En Cabro chico, Claudio Bertoni publica sus memorias hasta los trece años. Desde un presente que nunca es ocultado en el texto, el poeta busca traer a la página recuerdos de esos años cruciales de los cuales, sin embargo, tan poco se suele recordar.
Primeros callejeos y primeras amistades de la vida, el despertar del deseo sexual y el descubrimiento de la conciencia son entrelazados en este breve y hermoso libro con las cavilaciones a las que Bertoni, ya pasados los setenta años de edad, se ve enfrentado a la hora de recordar o intentar evocar el tiempo pasado.
Estudió en el Liceo Alemán y luego ingresó en la facultad de Filosofía de la Universidad de Chile,1 que abandonó pronto, después de conocer a la poetisa y artista Cecilia Vicuña, que se convertiría en su pareja por varios años. También realizó estudios de Música en el Conservatorio Nacional. A principios de los años setenta, se dedicó a la música (fue percusionista de Fusión, primer grupo de jazz-rock chileno), la fotografía y a la escritura.
Pasó algunas temporadas becado en Estados Unidos (1964, American Field Service en Denver; 1993, Beca Guggenheim). Vivió asimismo en Europa (adonde viajó con Vicuña en 1972), principalmente en Londres y París (1972-76). Precisamente en Gran Bretaña, en 1973, publicó su primer libro, El cansador intrabajable.1
Ha realizado importantes exposiciones fotográficas en el Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago (1995 Peligro a medio metro; 1998 Desnudos en el Museo) y participado en muestras colectivas en Alemania, Colombia, Ecuador, España, Estados Unidos, Gran Bretaña, Holanda, México, Portugal y Suiza.
Es uno de los primeros chilenos que tradujo a Charles Bukowski.2
Vive en Concón desde que regresó a Chile, en 1976.3 Hoy graba sus creaciones, y continúa escribiendo en su diario.
Este sí. Alejándose a tranco firme del ya comentado bodrio de Tajamar y el olvidable Violeta de Overol, vuelve el Bertoni de ¿A quién matamos ahora? e incluso, a ratos, el de Rápido antes de llorar. Vuelven los ya conocidos párrafos sin respiración sin coma ni nada así decantando o rebotando entre la reiteración poética y la densidad de todo recuerdo que pareciera ser más puro vomitado no mediado así como intento parodiar o más bien conmemorar ahora. Esos párrafos, digo, aparte de un puñado (quizá un puñadito) de su poesía, es lo que alguna vez nos atrajo del autor y no veo por qué estaría mal insistir en ello en vez de seguir embarrándola con libros de citas comentadas. No niego que hay algo así como un 25% de frases o fechas o lugares que, al igual que gran parte de los Me acuerdo de Perec que solo cobran sentido si uno es Francés y viejo o al menos Europeo o esforzado cosmopolita, no generan nada en el lector. A veces el zoom excesivo en el detalle no genera toda esa universalidad, ese caldo común de memoria, al que se cree apelar. Lo curioso es que, a la luz de los fracasos anteriores y de mi cariño hacia el sujeto Claudio que espero a esta altura ya esté claro, todo esto que critico termina dando lo mismo y la balanza queda más o menos nivelada, a la espera de que las próximas editoras y editores arriesguen ese tiro de media distancia cuya comba ya ha sido señalada aquí.
Es un libro autobiográfico de Bertoni, y en ese sentido cumple, sin sorprender. Rescato eso sí, el desparpajo con el que está escrito, en el estricto sentido de la estructura, y cómo habla de temas como la sexualidad en la infancia, la violencia imperante en los niños, la mirada a los mayores, los terrores y las expectativas del futuro.