La desaparición de su primo Rodrigo a los pies del faro de Playa Ancha guía los recuerdos fragmentados de un estudiante universitario de Valparaiso: sus amores inciertos y relaciones ambiguas siguen la hebra de la memoria de un suicidio sospechoso o un asesinato que nunca se pudo probar. Años más tarde, el pasado revela un lado luminoso y conocido, pero también uno oscuro y misterioso, como la intermitencia de un faro con el que se intenta alumbrar los hechos concurridos. Esta novela, escrita con una prosa limpia y emotiva, ganó el primer premio de los juegos literarios Gabriela Mistral del año 2019.
Muy buena, me gustó mucho. Hay cabeza, hay ideas y hay hondura, no solo sentimiento o sentimiento solo, que ya me tiene un poco aburrida. El arranque no es lo mejor, a medida que avanza se pone cada vez más interesante y la segunda mitad me pareció excelente.
La desaparición de su primo Rodrigo y los recuerdos encadenados a su figura, constituyen el eje central de la voz narrativa que el autor Felipe González nos presenta en esta novela. Valparaíso como telón de fondo, la Universidad de Playa Ancha y sus alrededores como un protagonista más (incluido el estadio De Santiago Wanderers) entrelazan un relato que mezcla la reflexión personal, el contar una historia que transita por una vida universitaria y el descubrimiento del amor no correspondido, de un amor que no es del todo preciso en develarse y el emprender el auto descubrimiento a medida que se avanza en develar el destino y desenlace de su primo. Es una novela muy rápida de leer y que se construye en la medida de establecer el contacto necesario para hablar de filosofía, de amor, de la vida y del paso por esta. Un gran elección si no tienes nada que leer para una noche en que no logra vencerte el sueño.
La reflexión guía este delicado libro de la memoria. Uno ingresa a esta historia esperando un relato del estilo detectivesco, sin embargo, nada de eso está presente más allá de algunas menciones sobre un detective privado. El libro aborda los recuerdos de un estudiante universitario que tras la muerte de su primo desata una serie de anécdotas sobre su vida, su juventud, sus amores y tristezas.
Mientras más se avanza en la lectura, más profunda se vuelve la reflexión; mientras más se lee, más bellas se vuelven las palabras. Ese es el mayor acierto de este libro, la capacidad de usar las palabras y generar con ellas la emoción.
Tal vez no cumple las expectativas de un lector o lectora que anhela saber con claridad el misterio de Rodrigo, de hecho este personaje resulta más anecdótico que algo central en la trama. Eso sí, el escenario es crucial, Valparaíso, sus cerros y su arte.
La metáfora de alguien que se para en un precipicio y solo mira sus pies
Este año, en que la municipalidad de Santiago desistió de abrir convocatorias a los premios de obras publicadas e inéditas para apalear la crisis por la pandemia, se publica la última novela ganadora: El Faro (La pollera, 2020), primera novela de Felipe González (y primer lugar en los Juegos Literarios Gabriela Mistral, año 2019), autor que ya había publicado el libro de poesía Los zapatos de gamuza. Crónica de la muerte de Luis González (Mar de gente, 2014).
En El faro, González trama la experiencia vital de un protagonista sin nombre, mediante recuerdos recortados, mientras estudia en Valparaíso durante los primeros años del siglo XXI. Esta se ve cruzada por dos mujeres, que funcionan como su educación sentimental, y la desaparición —posible suicidio— de su primo, suceso ubicado en el faro de Playa Ancha.
En las primeras páginas, el relato logra una potente reflexión en torno al carácter del suicida, arquetipo que, según el protagonista, no se ajusta con la visión que tiene sobre su consanguíneo.
Pero luego continúan muchas páginas más: se desarrollan aprendizajes amorosos, con un tono de ternura ingenua, en tanto se dibuja, aun habiendo esfuerzo en mantener la profundidad ya lograda, a Constanza —la chica cool, avasallante, pero superficial, homóloga del protagonista— y a Alejandra —la mujer que oculta algo en su sencillez—.
En la página 44 se lee:
“Cada cierto tiempo tenía la impresión de que la Alejandra alegre y relajada era sustituida de improviso por otra, y lo más desconcertante: cuando regresaba no parecía darse cuenta de la impostura y, por lo tanto, de las inconsistencias escalofriantes que se producían”.
Gestos como este, el convertir en valor de uso mercantil/emocional a las mujeres con las que se relaciona con el protagonista, van royendo El faro.
En el plano territorial, Valparaíso —aquí otro pequeño acierto— se nos muestra como una ciudad donde no hay posibilidad de esconderse. Marcan el paso del protagonista, los sucesivos encuentros con su primo, amigos y amores. El problema reside en que, al ubicar ciertas acciones en lugares reconocibles —la plaza Victoria, por ejemplo—, la ciudad se vuelve un decorado: no hay desarrollo en la búsqueda de un valor del espacio. De hecho, los hitos que se nombran se convierten en signos geográficos vacíos, no importando dónde suceda la acción. Es paradojal que esta idea de transformación postal se desarrolle en las páginas finales de la novela, en las que se describe una residencial anteriormente habitada por el protagonista y su metamorfosis en tienda turística: se muestra el resultado, pero no el efecto, cuyo desencanto que no permite sueño —ficción— ni construcción —literatura.
Este foco neoliberal del testigo/protagonista, se hace nuevamente evidente al relatar una protesta en las afueras de la universidad ubicada —dice— en Playa Ancha. Seguimos, nosotros lectores, sus efectos en quien nos narra. El relato se contrae y se enfoca, hasta golpear la nariz con el lente de esta cámara del yo, en las lágrimas derramadas por el efecto del gas tóxico del zorrillo, máquina dirigida por los “carabineros” —en esta novela, con mayúscula, para mayor corrección lingüística. Aquellas lágrimas se combinan con otras nacidas de un desamor. De la protesta, sus protagonistas y contradicciones, del espacio y sus efectos, nada. Solo las lágrimas de un joven hombre dolido.
Las experiencias personales no tienen importancia sino se colectivizan, pues es ahí, en la puesta en valor del efecto en sociedad del más mínimo gesto del ego y no en la particularidad aparente de una “historia” clara y sincera, mediante una prosa eficiente, en donde reside el valor de la literatura.
En la página 13 se lee:
“Los adultos, que tanto me habían hostigado por los efectos de mi torpeza motriz —líquidos derramados, loza hecha añicos—, eran capaces de cometer actos infinitamente más dañinos en su ámbito propio”.
Por lo mismo, no basta el relato generacional, hay que escarbar. Pero en El faro se elige utilizar lo superficial para adornar la autocomplacencia.
En la página 94 se lee:
“Ella fue como el fugaz halo del faro cuando nos da sobre los ojos y a la vez que nos ciega nos ilumina, por tan poco tiempo. Antes y después todo fue oscuridad, antes y después fui y he sido solo una cucaracha perfectamente aplastada —hasta poco antes de la cabeza—, casi con minucia artística, contra el suelo, agonizante. Sin embargo, no logro soñar con Alejandra”.
El faro real, como construcción que permite iluminar un espacio para luego cubrirlo en la oscuridad, en tanto artefacto para una novela, en idea se plantea como un gran posibilidad narrativa, desperdiciada por una prosa sin riesgos que gana premios, como lo hizo: la metáfora de alguien que se para en un precipicio y solo mira sus pies.
Me agrada, pero no lo suficiente, y quizá por eso me costó mantener la lectura constantemente. Es de una alta reflexión, especialmente sobre los motivos del tiempo y la melancolía, relacionados con la escritura como un medio efímero de tomar acción. Además, es un libro que provoca ganas de escribir. Pero hay aspectos de estilo y de una prosa media hermética que no me cuajaban. De todas formas, interesante.
Me gusto su escritura, es melancólica y hermosa. Las líneas de reflexión, angustia, desamor y tanto más quedan súper bien plasmadas, lo logra transmitir. Pero no logre conectar del todo, me pasaba que no sentía ninguna relación con el hecho principal que es la curiosa muerte del primo. Sentía que estaba hasta forzada ese vínculo y a ratos como una excusa para hablar del paso del protagonista en Valparaíso, pero no del supuesto suicido. Finalmente no me convenció.
Cuando logré conectar con el nivel reflexivo de la novela entendí su propósito, y la segunda mitad pasó a ser una joya que me hizo también darle vueltas a varias cosas. Así, supongo, noto que un libro suma e importa.
Lo leí rápidamente, me gustó mucho como describe el puerto. La historia hace que tu atención se vaya a un tema y te sorprende con situaciones que no previste.
A medida que avanza el libro cada página es más bella y más triste que la anterior. Relato hermoso y simple sobre las múltiples reflexiones que nos entrega la muerte.