Después de leer a Joan Margarit es imposible no recrear un pasado, una ciudad salitre, un bar en el que se consume la música al ritmo de un cigarro, la lluvia que cae sobre París, dos extraños que se aman por una noche y desparecen a la mañana siguiente con el primer tren del alba.
Leer a Margarit inevitablemente te expone a revelarte ante tus propios sentimientos con las palabras y la memoria de un desconocido, una voz que madura con la experiencia, los años y esos episodios que arrasan con la vida y nos acercan a la muerte. Sin embargo, al leer su poesía lo único que sientes que sobrevive es el deseo de vivir, la pasión que se vierte en cada instante irrepetible y que nos conecta a un todo mucho más grande.
Llevaba años leyendo su nombre en las estanterías de las librerías, pero como mucha gente, hasta que no leí la noticia de su muerte no me puse con su poesía. Una pena, porque después de leer esta antología que él mismo preparó, escribiendo todos los poemas en catalán y castellano, y después de escucharle recitar, es una lástima que nadie más vuelva a escribir versos cargados de cotidianidad y universalidad con su misma sencillez y capacidad para superar las barreras del idioma.