El tercer volumen (que en realidad corresponde a los tomos 5 y 6) de Detective Conan mantiene una notable consistencia y se presenta como una lectura idónea para quienes deseen iniciarse en el manga japonés. El estilo gráfico se aproxima más a la animación televisiva que a una búsqueda estética autónoma, lo cual puede interpretarse tanto como una limitación como una virtud: favorece la claridad narrativa, pero sacrifica la densidad visual que otros autores contemporáneos exploran con mayor ambición.
En lo que respecta a la trama, los enigmas criminales muestran un grado variable de eficacia. Si bien algunos casos resultan relativamente previsibles, el desenlace del último relato ofrece un giro menos esperado, lo que contribuye a mantener el interés del lector. Sin embargo, se advierte una tendencia recurrente a la dilatación: los casos se prolongan más allá de lo necesario, respondiendo a la lógica industrial del manga seriado, en el que la extensión de la narración asegura la pervivencia editorial. Esta estrategia, lejos de enriquecer la obra, atenúa su intensidad y retarda un avance sustancial en la trama principal.
Queda, por tanto, la duda de hasta qué punto una serie de tan prolongada duración (con más de setenta volúmenes recopilados) puede sostener la atención de un lector que busca tanto el ingenio deductivo como la progresión narrativa. Personalmente, no sé si seré capaz de mantener el ritmo hasta el final, pero por el momento la obra conserva el suficiente atractivo para que no considere la posibilidad de abandonarla.