Maione apagó el motor y Lanzetta presionó la pistola contra la cabeza de Uncle Joe y disparó. El cráneo del viejo estalló, y las manos de Maoine no habían tocado siquiera su pistola cuando Lanzetta le disparó tres veces, dos en la cabeza, una en el cuello. Maione se desplomó sobre el volante. Antes de que se adelantara a apagar las luces delanteras, Lanzetta presionó la automática contra el corazón de Daniello y apretó el gatillo. Fue algo rápido y nítido: cuatro disparos silenciados y todo había terminado.
No es Mario Puzo ni otras grandes y míticas novelas sobre la mafia, pero cumple todo lo que promete la tapa del libro: Salvaje, sangrienta y brutal. Entretenidísima.