Cuando Gonzalo Arango escribió el Primer Manifiesto Nadaísta en 1958, lo hizo tras una crisis personal. Exiliado en Cali por haber sido partidario y señalado de colaborar con Rojas Pinilla en Medellín, sin un peso, viviendo de la caridad de sus hermanos y amigos, comprendió que una salida a ese atolladero era poner en jaque la sociedad conservadora colombiana. El momento histórico era el propicio. La transición que dio lugar el Frente Nacional en lo político, donde el populismo había sido derrotado, donde el mismo Bolívar y la fe cristiana seguían siendo las banderas (como en los gobiernos anteriores), condujo a la quietud de los sectores. No obstante, ya estaba iniciada la guerra que duraría más de cincuenta años contra las guerrillas comunistas. La llegada de la televisión, la creación de universidades privadas, la profesionalización del con excelentes dramaturgos, el cine despegando, librerías con gran oferta internacional, programas que fomentaran la lectura como las ediciones realizadas por Colcultura y luego Procultura. Los años sesenta fue un década donde la juventud tomó fuerza y se hizo visible, luchó por ideales sociales en contra de la guerra, desinhibió sus placeres, confrontó la tradición goda de sus padres. El hippismo, la moda de la marihuana, la liberación sexual, el uso de la píldora anticonceptiva, los festines orgiásticos, todo esto era el devenir histórico en el cual Gonzalo Arango a punta de publicidad convenció a los jóvenes de subvertir el orden. ¿Cómo confrontar una ideología dominante? La ironía ha sido siempre la más eficaz herramienta para discutir contra el poder. La publicidad fue el arma usada por el nadaísmo. Poner de moda todo tipo de slogan provocadores, donde el erotismo, los juegos de palabras, la crítica al establecimiento deformara en burlar todo lo oficial. Juan José Escobar López (compilador y prologuista)