Si creemos a los principales medios de comunicación occidentales, Rusia es prácticamente la encarnación del mal. No importa que su sistema económico sea, con virtudes y defectos, equiparable a los de las democracias neoliberales del resto del mundo; sigue siendo, como en el periodo soviético, el enemigo que hay que combatir. Las señales de que ese combate ha empezado son Rusia, que no sitúa bases militares en la frontera de EEUU, se ve cercada militarmente por las tropas de la OTAN. Mientras Occidente alienta las “revoluciones de colores” y promueve la independencia de Kosovo, reprocha a Rusia su anexión de Crimea, región históricamente rusa, y niega la posibilidad de un referéndum a las provincias pro-rusas del este de Ucrania. Incluso la memoria de lo que realmente sucedió en la Segunda Guerra Mundial ha sido deliberadamente alterada, de modo que no parecen haber existido los 25 millones de rusos muertos, ni se reconoce ya que fue el ejército soviético quien contribuyó en mayor medida a la consecución de la victoria sobre el nazismo. Rusia es, pues, a los ojos de Occidente, el gran peligro. La gran amenaza. Utilizando a los medios, Estados Unidos y la Unión Europea han creado un ambiente rusofóbico, carente de justificación real, que anuncia una nueva etapa de la Guerra Fría.
8 años desde su publicación en nuestro idioma y sigue siendo muy interesante para conocer, aunque sea de pasada, el origen y desarrollo del conflicto entre Ucrania (con el apoyo de las fuerzas occidentales) y Rusia.
Este libro, pese a los sesgos que son evidentes en el autor, ofrece una posición crítica y bien documentada sobre la posiciones oficiales de los medios de comunicación sobre la actualidad de Rusia y de la Guerra en Ucrania.
Si bien en momentos deriva en panfleto, hay elementos de la historiografía de la Segunda Guerra Mundial y del Derecho Internacional que enriquecen el análisis del conflicto, dejando claro que en cualquier pelea, siempre hay dos.