"Los kanjis no son palabras, sino imágenes, conceptos. A diferencia de nuestro alfabeto, un kanji no se lee, se mira. El kanji de "árbol" es el dibujo de un árbol. Los japoneses no leen la palabra árbol, sino que miran el árbol", explica Facundo, profesor de literatura japonesa. Días atrás, una voz desconocida le comunicó un acontecimiento que marcaría un antes y un después en su vida: la muerte de su padre, de quien solo le quedan unas pocas cartas y una foto antigua. Desde ese momento, a Facundo lo envuelven la confusión y los recuerdos; su madre, su padre, la muerte y un pacto de silencio que lo acompaña hasta el presente. El protagonista de esta novela descubrirá en Kawabata un amigo y un maestro, que lo ayudará a resignificar su historia familiar, y en la cultura japonesa, las palabras para encontrar belleza en las circunstancias más atroces.
Una novela hermosísima, casi japonesa aunque argentina. El protagonista indaga introspectivamente en sus pérdidas y encuentra un paralelismo con las de Kawabata. Los paisajes de Japón y su sensibilidad se mezclan con la literatura del archipiélago. Todo se funde en una bella tristeza que desborda en cada página.
Siempre me llevo algún libro en la mochila para cuando viajo en bondi, o cuando tengo algún tiempo muerto. En este caso, "Los años tristes de Kawabata" me acompañó durante un par de viajes, y casi casi me hace lagrimear en pleno camino. No es que tenga algo de malo hacerlo, pero cuando lloro soy un desmadre. Así que fui leyéndolo de a poquito, saboreando las partes de ficción y las que narraban la vida de Kawabata, ambas con su buena dosis de melancolía. El libro es efectivamente una carta de amor a Japón, y toda su cultura. Pero también lo es para Argentina y sus tradiciones. Esa combinación fue mi parte favorita. La historia es bastante sencilla, con una narración cero pretenciosa, y muy acorde al tipo de texto. Como conclusión final: debo leer algo de Kawabata, no hay forma de pasar por este libro y no sentir aunque sea un poco de curiosidad por sus lecturas. Y, por supuesto, seguir leyendo a Sardegna.
Esta novela es un canto al Japón, a la literatura, a Kawabata (a quien nunca leí pero ahora siento una necesidad muy profunda de hacerlo), a la belleza. El protagonista, Facundo, trata de procesar la muerte de su padre, a quien había dejado de ver hace años, y al hacerlo se ve irremediablemente arrojado hacia el pasado y el pacto que hicieron su padre y él tras la muerte de su madre. A lo largo de la novela Facundo irá ensayando formas de lidiar con el duelo y la pérdida, y al mismo tiempo de reconciliarse con su identidad y poder recuperar y comprender a esa figura enigmática que fue su madre.
Y en el centro de ese proceso, resplandece Kawabata. Facundo va repasando su relación con ese autor que es un faro en su vida, desde el descubrimiento de sus obras completas ocultas en el ropero de su mamá, la necesidad de decodificar esos signos bellos y enigmáticos que lo llevó a aprender japonés, la trágica relación proximidad del autor con la muerte que lo llevó a convertirse en un “experto en funerales”, hasta culminar en un viaje a Japón que le permite apreciar la particular relación de la cultura japonesa con “lo bello y lo triste” que aparece plasmada en sus obras. “Esa luna sobre mi cabeza era más hermosa porque también lo tenía a Kawabata”, dice Facundo. Y realmente me movilizó mucho cómo Sardegna nos muestra que la literatura nos proporciona claves para decodificar el mundo, pero también para procesar nuestra propia historia personal. Kawabata es para Facundo una presencia tangible, una compañía y un amparo en un mundo que muchas veces nos enfrenta a la crueldad y el sinsentido. Recomiendo esta novela profunda y lúcida, escrita en una prosa con un vuelo lírico maravilloso, que en mi caso será el puntapié inicial para muchas lecturas más!
Por esos caprichos del destino, este libro me llegó el mismo día en que falleció mi mami. Escribí una reseña llena de dolor y rabia a las pocas semanas de lo sucedido que honestamente no sé si algún día publicaré en Japonistas o alguna parte. Incluso ni siquiera me atrevo a releerla en estos momentos. Sin embargo, no creo que una historia sobre una pérdida importante, relacionada con Japón y Kawabata haya llegado a mi vida por mera casualidad en uno de los días más inciertos de mi vida. Quiero creer que esta lectura llegó en el momento en que más lo necesitaba y así me aferré a la historia. Supongo que será el libro que siempre me acompañará en este dolor. No hay mejor compañía en funerales que Kawabata, al final de cuentas.
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Frases favoritas
Solo la literatura permite entrar en contacto con el espíritu de un muerto, de manera más directa, más completa y más profunda que lo haría la conversación con un amigo… (Michel Houellebecq, epígrafe)
Así dijo: los más cercanos. Incluso en la muerte se seguía alargando la distancia con mi padre.
¿Qué son algunos miles de muertos abstractos cuando uno acaba de enterarse de un muerto -un solo muerto- real?
Su infancia estuvo signada por la peor soledad. Su vida se inicia con una presencia de muerte. Así la calificó él: presencia de muerte. Fíjense qué curiosa esa elección de palabras, insistí. Si la muerte es vacío y ausencia, Kawabata elige hablar de una figura, de una entidad corpórea. De una presencia.
¿Por qué relegue tanto tiempo a Kawabata? Entendí que me había reservado a Kawabata para mí, como algo íntimo.
La sofocación rompe capilares de la cara y produce ese maquillaje inocente que me hizo pensar en sus ancestros japoneses.
El pequeño Kawabata registra las últimas semanas de su abuelo moribundo. Anhela trasladar al papel la imagen de su abuelo, y entonces copia todo lo que dice a medida que lo dice. Yo recién empezaba a recordar otra vez a mamá. De retazos, de a pequeños fragmentos. A mí manera, yo también luchaba contra el olvido.
El talento de Kawabata se percibe en su habilidad para plasmar la belleza a través del asco.
Kawabata sabía cómo crear imágenes de pura belleza a partir de la realidad más fea. La muerte de mamá irradió esa atroz y profunda belleza que Kawabata siempre supo contar.
Las mujeres tenían menos pudores a la hora de mostrar sus sentimientos. Esos lamentos ocasionales confirmaban que se trataba de un muerto muy querido.
De algún modo me había convertido en testigo de mi propia vida, y eso me permitía prestar atención a los detalles. Como cuando leía por segunda o tercera vez una novela de Kawabata.
Los padecimientos de cuidar a su abuelo están atravesados por preocupaciones vinculadas a su edad; monografías para el colegio, el deseo de salir a jugar.
Pienso en todas estas cosas y me sentí ligado a él. Kawabata era un amigo para mí. Relee lo que ha escrito sobre su abuelo, se enfrenta con emociones que había olvidado y se pregunta a dónde se han ido esos días. Dónde se han metido.
No juzgo a los muertos. Comprendo que algunos no logren convocar a suficientes familiares o amigos.
Kawabata me ofrecía una amistad que yo necesitaba.
Cada ataúd que pasaba delante de mí, cada cajón escoltado por su séquito, escondía un desconocido. Pero acaso no más desconocido que papá.
El comportamiento apesadumbrado de Kawabata en los funerales nunca era fingido. Aquellos funerales ajenos lo inspiraban a considerar vidas y las muertes de seres cercanos como sus padres, como su abuelo.
Los japoneses no lee la palabra árbol, sino que miran el árbol
Para un cerebro japonés, un kanji es una imagen cargada de fuerza.
En Lo bello y lo triste, Otoko necesita el diccionario para confirmar la forma correcta del kanji pensar, y siente que el corazón se le encoge cuando da con los restantes significados: pensar también es añorar, ser incapaz de olvidar, estar triste.
En Japón, pensar es también añorar y ser incapaz de olvidar y estar triste.
Japón es mi ensoñación, mi aceite. Con la muerte de mamá en un kimono de la abuela, mi vida quedó atada a Japón. Me interesé por mis ancestros y su cultura.
La muerte debe de ser tan hermosa. Hacer en la suave tierra parda, con la hierba meciéndose sobre la cabeza, y escuchar el silencio. Que no exista un ayer, ni un mañana. Olvidar el tiempo, perdonar a la vida, estar en paz. (Oscar Wilde)
Varias veces la había escuchado hablar de Japón. Entendió que esos libros resguardaban la lengua de sus antepasados.
El cuerpo, en la obra de Kawabata, siempre es un signo abierto a múltiples sentidos.
Me asustó la naturalidad con que Japón toma las amenazas de la naturaleza.
Pensar en Kioto también me puso triste. Me recordó que Kawabata siempre se sintió huérfano.
Resulta curioso que para la madre de Chieko -y para Kawabata mismo- el robo sea más tolerable que el abandono.
Los dioses, fueran cuantos fueran, no mostraban ninguna emoción reconocible. Sus rostros eran kanjis que no se dejaban descifrar.
¿Por qué Japón?, me preguntó. No era la primera vez que me hacían esa pregunta, y sin embargo, me seguía tomando por sorpresa. Nunca la supe contestar. ¿Por qué Japón?, repetí… cada vez que me tocaba responder a esa pregunta me inventaba algo diferente. No mentía, pero tampoco me esforzaba mucho en sondear la verdad.
Mi madre era mitad japonesa, aunque a mí no se me nota mucho. Me hubiera gustado que los rasgos japoneses fueran más notorios en mi cara.
Me habló de Yasunari Kawabata, el único autor que conseguía conmoverla.
Los traductores habían fracasado en alcanzar el espíritu de Japón.
El final de las historias de Kawabata siempre me produce extrañeza, sus novelas parecen no terminar jamás. Puedo seguir leyendo a Kawabata sin entenderlo y sospechar, al mismo tiempo, que parto a un encuentro con la belleza.
La pequeña Kumiko ha venido a visitarme a través tuyo. ¿O eres un fantasma, acaso, Fuentes-kun?
Kawabata tendió un puente entre ella y el mundo, me dijo. Le dio algo en qué interesarse. Cuando lo leyó por primera vez, ya nada volvió a ser igual.
Hay una belleza japonesa que se define a partir de elementos negativos. La sombra, la imperfección de las cosas, la incompletitud.
Mamá siempre había sido una persona triste y apagada para mí. No me extrañó que fuera un bicho raro en el colegio, distante e inaccesible para todos.
Con la Rendición, Japón perdió el corazón de lo que había sido su cultura por miles de años. Kawabata siento que no quedó nada para él, excepto volver a esos sentimientos de tristeza del antiguo Japón. La tradición de lo bello y lo triste.
La certidumbre de que se acercaba a la muerte lo volvía más sensible a la belleza.
Kawabata recuerda -o inventa- la sentencia: “Si ves tu propia sombra, a tu doble, a tu propia segunda personalidad, morirás”.
Para Kawabata, la naturaleza siempre estimula una pena como la que cargaba ahora.
No todos los recuerdos de papá son feos. Es curioso cómo la memoria elige qué retener y qué desechar.
Lafcadio recién descubrió su lugar en el mundo al pisar Japón.
Y si no podía comprender a Oriente, mucho menos podía comprender a mamá.
Kikuchi Kan sentenció: “No es verdad que la naturaleza sea siempre favorable al hombre”.
Los festivales me hacían tomar consciencia de mi participación en el orden del cosmos. Se me impregnó en el cuerpo la nostalgia de un retorno al origen.
Hermosa novela donde un profesor ahonda en la muerte de su madre, haciendo un paralelo entre su vida y la literatura de Kawabata. Muy argentina y muy japonesa.
“Aquí nos separan amigo, la vida y la muerte (…) Llega finalmente la edad de entender la soledad, la mayor soledad es esta. Uno a uno dejan este mundo nuestros amigos y no hay nada que podamos hacer para controlar nuestra vida que de a poco se desvanece. (..) Pero aunque sintamos dolor, es mi deseo orar frente a tu ataúd, por tu alma que partió como montaña barrida por la lluvia” Estas fueron algunas de las palabras que Yasunari Kawabata, escritor japonés y premio nobel de literatura, recitó en el funeral de su gran amigo y también escritor Riichi Yokomitsu a modo de homenaje por la amistad compartida. Kawabata era un experto en funerales, su vida siempre estuvo marcada por la pérdida de algún ser querido. En Los años tristes de Kawabata es Miguel Sardegna quien rinde homenaje a su maestro, al escritor que hizo posible que descubriera la belleza de la literatura japonesa. Pero, como hacer para que el homenaje este a la altura de alguien que tanto influyó y tantos momentos de reflexión y goce le han brindado a través de sus libros. A Miguel no le alcanzó con escribir solo una novela para rendir honor a su escritor admirado, su libro también es ensayo y crónica de viaje. Facundo, el protagonista del libro, sigue los pasos de la historia de Kawabata para encontrar luz en su propio y doloroso pasado. En su niñez Facundo pudo ver la muerte muy de cerca, con su presencia imponente pero a la vez descubrió la belleza que ella imponía, como también Kawabata pudo descubrirlo. Esa búsqueda lo lleva a Kioto, y es ahí donde encuentra el sentido real de la cultura nipona y el sentido de su historia familiar. Un libro precioso, nostálgico y de un gran valor para los que caímos en el hechizo de la literatura oriental. Por unas horas, lástima que no me duro más su lectura, el tiempo se detuvo, atravesé un túnel con lluvia de flores de cerezo e ingrese a una dimensión donde todo es etéreo, y la madre tierra nos cobija en su regazo. Los años tristes de Kawabata nos muestra lo bello y lo triste de nuestra existencia, “vibrando ante lo efímero”.
Hoy les traigo una reseña un poco distinta. Si bien el libro no me atrapó completamente por su historia, me pareció riquísimo en detalles sobre la cultura japonesa, que por si no saben, es una de mis grandes pasiones. Así que más que reseñar el argumento, voy a usarlo como excusa para hablar de los temas que toca y que tanto me interesaron.
El libro se llama Los años tristes de Kawabata (2020), escrito por Miguel Serdegna. Y como sugiere el título, nos lleva a conocer a Kawabata Yasunari (1899-1972), un autor japonés. Aclaración rápida: en Japón se escribe primero el apellido y después el nombre, por eso “Kawabata Yasunari” en vez de “Yasunari Kawabata”.
Lo que más me impactó fue conocer la historia personal de Kawabata. Su infancia estuvo marcada por la muerte de sus familiares más cercanos, y a ese entorno tan doloroso él lo llamaba “la presencia de la muerte”. Me pareció una expresión poderosa, porque solemos pensar en la muerte como ausencia y vacío, pero él la moldea como una presencia, una entidad corpórea. Esto se nota en sus obras, donde el sentimiento de soledad y preocupación por la muerte impregna gran parte de la escritura de Kawabata.
Este fue el primer japonés en ganar el Premio Nobel de Literatura, en 1968. Al recibirlo, dijo que buscaba “embellecer la muerte” y encontrar armonía entre el ser humano, la naturaleza y el vacío. En su estilo se nota esa intención, donde construyó atmósferas íntimas y poéticas, retratando los rincones más delicados del alma humana. Su último pariente, su abuelo ciego, fue una figura clave ya que murió cuando Kawabata tenía tan solo 15 años. Entonces, intentó conservar cada detalle de la vida de su abuelo por el miedo constante a perderlo, en ese acto de escribirlo lograr inmortalizarlo y buscar vencer al olvido.
Esa tensión entre lo efímero y lo eterno está muy presente en sus textos, algo que también se relaciona con la cosmovisión oriental. En muchas culturas asiáticas, lo eterno no es una línea recta, sino un ciclo: todo vuelve, todo se transforma. De ahí que traten de buscar la paz y la esperanza a través de este medio, tratando de alejar la ansiedad que genera lo fugaz.
En sintonía con el pensamiento budista, Kawabata sabía que para dejar de sufrir hay que dejar de desear. Pero, curiosamente, sus personajes no pueden evitar desear. Ahí está la belleza de su obra, en esa tensión entre la belleza y la tristeza, lo sublime y lo doloroso. Ese sentimiento tan particular se llama mono no aware, y refiere a la sensibilidad profunda que se despierta al percibir la belleza en lo transitorio.
Miguel Serdegna, el cual denota una pasión por este autor y el país nipón, dice algo que me encantó: “El qué es el cómo”. Es decir, en Kawabata, la forma y el fondo no se pueden separar. No se puede imaginar sus temas sin su estilo, ni su estilo sin esos temas. Además, Serdegna reconoce que leemos a Kawabata desde otro rincón del mundo, con nuestras propias limitaciones culturales. Oriente nos propone otros ritmos, otras estéticas. Y quizás, dice, no hace falta entender todo para sentir que algo nos atravesó. A veces la belleza llega antes que la comprensión.
En el libro, el personaje principal, Facundo, encuentra en Kawabata no solo un autor, sino un maestro y un amigo, alguien que lo ayuda a resignificar su historia personal. Se siente identificado con esa búsqueda de belleza ante las circunstancias más atroces.
Otro tema fascinante que aparece en el libro son los kanji, los cuales son ideogramas. El japonés incorporó estos caracteres del chino, ya que originalmente no tenía un sistema de escritura propio. Los kanji no son simples "letras", sino imágenes que representan ideas y conceptos. Por ejemplo, el kanji de árbol es 木 (ki) y literalmente parece un árbol. Serdegna escribe que “los japoneses no leen la palabra árbol, sino que miran el árbol sobre el papel”. Es decir, para ellos, un kanji vive, transmite, se expresa.
Serdegna comenta que algunos kanjis, aunque no se sepan leer, pueden “verse” y comprenderse por su forma. Por ejemplo, el ideograma 本 (hon, pronunciándose jon porque la h tiene sonido en japonés) significa “libro” y está formado por el kanji de árbol con una rayita abajo, simbolizando un árbol cortado, convertido en papel.
¿A qué se debe lo que menciona el autor como "aunque no se sepan leer"? Los kanjis, si uno no lo sabe leer, no puede saber su significado, ya que los japoneses no terminan de aprender todos los kanjis hasta su formación universitaria, por lo que es difícil conocerlos todos y algunos pueden “verse” como menciona el autor. Esto no solo muestra la riqueza del idioma, sino también cómo el japonés es una lengua profundamente visual y artística. Hay incluso palabras homófonas (que suenan igual pero significan cosas diferentes) que se distinguen justamente a través del kanji. En el libro, se dice que “los kanji aspiran a ser contemplados como una pintura”.
Los nombres japoneses también usan kanji. Un ejemplo: “Yamamura” (山村), donde el primer kanji significa montaña y el segundo villa, es decir, viene de los pueblos que vivían en las montañas y es este legado el que se transmite generación a generación, es decir, su esencia y su origen.
Cada ideograma tiene su propia lectura y sentido, y dependiendo del contexto, se puede leer de forma japonesa o china, ya que como vimos anteriormente, estos provienen de China, por eso la doble lectura. Por ejemplo, 山 (yama, montaña) y 火 (hi, fuego, pronunciándose ji), combinados como 山火 (kazan), significan “volcán”, y su lectura cambia. Pero en apellidos como Yamamura se mantiene la lectura original japonesa, porque remiten a una herencia ligada a la tierra y la tradición de Japón, demostrando su impronta de lo que nació en su propia tierra.
Todo esto me hace pensar: ¿Qué kanji representaría a cada persona? ¿Cuál sería nuestro legado escrito? Me fascina cómo Japón busca sus raíces en estos símbolos, mientras que Occidente muchas veces impone sus maneras y tradiciones sin intentar comprender que hay toda una cultura milenaria distinta a la nuestra. En la historia de Japón esto se ve claro, sobre todo en el periodo del Shogunato Tokugawa, cuando el país decidió cerrarse al mundo durante 200 años. Si les interesa, los invito a leer sobre esta interesantísima parte de la historia de Oriente, ya que en el colegio no es algo que se enseñe. Además, pueden ver las tensiones iniciales, previas al estallido de la guerra de Japón contra España y Portugal, en la serie de Netflix Shogun. La cual retrata de una forma exquisita la ideosincrasia japonesa, sus vestimentas de la época y puede que sea un poco complicada de entender si no conoce sobre su cultura.
Otra cosa que me llamó la atención del libro es que el autor se sorprende ante la naturalidad con la que los japoneses se toman los desastres naturales, y sin embargo, siempre encuentran la forma de salir adelante. Aquí les dejo el porqué, la respuesta es la religión sintoísta. En ella existen distintos kami, que no son "dioses" en el sentido oriental, sino espíritus o fuerzas sagradas que habitan en todas las cosas: montañas, ríos, árboles, el sol, animales... incluso personas o ancestros. Es decir, son presencias espirituales. El sintoísmo no se trata de seguir mandamientos o doctrinas rígidas, sino de vivir en armonía con los kami y con la naturaleza.
Y un dato muy curioso que se menciona es que Japón es el único país del mundo con una constitución pacifista. Tras la Segunda Guerra Mundial, renunciaron formalmente a la guerra como derecho soberano y prohíbe resolver las disputas internacionales a través del uso de la violencia. Me parece impresionante cómo incluso en su política reflejan una voluntad de paz, luego de semejante desastre bélico ¿no? No digo que sean ningunos santos, solo admiro su actitud posterior.
Como crítica muy menor, a veces Serdegna no traduce algunas palabras en inglés o japonés, lo que puede interrumpir un poco la lectura si no conocés esos idiomas. Pero al mismo tiempo, eso también es parte de la esencia del libro, sumergirte en ese universo sin explicarlo todo.
Espero haber podido transmitirles un poco de la pasión que me despierta Japón. Si llegaron hasta acá, gracias por acompañarme en esta reseña tan particular. ¡Hasta la próxima lectura!
Les dejo mi blog por si quieren ver más reseñas 🙌🏼
Today I bring you a slightly different kind of review. While the book I read didn’t fully capture me with its story, I found it incredibly rich in details about Japanese culture—which, if you didn’t know, is one of my greatest passions. So instead of focusing too much on the plot, I’m going to use the book as a starting point to dive into some of the themes it touches on that really caught my interest.
The book is Los años tristes de Kawabata (2020), written by Miguel Serdegna. As the title suggests, it brings us closer to the life and work of Kawabata Yasunari (1899–1972), a Japanese author. Quick note: in Japan, they write the family name first and the given name after—so it’s “Kawabata Yasunari” rather than “Yasunari Kawabata.”
What impacted me most was learning about Kawabata’s personal story. His childhood was marked by the death of his closest relatives, a tragic environment he referred to as “the presence of death.” I found this expression powerful—we usually think of death as absence, as a void, but he saw it as a presence, a tangible entity. This perspective flows through his work, where themes of loneliness and an awareness of death run deep.
Kawabata was the first Japanese author to win the Nobel Prize in Literature, in 1968. When receiving it, he stated that his goal was to “beautify death” and to seek harmony between humanity, nature, and emptiness. His writing style clearly reflects this aim, creating intimate and poetic atmospheres that explore the deepest corners of the human soul.
His blind grandfather, the last remaining relative he had during his youth, played a key role in his life and imagination. Kawabata tried to preserve every detail of his grandfather’s life in writing, in a desperate attempt to hold onto those memories and overcome the fear of forgetting. His grandfather passed away when Kawabata was just 15.
This tension between the fleeting and the eternal is a strong current in his writing—something deeply tied to Eastern worldviews. In many Asian cultures, eternity isn’t linear, but cyclical: everything returns, everything transforms. That idea brings peace and hope, as a way to quiet the anxiety caused by impermanence.
In line with Buddhist thought, Kawabata believed that to stop suffering, one must stop desiring. Yet, ironically, his characters are unable to stop desiring. That’s the beauty of his work—this constant tension between beauty and sorrow, between the sublime and the painful. That deeply moving feeling has a name in Japanese: mono no aware, which refers to the sensitivity awakened by the awareness of impermanence and fleeting beauty.
Miguel Serdegna, who clearly has a deep love for this author and for Japan, says something I loved: “The what is the how.” In other words, with Kawabata, content and form are inseparable. You can’t imagine his themes without his style, or his style without those themes.
Serdegna also acknowledges that we approach Kawabata’s literature from a different part of the world, with our own cultural limits. The East offers different rhythms, different aesthetics. And maybe, as he says, we don’t have to understand everything in order to feel something has moved us. Sometimes beauty comes before comprehension.
In the book, the main character, Facundo, sees Kawabata not just as an author, but as a mentor and friend—someone who helps him find new meaning in his personal story. He identifies with that search for beauty even in the most horrific of circumstances.
Another fascinating topic that comes up in the book is kanji, which are ideograms. The Japanese language adopted these characters from Chinese, since it originally had no writing system of its own. Kanji aren’t just letters—they’re images representing concepts and ideas. For example, the kanji for “tree” is 木 (ki), and it literally looks like a tree.
Serdegna writes that “Japanese people don’t read the word tree, they see the tree on the page.” For them, a kanji is alive—it speaks, it gestures, it expresses something. He mentions that even if you don’t know how to read a kanji, you might still “see” and understand it based on its form.
For instance, the ideogram 本 (hon, pronounced like “jon” since the ‘h’ has a sound in Japanese) means “book.” It’s the tree kanji with a little line at the bottom, symbolizing a cut tree—transformed into paper, and then into books.
Why is this important? Because even many Japanese people don’t know all the kanji. They don’t finish learning them until university, and some kanji are hard to read unless you already know them. This is what makes Japanese a highly visual and artistic language. There are even homophones—words that sound the same but have different meanings—that are distinguished through their kanji. As Serdegna puts it, “kanji aspire to be contemplated like a painting.”
Japanese names are also written using kanji. Take the surname “Yamamura” (山村): the first character means “mountain” and the second “village.” So the name evokes a village in the mountains, passing down that legacy through generations—carrying its origin and essence.
Each kanji has different possible readings—some native Japanese, some from Chinese—and the pronunciation depends on the context. For example, 山 (yama, mountain) and 火 (hi, fire) come together as 山火 (kazan), meaning “volcano,” and the reading changes. But in surnames like Yamamura, the traditional Japanese reading stays, because it reflects something deeply rooted in the land and culture.
All of this makes me wonder—what kanji would represent each of us? What legacy would we carry in writing? I love how Japan explores its roots through these symbols, while in the West we often just try to impose our ways without understanding the richness of other traditions.
You can see this in Japanese history—especially during the Tokugawa Shogunate, when Japan chose to isolate itself from the world for 200 years. If you’re curious, I highly recommend looking into that period. They briefly show the build-up to Japan’s clash with European powers in the Netflix series Shogun, which beautifully captures Japanese thought, traditional clothing, and cultural depth—though it may be a bit complex if you’re not already familiar with their culture.
Another thing that stood out to me in the book was how Japanese people respond to natural disasters. Despite facing them constantly, they always find ways to recover and rebuild. The reason for this, I believe, lies in their religion: Shintoism.
In Shinto belief, there are many kami—not “gods” in the Western sense, but sacred spirits or forces that dwell in everything: mountains, rivers, trees, the sun, animals… even people and ancestors. These are spiritual presences. Shintoism isn’t about following strict commandments; it’s about living in harmony with nature and the kami.
And here’s a fascinating fact: Japan is the only country in the world with a pacifist constitution. After WWII, they formally renounced war as a sovereign right, and their constitution prohibits resolving international conflicts through violence. I find that incredible—how even their politics reflect a desire for peace after such a devastating war. Not saying they’re perfect, but I truly admire their post-war stance.
If I had one tiny criticism, it’s that sometimes Serdegna doesn’t translate some Japanese or English words, so if you don’t know those languages, you might need to pause your reading to look them up. But honestly, that also feels like part of the book’s charm—inviting you to immerse yourself in that world without explaining every little thing.
I hope I was able to share a little of my passion for Japan with you. If you’ve read this far—thank you for joining me in this rather unusual review. Until the next read!
Facundo Fuentes, narrador de la novela, es profesor de literatura japonesa en la UBA. Un día, durante una clase, recibe un llamado telefónico: su padre ha fallecido. No le han avisado a tiempo para el velorio porque fue un encuentro únicamente para "los más cercanos", pero al día siguiente lo creman y debe ir al cementerio. En la ceremonia de despedida de su padre, Facundo se siente incómodo, no conoce a practicamente ninguna de las personas que lloran a su padre. La distancia con él no parece acortarse con su muerte. Ese día, Facundo recibe unas cartas de su padre dirigidas a él; es ahí cuando siente que su pasado regresa. La relación con su padre había comenzado a ser cada vez más distante el día en que su madre murió. Su padre le pidió un pacto de silencio: nunca nadie debe saber cómo murió. Sin embargo, ningún acuerdo logra unirlos. Verlo a él es verla a ella. Siempre. Facundo conoce al escritor japonés Yasunari Kawabata gracias a su madre, quien antes de morir le dice que es el único escritor que ha logrado conmoverla. Hoy Kawabata, a través de su visión de la vida y la muerte, se transforma en el amigo que lo ayuda a Facundo a recordar y a atravesar el duelo. El escritor también fue atravesado por la muerte durante su vida; quedó huérfano a los 4 años y creció junto a su abuelo ciego. Kawabata se suicidó a los 73 años. Hoy, dice Facundo, "Mi tarea (...) (consiste) en completar el dibujo." Hermoso, hermoso libro. Si tienen ganas de leer algo de Kawabata, les recomiendo "La casa de las bellas durmientes".
¿Cómo trasladar la belleza y el misterio de Japón a una tierra como la nuestra, al otro lado del mundo? ¿Cómo dilucidar la belleza de una cultura cuando la pérdida nos envuelve? ¿Cómo atravesar la tristeza cuando nadie nos enseña a hacerlo, cuando la única manera parece ser seguir adelante y confiar en la figura de Yasunari Kawabata –maestro indiscutible de la literatura nipona–, en sus libros y lo que se esconde más allá de las simples palabras? Miguel Sardegna conjuga ficción y realidad, pasajes que fácilmente podrían ser parte de un diario, la crónica de los recuerdos expuestos a la luz, un viaje tanto al Japón de antaño como al actual; y demuestra el amor que los libros pueden despertar en las personas y el legado que, además, dejan a su paso.
Hermoso, amo la forma en que está construida esta novela y cómo hila la historia a través de imágenes colocadas como piezas de rompecabezas para formar imágenes bellas.
Engancha desde el principio, ya que introduce el conflicto rápidamente: el duelo no resuelto y la lucha contra el olvido. Logra mantener la atención del lector por cómo se suceden los capítulos, que son cortos con ganchos en el final que generan tensión e interés por seguir leyendo.
Usa un vocabulario simple y coloquial, con una sintaxis sencilla; pero también incorpora lenguaje poético (metáforas, elipsis, una intencionalidad en la cadencia de las oraciones). Tiene frases cortas y pensamientos encadenados que reflejan el estado de impacto emocional y de tristeza de Facundo, el narrador protagonista.
Se inscribe dentro del género del Realismo psicológico: la historia se desarrolla en Buenos Aires a principios del siglo XXI. Con una prosa introspectiva y un tono melancólico trata temas de la interioridad del protagonista como el duelo, la memoria, la identidad, los vínculos familiares. Hace uso de la intertextualidad citando a varios escritores japoneses, algunos argentinos y también con hechos históricos y de la contemporaneidad política y social.
Hay un vínculo poético con la literatura: a través de la experiencia y escritura de Kawabata, el protagonista procesa sus propios sentimientos y elabora el duelo al identificarse con el escritor. Facundo, con la excusa de escribir la biografía de Kawabata, viaja a Japón para descubrir y escribir su propia biografía.
Lo que no me convence es el manejo de los personajes secundarios: les falta desarrollo, y suelen desaparecer sin más. Me dejó con ganas de saber qué pasó, por qué y cómo salieron de la historia.
Al margen de eso, creo que tiene una estructura sólida, profundidad emocional y poética en la escritura para abordar una relación tan íntima entre la literatura y la vida personal.
La vida es un misterio. Podemos encontrarnos en el devenir de la historia personal con vacíos que necesitan sanar. Encontrar el sentido de lo que hemos vivido y atravesado es una gran búsqueda existencial. En ese camino, la literatura puede salvarnos, tender puentes a las respuestas. Al protagonista de «Los años tristes de Kawabata» le sucede eso. La literatura le permite viajar a Japón, conectar con sus raíces, reencontrarse con su madre y percibir la belleza que existe en la tristeza.
Facundo Fuentes, profesor de literatura japonesa, recibe, en medio de una de sus clases, una llamada que le informa la muerte de su padre, y si bien su relación era distante, no deja de ser una noticia movilizante. Los recuerdos emergen y el pasado retorna con fuerza conmovedora. Yasunari Kawabata se hace presente junto a su literatura y su propia historia, signada por una «presencia de muerte». La literatura aparece para que Facundo pueda profundizar en su infancia y encontrarle sentido.
Este libro es un viaje al interior, al encuentro con la muerte y la ausencia. Un viaje por la literatura japonesa, que se refleja en la vida propia de su protagonista. Despierta sensaciones, imágenes vívidas y aromas lejanos.
La escritura de Miguel Sardegna es sensible a la belleza de la vida, fluida y poética. Vibra en amor por los libros y la cultura japonesa. Esta novela es una oda a Kawabata y nos invita a saborear un mundo abundante en kanjis y poesía. Es de esos libros que abre puertas y entristece llegar al final.
En la contraportada dice que esta novela es puro amor a la literatura, y la verdad es que no encuentro mejores palabras para describirla. Es puro amor a la literatura, a la cultura japonesa y a la forma en la que Kawabata interpretaba a la muerte.
Miguel Sardegna tiene una prosa maravillosa que no se pierde en ningún punto de la novela, la terminé en una tarde, me mantuvo leyendo sin parar.
Fue magnífico ver cómo el protagonista se refugió en eso que aprendió a amar desde pequeño para afrontar la muerte de su padre (y también de su madre). El hecho de que no fuera capaz de entrar al funeral de su padre y después terminara descargando todo lo que allí no pudo en funerales de personas a quienes no conocía. La forma en la que este interpreta la misma muerte, la soledad y la tristeza. Todo me parece tan púlcramente hecho, tan bello.
Sentí todo como si la muerte de su padre no hubiera hecho otra cosa más que enviarlo de una patada de regreso a su infancia, de regreso a aquel día en que tuvo la desgracia de llegar antes que su padre a casa encontrándose a su madre colgada de las escaleras. Y me fascinó que su proceso de sanación de todo aquello que habían enterrado el mismo día de la muerte de su madre, se basara en intentar conocerla a través de lo que más la había representado en vida.
Me parece uno de los homenajes más bellos que he leído sobre la cultura japonesa, sobre su escritura y la belleza que se le encuentra a la naturaleza, a la tradición y hasta la belleza que hay en la tristeza. Conocer Japón desde sus ojos se sintió como un privilegio.
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Lo primero a destacar es la edicion de este libro, la portada es hermosa, las paginas y los materiales son muy buenas, puntaje 10/10. La novela per se es un viaje de autodescubrimiento donde se mezcla por un lado el amor por una cultura y una literatura y por el otro la esencia de la vida por decirlo de una manera, es un viaje interno pero tambien fisico que realiza el protagonista. El amor que tiene el autor por la literatura japonesa y en especial por Kawabata se refleja en las paginas de este libro y esto genera dos cosas, por un lado que durante partes se parezca a una clase donde el autor expone sus conocimientos y por el otro el constraste entre el japon antiguo y el moderno. Miguel Sardegna en varios pasajes logra tender un puente entre la literatura japonesa y la nuestra, donde demuestra un estilo en el cual cada palabra de una frase es la indicada. Se lee de un tiron, la prosa es sencilla pero te invita a contemplar las imagenes sensoriales que plantea, a releer pasajes prestando mas atencion. Lo recomiendo tiene varios puntos a favor y en especial por la edicion que es hermosa.
Si bien las imágenes de Japón que se describen son muy bonitas y te transportan a momentos muy específicos, el hilo del libro se pierde y parece más un rejunte de ideas que se tornan inconexas.
Queda muy poco claro a quien está dirigido este libro: por momentos el narrador, un profesor de literatura japonesa busca explicar a los lectores las sutilezas de Japón y del japonés y en otras utiliza palabras japonesas que no explica ni dentro del texto ni en las notas al pie, perdiéndose entonces parte del ambiente que se busca generar.
Los personajes secundarios del libro aparecen y desaparecen a conveniencia y sin explicación alguna y por momentos sus actitudes son contradictorias con lo descrito o hecho anteriormente.
Aunque queda claro y se aprecia el conocimiento y pasión que el personaje tiene sobre la literatura japonesa, la historia que cuenta parece ser estar más enfocada a intentar sorprender al lector a través de acciones descabelladas que a construir el verdadero viaje de un personaje.
4,5/5⭐️ De casualidad elegí este libro en la biblioteca de mi ciudad y fue una grata sorpresa. Hace mucho me interesa la cultura japonesa, y me llamó la atención que el libro esté escrito por un argentino. El autor logra que ambos mundos se fusionen de una manera preciosa. La narración me pareció bellamente construida, simple y cautivadora. Me encantó el concepto de cotejar y relacionar la vida de uno de los escritores más importantes de Japón con la vida de nuestro protagonista argentino. Lo único que me impide darle 5 estrellas es una escena en particular que me pareció totalmente innecesaria y bastante perturbadora, que no suma absolutamente nada a la trama. Es una pena porque, si no fuera por esa parte (que no puedo obviar), se hubiera convertido en una de mis lecturas favoritas. Aun así, lo recomiendo mucho a quienes les interese la cultura japonesa, o a quienes quieran leer un libro corto, simple y bello.
Es un libro lindo y fácil de leer la mayoría del tiempo pero me faltó. Abre hilos que no cierra y siento que afectó a la historia. Aparte de ello, hubo un momento en que pareció más un ensayo sobre la obra de Kawabata que una novela corta y parecía más el autor escribiendo que el protagonista en sí. Hubo otro momento en que se dio un cambio de narrador sin motivo alguno y quedó tan colgado que perdió el sentido. Promete mucho pero me quedó debiendo.
Me siento un poco culpable al calificarlo así porque fue un regalo pero no hay caso.
Llevadero. Aunque el autor hace desaparecer a cierto personaje secundario de una manera muy abrupta. En un capítulo está, y al siguiente no volves a saber nunca más de ese personaje, sin explicación, sin motivo. Quizá el autor se terminó olvidando de continuar ese hilo argumental en el cual participaba dicho personaje.
Me gustó mucho. Es una lectura que hice en un día, a través de la cual me reencontré con la literatura. Es llevadero y lindo. Particularmente lo elegí porque tenía ganas de sumergirme aún más en la cultura japonesa, cumplió y además me acompañó en un proceso de duelo – a partir del cual pude verme reflejada en las palabras del autor y de Kawabata.
Es un libro maravilloso, te hace sentir que estás dentro de japón y de la cabeza del protagonista. También te conecta mucho con temas cómo la muerte, la cultura y la nostalgia de manera entrañable, la leería nuevamente de todas maneras.