglares.
Este libro de Tomás González más que poesía es autobiografía; organizado en orden cronológico hasta llegar a la muerte aún no acontecida pero inminente.
Fue muy entrañable para mí volver entre letras a Tolú, al primer día que vi el mar, sin embargo, mi poema favorito fue justo el penúltimo; sentí la fuerza de la muerte que desemboca en la vida misma:
"El hígado se pierde como el humo, bajo un ramalazo de viento Los pulmones se hacen agua, tierra viento, se pudre el corazón y se forman libélulas, avispas, matorrales Se desmontan los oídos, se destejen las mejillas, son devueltos los cristales, son devueltos los calcios y las sales, mientras soles, muchos soles no han dejado de brillar para otras vidas".
Yo estaba en el silencio. El tiempo aumentaba el silencio en el mundo todavía oscuro. En mi cuerpo había ausencia de dolor o compasión o miedo. No había paz, aún no había amor -nunca tal vez habrá sabiduría-.
Solo la sensación del día que crecía e inundaba, simultáneo, otras vidas y la mía.
La obra viva de Tomás González es hermosa, sencilla y fascinante. Su ojo poético transforma la naturaleza en personaje, ese en el que se conectan las preocupaciones existenciales, el sinsentido del progreso humano que sólo permite observar y la crudeza como otra belleza posible.
La verdad es que solo rescato algunas cosas memorables de este poemario, sin embargo, es bastante solido y retrata la experiencia propia del autor a lo largo de los años.
Increíble. Tomás González demuestra toda su habilidad en este compendio de increíbles y hermosos poemas que evocan distintas situaciones y lugares a través de su vida.