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Gide-Genet-Mishima

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No son del mismo mundo y, sin embargo, un extraño parentesco los vincula. En esto importan menos sus gustos sexuales que una inclinación semejante hacia los extremos, y el mismo desafío a ese principio supremo de la razón que es la ley de no contradicción. Su pensamiento, lo mismo que su vida, obedece no obstante a una coacción implacable. Pero tienen el arte de hacer de la necesidad virtud y, para triunfar sobre la desdicha, una facultad que es una cuestión de estilo.

First published January 1, 1998

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Catherine Millot

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April 4, 2007
Una peculiaridad poco conocida de la sociedad japonesa, íntimamente ligada con sus fundamentos religiosos, explica quizá que el pocero haya aparecido nimbado con un aura trágica a los ojos del niño Mishima. En medio de un silencio hecho de vergüenza y negación, existe todavía en Japón una casta de intocables, los burakumín. Descendientes de antiguos parias destinados a las tareas impuras, las que ponen en contacto con la sangre y la muerte, la podredumbre y los excrementos, los burakumín siguen siendo víctimas de la exclusión en cuanto al matrimonio y el trabajo, a pesar de la abrogación legal, hace más de un siglo, del régimen de castas. Las agencias de empleos son las comúnmente encargadas, por los patrones y las familias, de investigar los orígenes de un candidato a un puesto de trabajo o al matrimonio, con el fin de que esclarezcan cualquier ascendencia sospechosa (...) No se pronuncia la palabra burakumín, lo cual indica su carácter de tabú. Se piensa que admitir en la familia o en la empresa a un descendiente de estos parias equivaldría a dejar entrar la deshonra y la maldición. Los burakumín se dividen en dos grupos con distintos estatutos: los etá, los "impuros", llenos de manchas, y los hinín, los "no-humanos". Los primeros tenían los oficios que ponen en contacto con la sangre, la muerte y los desechos. Eran carniceros, curtidores o zapateros, sepultureros, guardianes de cementerio, basureros y poceros. Vivían relegados a la periferia de las poblaciones y los pueblos, en el flanco de la montaña o cerca del lecho de los ríos (...) El centro de las ciudades les estaba vedado, lo mismo que casarse fuera de su comunidad, o ejercer otros oficios que no fueran los que les estaba reservados. Se era etá de nacimiento, a diferencia de los hinín, los "no-humanos", provisionalmente suprimidos de la comunidad humana por algún acto delictivo o alguna actividad impura. Entre ellos se contaban la gente del espectáculo, los magos y las prostitutas. Su presencia era admitida en el centro de las ciudades. Los hinín habrían sido los inventores del teatro kabuki. A los burakumín se les debería el arte de los jardines.

CATHERINE MILLOT, Gide-Genet-Mishima. La inteligencia de la perversión. Ed. Paidós, 1998.
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