A partir de su propia experiencia cinéfila desbordada, Vicente Monroy desarrolla en este ensayo una apasionante historia de los mitos de la cinefilia y de sus argumentos fundamentales, de las múltiples formas en que el cine, ese arte joven pero siempre en crisis, ha llegado a enfermar a sus amantes.
De Orson Welles a Martin Scorsese, pasando por los Cahiers du Cinéma o Serge Daney, pero también dialogando con la historia de la filosofía y de la literatura, Monroy consigue construir en estas páginas una elegante síntesis de las ideas y polémicas más profundas que se han dado sobre el cine y su significado histórico.
Monroy nos hace de guía en la historia del cine y muestra cómo éste fenómeno nos ha influenciado a la hora de relacionarnos con el mundo de las imágenes, nuestro mundo. El ensayo tiene un carácter irreverente que hace muy amena su lectura, invitándonos a repensar la cinefilia para poder disfrutarla sin enfermar de ella.
Los eternos augurios de la muerte del cine, lo estúpido de querer elevarse sobre los gustos ajenos o la ingente cantidad de polémicas me han hecho desear profundamente que de aquí a unos años alguien tan inteligente como Monroy escriba un libro similar sobre la aún más joven historia de los videojuegos. Para ello no se me ocurre mejor referencia que este maravilloso ensayo sobre la hiperbólica pasión del cinéfilo.
Interesante ensayo sobre la cinefilia. El autor hace un repaso al nacimiento, plenitud y muerte de esta suerte de religión solitaria, de ciencia de la mirada. De igual manera, repasa su propia pasión y sus diferentes etapas. La parte final del libro está dedicada a la muerte del cine tal y como lo entendían los cinéfilos humanistas de los Cahiers. Internet y la televisión terminaron por hacer jirones la pantalla de cine y éstos cuelgan, fantasmales, movidos de vez en cuando por ecos voluntariosos. El título podría hacer pensar, como ocurrió en mi caso, que el libro es una diatriba contra determinada manera de relacionarse con el fenómeno cinematográfico. No es el caso. Aunque el autor confiesa implícitamente haber dejado atrás su época más apasionadamente cinéfila, no carga contra el fenómeno; todo lo más, critica la deriva que la cinefilia adquirió a partir de la infiltración postestructuralista y semiótica, con sus arcanos códigos y vocablos.
En mis Bios en redes sociales hace tiempo cambié Cinefilo por Cinefago, consciente de que la mayoría de cinéfilos que conocía, me parecían imbéciles, snobs que lo único que hacían era quejarse. Este libro lo desarrolla con buenas palabras y mucha documentación
Un muy lúcido ensayo sobre la cinefilia como pasión... ¿desmedida?
Llevo desde los 20 años creyendo que el cine era mi vida. De hecho, lo es, escribo y dirijo y fracaso porque no he podido vivir de él. No creo que por talento o trabajo, sino por razones telúricas que escapan a mi comprensión y que tiene que ver con "estar", con romper la zona de confort, que ahora se usa tanto, si realmente algo te apasiona. No sé, todo unido a esa cinefilia que a veces se convertía en tu vida. Horas y horas en salas oscuras, aunque me sigo considerando un ignorante y todavía descubro cine considerado fundamental por el que ni había asomado el hocico. Divagaciones las mías, de alguien mucho más mayor que el autor, mucho más desencantado, por otra parte, normal.
Mientras leía Contra la cinefilia pensé que el autor, desconocido para mí, era un señor mayor. De pronto veo su fecha de nacimiento. "Cojones, soy 20 años mayor que él y ha conseguido expresar con palabras (brillantes) lo que mucho cinéfilos deberíamos reflexionar sobre lo que significa confundir la vida real con la ficticia en una pantalla".
Tiene este ensayo dos de las mejores definiciones sobre lo que es el cine que creo haber leído nunca, y mira que he leído cosas sobre él. El cine es, y cito literalmente, "un mundo mejorado, fabuloso, que comparte algunas cosas con el nuestro, pero también lo excede". La otra, más corta, "... el cine no es más que la historia de su opresión". Esta última, imagino que se refiere al constante vaticinio de la desaparición del cine. Por otra parte, el final, la anécdota de su primer momento cinéfilo con 5 años, viendo Toy Story, junto a su madre, solo por eso, solo por esa frase final ("está bien amar el cine, pero no hay que confundir ese amor con el de una madre"), lo hace el mejor ensayo que he leído sobre ese invento que empezó como un espectáculo de barraca de feria, o mejor, puntualizo, sobre la cinefilia. Porque este libro no va sobre cine, sino sobre los que VAN AL CINE... en exceso.
Creo que el pollo que ha parido esta maravilla, joven, el cabrón, es profesor de cine, o algo relacionado. Yo no fui ni siquiera a una escuela de cine, no pude, no había la oferta de hoy en día y los padres eran de otro tipo. Todo ha sido cuestión de ir a una sala y escribir, escribir... y trabajar en rodajes. No sé si será un profesor intensito, de los que se descuelga con la palabra "semiótica" cada dos por tres (en el libro la cita creo que dos o tres veces), o si mira con soberbia a sus alumnos (algo muy típico), pero cuando dice que se arrepiente de debates exaltados en fiestas defendiendo vehementemente posturas de las que luego te arrepientes, nos define a todos los cinéfilos. Solo por eso, y por el final, su libro es de panteón. De hecho, hay una cosa que tenemos en común, aparte de la cinefilia, que no deja de ser una parafilia.
Menciona una parte del libro algo que le sucedió en una sala (en esto me salen también unas memorias) en New Jersey, cuando le desalojaron a él, y resto de espectadores, de la sala de cine un mall o centro comercial (ese invento estadounidense a la mejor gloria del capitalismo como becerro de oro que, como cretinos que somos el resto del planeta, hemos copiado para convertirnos en americanos protagonistas de una peli) donde estaba viendo El caballero oscuro. ¿El motivo? Ese mismo día fue la matanza de otro cine en Colorado donde proyectaban la película. Evidentemente esa sociedad tendría que replantearse hasta dónde llega a frustración de los que no se adaptan al sistema de consumo y cuqui-felicidad. Pero bueno, dicha esta gilipollez, lo que este hombre y yo tenemos en común es que (creo) trabajamos en el mismo parque de atracciones, concretamente en Wildwood. Él lo hizo siendo joven por los motivos que fueran. Yo lo hice veinte años atrás precisamente por mi desbordada cinefilia, junto a otro amigo cinéfilo, que luego, para recrear las películas que admirábamos, con el dinero ahorrado en esos curros viajamos por todo el país de las "oportunidades". Ahora lo recuerdo, y aparte de la experiencia, de la que no me arrepiento, mi admiración hacia ese país cayó en una fosa abisal, pero esas son cosas de la vida, que te patea y te salen hemorroides de frustración.
En fin, espero que con tanto halago no se le suba a la cabeza ni se vuelva gilipollas, en caso de que no lo sea ya, que espero que no, yo creo que no.
6° de mis #librosen2021. 1405 #páginasleídasen2021. La figura del cinéfilo ha sido afeada por esta sociedad tan sujeta a la burla. Lo vemos como un ser gris y triste que no puede hablar de otra cosa que no sea el cine. Y no es así. La cinefilia es la afición al cine, nada más. Se puede ser cinéfilo y melómano, y que te guste el choped, el vino de 3€ y descojonarte con los amigos. Pero, en ocasiones, está bien criticarlo, es divertido emponzoñar su pedantería cuando se pasa de vueltas, seamos sinceros. Lo que rechina es que la crítica llegue desde el corazón mismo de la cinefilia, que se deje de confiar en un género porque ya haya ofrecido todo lo que llevaba dentro. Godard dijo que el cine debería durar lo que una vida humana y hay quien ve las películas como virus que se introducen en nuestro cuerpo. Yo no puedo estar más en desacuerdo con todo eso. Este ensayo es un viaje del cinéfilo por los aledaños del cine, por sus fronteras y por lo que está más allá, y todo en una huida hacia delante para desmarcarse de la propia etiqueta, para alcanzar el "despertar posfílmico" y dejar atrás la fascinación de salir de una película un poco trastornado, de pensar en ella y querer hablar con los demás de lo que te ha hecho sentir. Es posible que el ideal de la cinefilia y la realidad de los medios audiovisuales vayan por caminos diferentes; que la experimentación, la sobreabundancia, la televisión y la pérdida de la excepcionalidad se hayan instalado en nuestra convivencia con el cine, pero no han acabado con él, tan solo lo están transformando, como siempre ha ocurrido con este arte tan joven y volátil. Yo me niego a pensar que el cine se haya terminado, a estar condenado a solo aceptar las películas que se hicieron en su época dorada, porque en cada una de las doce décadas que lleva con nosotros -incluidas estas últimas- el cine ha aportado creaciones doradas. Por eso este ensayo me ha parecido extraño. Es posible que no haya entendido bien al autor o que no sea tan cinéfilo como para pillar esta crítica a la cinefilia desde un punto de vista tan poscinéfilo.
Lo que Monroy hace aquí es lo que llevo preguntándome en estos últimos tiempos sobre mi persona y mi capacidad de consumir cine a cantidades ingentes. Nunca me he considerado cinéfilo, porque es un término que me hace rehuir de muchas cosas a las que amo, que amo pero que no confundo con mi propia vida, pero que la complementan, pero que a veces temo de que no llenen esos vacíos, pero que al final siempre me hacen vivir una doble sensación de realidad e irrealidad cuando salgo de las proyecciones y llenan aspectos que por más que me esfuerce, acaban desbordándose. Acaban desbordándose y, sin querer, me hacen ser cinéfilo.
Podría ser que llevo mucho tiempo buscando respuesta a por qué el cine cambió mi forma de ver las cosas, de por qué me etiqueto de mala costumbre en terminologías de cosas redundantes y me vuelvo un huraño del análisis y el pensamiento crítico conforme pasa el tiempo. Que el cine se transforme en obsesión y que deje de gustarme, es el mayor temor que afronto hasta tal punto de que las salas a veces se hayan vuelto un lugar inestable e incómodo para mi en todos los sentidos. Pero bueno, dependemos mucho de lo que somos culturalmente por el arte secuencial de la séptima dimensión y estos temores nacen desde que empiezan, y mueren, naturalmente, desde que nacen. El cine murió el mismo día de su nacimiento y nosotros estamos marcados por la misma muerte desde que venimos bajando desde el útero.
La muerte es algo inherente a todas las cosas y esa carrera por ser inmortal, muchas veces es lo que nos hace dejar pasar lo realmente importa. El último párrafo de Monroy es lo más representativo y significante de todo esto y se me va quedar grabado a fuego, tanto, que no me ha hecho falta doblar la página del libro para acordarme de dónde está. Que la pasión siempre esté, pero que nunca sea superior a lo que creemos eterno y no es.
«El cine, tal y como hemos llegado a entenderlo, es una categoría excluyente y de naturaleza concéntrica, que se define reduciendo una y otra vez los límites del audiovisual. Finalmente independizado de los demás campos del pensamiento, su posible progreso a estas alturas es una quimera. […] el cine redunda como un eco cada vez más débil en un universo condenado a la repetición. […] A fin de cuentas, no es gran cosa: apenas un rinconcito prestigioso del amplio territorio de las imágenes, demasiado frágil para definirse positivamente. Prolongando la metáfora humanizadora, todas las imágenes nacen iguales y libres; el cine no es más que la historia de su opresión.»
Noto que puedo poner nombre y lugar a pensamientos que hasta ahora sólo intuía. Eso está bien. Si tengo que decir algo malo del libro es que en momentos me he sentido encerrado en referencias cinéfilas que para mí no representaban el total de la cuestión. Creo que a lo largo de la joven historia del cine ha habido muchos más exponentes que defendían una relación sana con el cine y con el arte en general. Entiendo que ya es la intención de Vicente Monroy subrayar los autores que no lo hacen, pero esa claustrofobia sigue ahí.
Contra la cinefilia más que un libro es un "mea culpa". Un pedir perdón en forma de contraargumentar citas y divagaciones que otros autores hicieron antes y de desmitificar la propia experiencia.
En este sentido, aunque algunas partes se me quedan cortas (como el capítulo acerca de que la propia dirección, aparentemente apolítica, reproduce medios de dominación), este ensayo es una bonita manera, tanto en forma como en fondo, de romper con la cinefilia y de disfrutar las películas que poco tiene que ver con el cine.
Sinceramente, esperaba que este ensayo sí estuviera despojado de esa retórica épica y pretenciosa que tanto caracteriza a la cinefilia pero se ve que va en contra de su propia naturaleza. Casi hay que agradecer que no sea paternalista. Lo positivo: tiene buen ritmo y se lee fácil. El único punto valioso e interesante lo hace al final, se hubiera agradecido que lo hubiera introducido mucho antes, me hubiera convencido más.
El equivalente literario a una película de Mark Rappaport. Lo leí todo de una vez, cosa que no me pasaba hace muchísimo, y que, pensándolo ahora, es una experiencia más parecida a la cinematográfica que a la literaria, dónde generalmente suele haber pausas. Igual, también tiene que ver con el carácter de manifiesto del libro y un poco de trazo grueso, digamos todo (?)
Un breve ensayo que nos relata la historia de la cinefilia y cómo el autor la ha vivido hasta su descreimiento final. Se trata, en general, de una serie de reflexiones que pueden resultar más o menos interesantes, pero que, en última instancia, no aportan nuevos caminos o vías sobre el estado actual del medio.
Muy interesante para entendernos mejor La diferencia entre los amantes del cine que ven películas por cantidad o lo estudiosos del cine que analizan a fondo la cuestión y la forma de proyección. Mensaje. Tomas. Etc. Lindo libro !
Buenisimo, se dabe porque la mirad del libro ha sido subrayada. Lo volveré a leer en nada. Me ha hecho amar el cine y sobre todo, entender ese sentimiento de amor