Este libro es tan opuesto a la novela anterior de la autora, y sin embargo, es tan maravilloso y bien logrado. Cipriano tiene mucho corazón, es un viejo medio amargado y huraño que recibe un sacudón en la vida cuando su hija Juana, que andaba peleada con él, muere en un accidente de avión. Y además, en esa terrible llamada donde le informan la identificación del cuerpo, le dan una noticia inesperada que le sacude su cotidianidad... Un misterio sobre el que gira todo el libro.
Y para salir de esta duda, Cipriano acude a Néstor, su hermano mayor, su cómplice, su alma gemela. Mientras el libro avanza conocemos esos dolores que cada uno de los hermanos Díaz guarda, esas heridas sin cerrar, sus equivocaciones a lo largo de la vida, a Alicia y a Beatriz, las mujeres de ellos; conocemos también a Hikaru, tan mística como la más tradicional de las mujeres japonesas; y aprendemos perfectamente quién era Cipriano, lo queremos, sentimos su soledad.
Al final hay ciertas pistas que redondean el misterio que el lector ha seguido fielmente con Cipriano, pero también me quedan dudas (y trato de no hacer spoilers) , empezando por la coincidencia de ambos personajes en el mismo avión... ¿Se habían hablado antes? ¿Se conocían? ¿Se iban a encontrar? ¿Cipriano aprendió su lección muy tarde? ¿Qué pasará con la relación de los hermanos? Más que dudas incómodas son ganas de seguir leyendo, de no cerrar el libro y quedarse viendo la vida de Cipriano por un ratito más, porque es inevitable enamorarse de él.
Los buenos libros, para mí, son los que lo dejan a uno pensando. Tanto en la historia que terminó como en los cabos sueltos que puedan quedar. Cipriano es así, es un hombre que necesita un abrazo pero también una sacudida de hombros. Y esta obra de Orrantia es así, deja con deseos de buscar más de la autora, de volver a meterse en su mundo y su forma de narrar, que hace muy difícil soltar el libro hasta para ir a dormir.