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Por qué perdimos la guerra (Pensamiento político)

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Un año después de la victoria del ejército sublevado, Diego Abad de Santillán (pseudónimo de Sinesio Baudilio García Delgado) publicó Por qué perdimos la guerra. Firmó el libro en Buenos Aires, el 5 de abril de 1940, alejado de España y de la contienda. Cerraba, así, varios años de intensa actividad y propaganda revolucionarias desde la dirección de la Federación Anarquista Ibérica (FAI) y la CNT. Se atrevía a plantear explícitamente, recién terminada la contienda, la pregunta que otros protagonistas del bando vencido se estaban haciendo y continuarían replanteándose. La misma cuestión que muchos historiadores aún se ¿Cómo pudo el Gobierno de la República, con casi todos los factores a su favor al estallar la conflagración —las reservas de oro, la industria de armamento, la práctica totalidad de la Flota, casi la mitad de las Fuerzas Armadas y de Orden Público sujeta a su disciplina…—, perder la guerra? ¿Cómo no supo sofocar la rebelión en sus bases? Porque, salvo voluntario engaño, la intervención de las potencias extranjeras y la contundencia militar de los sublevados no explican por sí solas la respuesta. Como comprobará el lector, para el anarcosindicalista Abad de Santillán la explicación era sencilla, expresada en su estilo claro y contundente.La reedición de este clásico, tan polémico como honesto, es una revelación indispensable para comprender la historia de España, y una contribución inigualable a la historiografía de la Guerra Civil.«¿Qué causó la derrota de la República?» El autor alude a la conjunción de varias La política de no intervención franco-británica, el intervencionismo soviético favorecido por Negrín, la obsesión de la República por el centralismo y, en menor medida, el desprecio de lo que él denomina la guerra a la española, es decir la guerra de guerrillas, por el ejército republicano...

297 pages, Kindle Edition

Published June 29, 2018

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Diego Abad de Santillán

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September 16, 2020
Ha terminado la guerra española, gracias a la poderosa
ayuda italo-alemana prestada a nuestros enemigos, en
hombres y en material bélico, y gracias también a la compla-
cencia criminal de los llamados gobiernos democráticos, auto-
res de la farsa inicua de la no- intervención. Ha terminado la
guerra española, pero el mundo, que nos aisló de toda posibili-
dad de lucha con pretextos fútiles y cálculos falsos, tiene ahora
que pagar los platos rotos de la nueva hecatombe.
Burgueses y proletarios de todos los países estuvieron uni-
dos en la comoda interpretación de que nuestra guerra sólo a
nosotros, beligerantes, nos incumbía. Cuando no cometieron
el gravísimo delito de ayudar a nuestros enemigos -el paraíso
del proletariado, Rusia, enviaba a Italia la nafta con que la avia-
ción fascista nos bombardeaba, destruyendo ciudades
crando poblaciones civiles-, bloqueándonos a nosotros hasta
hacernos sucumbir. Francia e Inglaterra se encuentran por eso
ante la realidad que les habíamos senalado tantas veces como
inevitable. ¡No intervención o intervención unilateral a favor
de los facciosos! Tal ha sido la posición ante la cual nos hemos
estrellado.
El fracaso del fascismo en España era el primer pel-
daño del derrumbe del fascismo en Europa y en el mundo.
Comprendemos la trágica situación de Inglaterra, que ha soste-
nido al fascismo italiano desde que comenzó a despuntar como
instrumento liberticida, puesta ante la obligación, atendiendo
al propio interés, de ayudar al antifascismo español. Los acon-
tecimientos que estamos viviendo nos muestran que optó a
favor de Italia y contra nuestra España, contra esa España a
la que en 1808 creyó de su deber auxiliar en su lucha contra
Napoleón, y lo hizo esta vez en propio daño.

Si en la presente contienda belica salen airosos los aliados
franco-britanicos, habrán tenido que satisfacer, previamente,
la deuda contraida con su actitud ante nuestra guerra. ¡No hay
plazo que no se cumpla!
Terminó la lucha en España como no hubiéramos deseado
que terminara, pero como habíamos previsto que terminaría si
no se operaban determinados cambios en la dirección y en la
politica de la guerra: con una catástrofe militar por derrum.
bamiento de los frentes y de la retaguardia- y con una baca
nal sangrienta a costa de los vencidos. Dos libros informan
sobre esa fase final: uno del coronel Segismundo Casado, The
Last Days of Madrid, y el otro de J. Garcia Pradas, Como termino
la guerra en Esparia. Confirman ambos, punto por punto, desde
su escenario de acción en la región del Centro, lo que nosotros
hemos querido reflejar a través de lo observado en Cataluña.
La misma intervención funesta de los emisarios rusos y de sus
aliados españoles, tan blandos y accesibles a la corrupción, los
mismos crímenes contra el pueblo, la misma conspiración con-
tra Espana, la misma descomposición moral por obra de una
política que no tenia más alcances que el predominio de par-
tido en el aparato de Estado.
De las tres causas que nosotros senalamos como causantes
fundamentales de nuestra derrota: a) la política franco-britá-
nica de la no-intervención... unilateral; b) la intervención rusa
en nuestras cosas; y c) la patologia centralista del Gobierno
ambulante de Madrid - Valencia-Barcelona-Figueras; sólo en
este tercer aspecto senala nuestro relato una variante esencial.
Pero esos dos volúmenes sobre el final de nuestra guerra nos
eximen de referirnos a acontecimientos en los que no hemos
tomado parte -y no por falta de deseo o de identificación con
ellos--y de describir ambientes en los que no hemos vivido.
Nos consideramos ya fuera de combate por la derrota y por
haber descubierto más de lo que convenia el velo de la clan-
destinidad en que se había desarrollado siempre nuestro movi-
miento. Por eso podemos hablar del pasado y sostener que, en
lo sucesivo, cada cual cargará con la responsabilidad que le
quepa en la tragedia de España. Nosotros hacemos bastante
con cargar con la propia.

Representábamos la más vieja organización de tipo poli-
tico-social de la España moderna. La Federación Anarquista
Ibérica es la misma Alianza de la Democracia Socialista fun-
dada en 1868 en Madrid y en Barcelona, y extendida luego por
toda la Península, incluso Portugal. Núcleo intimo de propa-
ganda, de organización obrera y de lucha, todavía sigue pre-
ocupando a los vencedores su liquidación, al comprobar por
múltiples signos cotidianos que ni el terror ni los fusilamien-
tos han logrado hacerla desaparecer. El desenlace de la guerra
ha puesto a muchos millares y millares de nosotros, vencidos,
fuera de combate. Pero con nuestra exclusión no está asegu-
rado el desarraigo de nuestro movimiento. Otros han ocupado
ya el puesto de los caídos y de los supervivientes en el exilio,
supervivientes que equivalen igualmente a bajas definitivas,
porque una supervivencia fuera de nuestro clima geográfico,
político y social equivale a la muerte. Para reanudar la historia
española no hay más que un terreno propicio: ¡España!
A ese movimiento clandestino de recia contextura combativa
y moral se debe la orientación, el desarrollo y la defensa de las
organizaciones obreras revolucionarias de España, sus luchas
heroicas, su resistencia inigualada a todos los métodos de la
inquisición política de derechas y de izquierdas, sin interrup-
ción desde la turbia época de Sagasta.
¡Cuántos negros periodos de amargura desde entonces!
¡Cuántas generaciones de militantes aplastadas en esa brega!
Le tocó ahora a nuestra generación caer. Y ha caído en su ley.
Por eso resurgirá, y está resurgiendo ya, la misma veta roja de
nuestra historia y se continuará la batalla por la justicia. Qué
puede importar a nadie que no seamos ya soldados de esa cru-
zada?
La acción progresiva y justiciera de casi tres cuartos de siglo
ha pesado considerablemente en el desarrollo de la moderna
historia española. En más de una ocasión, frustrados los otros
medios posibles, los de la propaganda y la presión sindical
simple, fue preciso recurrir a procedimientos más enérgicos
y expeditivos. Torturadores y verdugos del pueblo eran perse-
guidos siempre por la sombra de la acción vengadora anónima.
Algunos hechos individuales de represalia y algunas insurrecciones armadas, las últimas, en diciembre y enero de 1933 y en
octubre de 1994 contra la exotica República misma, y el fun-
cionamiento invisible, pero permanente, de nuestros grupos
dispersos en todos los ambientes, han hecho hablar mucho
de nosotros, tejiendo una leyenda y un mito. Ese mito y esa
levenda, se vio en julio de 1936 que correspondían en buena
parte a la realidad en ciertos aspectos.
Fuera de la cooperación apasionada del socialismo revolu-
cionario, madrileño, con el que compartimos el triunfo sobre
la militarada en la capital de España, en el resto de las regio.
nes donde los militares fueron derrotados, el esfuerzo fue casi
exclusivamente nuestro. Y no se ha triunfado en toda España
porque nuestra gente carecía de armamento y el Gobierno de
la República había prevenido el 18 de julio a los gobernadores
civiles para que no entregasen armas al pueblo.
A fines de 1937 figuraban en nuestras filas 154 000 inscritos.
Eran menos, es verdad, antes de la guerra, pero su influencia
alcanzaba a millones de trabajadores industriales y de campe-
sinos. Muchas veces partidos y organizaciones de izquierda se
creían directores de acontecimientos de que no eran más que
juguetes, dóciles a un ambiente que habíamos preparado para
dar un paso más en la senda del progreso económico, polí-
tico y social del país. Hemos mencionado, por ejemplo, cual ha
sido la causa de que hayamos arrojado en 1933 del poder a las
izquierdas, y cuáles fueron los motivos que, en febrero de 1936.
nos movieron a devolvérselo.
Podemos ahora hablar de muchas cosas que nos atribuyen
sin razón, y de las que no nos atribuyen, porque se ignora cuá-
les han sido sus fuentes y determinantes.
Ningún partido de los que se disputaban el Parlamento o el
Gobierno tenía una organización tan sólida como la nuestra,
ni tanta fuerza numérica y tanto arraigo en el pueblo, a cuyos
intereses y aspiraciones hemos permanecido y permanecemos
fieles. Por fidelidad a ese pueblo, que no a su gobierno, hemos
pretendido hasta la última hora entrar plenamente en juego, a
nuestro modo, y no se nos ha consentido.
Nunca habíamos tenido contacto ni vinculaciones con
ninguna otra fuerza organizada fuera de la Confederación Nacional del Trabajo, nombre nuevo, que sólo data de 1911,
de la vieja organización obrera sostenida desde 1869 por nues-
tro movimiento. Cuando estalló la guerra como resultado de
nuestro triunfo sobre una serie de guarniciones del ejército
sublevado, creímos necesario dar públicamente la cara y coor-
dinar el máximo de voluntades en torno a la contienda que
se iniciaba. Se nos acusa por algunos de haber pensado más
en la guerra que en la revolución. No teníamos más posibili-
dades de instaurar y asegurar una nueva organización econó-
mica y social que triunfando en la guerra. ¿Dónde se quería
que hiciésemos una revolución si el territorio estaba en manos
del enemigo en su mayor parte? ¿Es que se hacen revoluciones
sociales en las nubes? No hemos triunfado, hemos perdido
el terreno sobre el cual una gran transformación económica
y social era posible, porque obreros y burgueses de todos los
países coincidieron en sofocarnos, cruzándose de brazos o
trabajando para nuestros enemigos. Y la revolución que se
esperaba en España, de acuerdo al clima y a la preparación del
pueblo llamado a realizarla, no según cartabones dogmáticos
de partido, fue liquidada por quién sabe cuántos años.
El balance de la contienda iniciada el 19 de julio de 1936
y terminada como verdadera guerra internacional de España
contra las potencias militaristas más agresivas de Europa, en
abril de 1939, no se puede olvidar ni menospreciar. Sólo pue-
den acusarnos y pedirnos cuentas y aleccionarnos los que estén
dispuestos a imitar aquella epopeya y a pagar por sus ideales
el mismo precio que han pagado los revolucionarios españo-
les por los suyos. Hubo no menos de 2 millones de muertos de
ambos bandos, y hubo más de 100 000 fusilados y asesinados en
Espana después del triunfo fascista. Y se añaden a esas cifras un
millón de prisioneros en los campos de concentración españo-
les y medio millón de refugiados en los campos de concentra-
ción de Francia y Norte de Africa, calculando en 60000 la cifra
de los que murieron en el éxodo y en el exilio de hambre, de
frío y de tristeza.
Esas cifras dicen algo de la epopeya popular más grandiosa
de los tiempos modernos. Ni siquiera la derrota disminuye su
gloria y su trascendencia histórica. Esos cadáveres abonan la vitalidad de la España eterna, que resucitará de sus cenizas,
más pujante e invencible que nunca.
El valeroso gobierno de la victoria, hechura de Moscú, dis-
ponía en el extranjero de ingentes recursos financieros como
para atender a las víctimas del éxodo gigantesco. Pero lo
mismo que nosotros no hemos logrado en España, desde el
Frente Popular, que se rindiese cuentas de la situación de nues-
tra hacienda, tampoco se logró en el extranjero, en la entele-
quia de la diputación permanente de las Cortes, reunida en
París, que los aprovechados atracadores del tesoro nacional
diesen la menor explicación de sus dilapidaciones. Algo vino a
saberse más allá de los círculos íntimos, por la separación rui-
dosa de Prieto y Negrín, cada uno de los cuales alegaba dere-
chos a administrar el botín de la guerra en provecho propio y
de sus amigos y cómplices. Pero la luz queda por hacer.
A la atribulación del fracaso, uno de cuyos factores fue la
política de la intervención rusa en España, quizás ya en buen
acuerdo con la Alemania hitleriana, se une para las gran-
des masas la comprobación del engaño en que han vivido y
luchado, y el descubrimiento de la catadura moral de los diri-
gentes y usufructuarios de nuestra guerra. El mito de la resis-
tencia con pan o sin pan, con armas o sin ellas, era sólo la ambi-
ción de disfrutar después del desastre, solos, del botín logrado
con nuestra derrota, que era su victoria.
Y con esos millones de la España despojada y escarnecida,
se comprarán conciencias y plumas que, por encima de tanta
tragedia y de tanta suciedad, elevarán a los afortunados un
pedestal de héroes. También se quiere llegar a eso. Alguien ha
escrito y nosotros esperamos que así sea: «Quieren pasar a la
historia en mármoles y bronces, y han de contentarse con un
estercolero
Sólo queda un héroe para hoy y para siempre, mártir y puro:
el pueblo español. No podremos estar en lo sucesivo a su lado
más que con nuestra simpatía y nuestro cariño. Es la única
grandeza ante la cual nos descubrimos con respeto. Sólo nos
avergüenza y nos intriga el hecho de que hayan podido salir de
ese gran pueblo tantos traidores, en nombre de los más opues-
tos ideales.

Casi tres siglos duró el aplastamiento del espíritu ibérico des-
pués de la derrota de los comuneros de Castilla y de los ager
manados de Valencia por el emperador Carlos V, y de la liqui-
dación de las libertades de Aragón por Felipe II. ¿Quién podia
figurarse que nuestro pueblo estuviese todavía vivo en 1808?
En aquella gesta gloriosa de seis años volvió
España a entrar en la historia. Pero en 1823, el tirano abyecto
Fernando VII, creador de escuelas de tauromaquia, logró
imponer de nuevo su despotismo sobre ríos de sangre y mar-
tirios infinitos. Desde aquella época hasta julio de 1936, entre
guerras civiles, rebeliones populares y periodos de cansancio y
de agotamiento, un intervalo de poco más de un siglo, cuán.
tos profetas anunciaron la muerte de España? En 1936 se mos-
tró nuestro pueblo otra vez tal como es, heroico en la lucha y
genial en la reconstrucción económica y social, recuperando
en pocos meses de libertad el propio ritmo. La derrota de 1939
durará más o menos; pero sólo a costa del exterminio total del
pueblo español podrá cambiar definitivamente el espíritu de
ese gran pueblo y se logrará sofocar la esperanza de la nueva
vida, de la nueva aurora.

Buenos Aires, 5 de abril de 1940.
DIEGO ABAD DE SANTILLAN
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