Aparecido en 1911, nos encontramos ante el texto teórico más difundido de Kandinsky, un discurso estético que desemboca en la práctica de la abstracción no figurativa. Lejos de ser un texto pragmático ―no pretende apelar a la razón y al cerebro―, se expresa en un lenguaje de claras resonancias orientales, lleno de analogías, y busca resolver las dificultades de la expresión escrita por medio de asociaciones sensoriales y lingüísticas. Una obra que, gracias a su gran poder comunicativo, ha acabado ejerciendo una influencia profunda e indiscutible.
Es un ensayo interesante sobre el arte y sobre cómo este no debe intentar fotocopiar la realidad, sino que debe tener como objetivo transmitir sensaciones. En ocasiones se vuelve un poco técnico y repetitivo, pero es una lectura corta y entretenida.
Que llegue una lectura sobre Historia del Arte y me guste siempre es satisfactorio. Que además llegue cuando en la oposición me vi abocado a hacer un tema de Historia del Arte, más aún. Lástima que Kandinsky se vaya, a priori, tan lejos del románico peninsular.