A través de seis capítulos Cristina Rivera Garza despliega una serie de reflexiones en torno a la escritura: desde la geografía, desde los medios digitales, desde los cuerpos; no sin antes establecer que se trata de un trabajo. Se refiere aquí, a un trabajo compuesto de comunalidad, de compartencia, donde se entiende que el lenguaje que constituye la práctica no es propiamente de nadie, y, sin embargo, su configuración es con el tiempo y huellas. Por ello, invitar a poner atención a las decisiones a lo largo de toda su producción, y refiere a la atención de hacer visible la deuda adquirida con otros por los que, y con los que, se compone, —característico de las estéticas desapropiativas o necroescrituras. No sin olvidar que también seguirá siendo reescrito en la imaginación colectiva.
Siguiendo este hilo, analiza ciertas prácticas que han rumiado por nociones compositivas y apropiativas como el copy-paste, yuxtaposición, etc., que, sin embargo, no cuestionaban la autonomía del arte. En así que luego pasa a presentar y discutir otras propuestas que sí subvierten los lugares en su producción. Se trata de ficciones documentales, escrituras planetaras, exofónicas, tuiteras, postautónomas, que dan cuenta de sí, etc., que, sobre todo, tienen por común un cuestionamiento al lugar de la autoría y de las lecturas posibles. Toda esta gama de ejemplos abordados por Cristina son escrituras que superan “lo literario” como lugar sagrado para el lenguaje. Lo que finalmente hace, es permitir discutirlas como formas de producción del siglo XXI sin arrojarlas fuera de las preocupaciones poéticas, narrativas, o creativas de la creación escritural y sus posibilidades en tanto comunalidad. El ensayo es bastante consistente en sus planteamientos y queda claro que para su autora hay, hoy más que nunca, una producción que no responde a estructuras verticales y permite ser un espacio para reconocernos, para relacionarnos.