A Hemingway dan ganas de leerlo con una copa delante, sí, pero conviene no equivocarse de bebida. Aquí no estamos ante el señor de la barba, los safaris, los puros, los toros y toda esa mitología viril que a veces parece haber sido diseñada por una agencia de publicidad para vender masculinidad en lata. En En nuestro tiempo todavía tenemos a un Hemingway joven, afilado, seco sin ponerse estupendo y más pudoroso de lo que su leyenda posterior deja imaginar, como si hubiera descubierto muy pronto una cosa bastante amarga: que el dolor, cuando se explica demasiado, empieza a mentir.
Este libro es su primera gran declaración de principios. Y lo curioso es que apenas declara nada. Son cuentos breves, escenas cortadas casi siempre antes de que el lector pueda instalarse, viñetas de guerra que aparecen entre relatos como fogonazos, conversaciones donde nadie dice justo aquello que más pesa, familias rotas, hombres que vuelven de algún sitio sin haber regresado del todo, mujeres atrapadas en habitaciones, niños que ven demasiado pronto lo que quizá nadie debería ver nunca.
Hemingway no está todavía escribiendo sus grandes novelas, pero ya está probando el método que después convertirá en marca de fábrica: decir poco, cargar mucho y dejar que el silencio haga la parte sucia del trabajo. Uno podría preguntarse qué tiene que pasarle a alguien —o a una época entera— para empezar a hablar así de poco. En Hemingway, la sequedad tiene algo de elección estética, sí, pero también de defensa, vergüenza, cicatriz con buena sintaxis.
Lo más peligroso de este estilo es que, visto desde lejos, parece fácil. Frases cortas. Vocabulario limpio. Poca psicología explícita. Nada de adornos. Uno podría caer en la tentación de pensar: “Bueno, esto lo escribe cualquiera con un poco de contención y una resaca decente”. Error. La prosa de Hemingway en En nuestro tiempo tiene esa cualidad rara de las cosas muy trabajadas que fingen no haberlo sido. Cada frase parece colocada para que no se note la mano, pero se nota el peso. Una conversación banal sobre pesca, una comida, una excursión, un gesto doméstico o una frase dicha al pasar pueden abrir una grieta tremenda. Y Hemingway se aparta justo en el momento en que otro escritor habría encendido los focos.
El primer golpe serio llega con “Campamento indio” ★★★★★. Nick Adams acompaña a su padre, médico, a atender un parto en una comunidad indígena, y esa salida nocturna, que podría parecer una iniciación más o menos ordenada, acaba convertida en una escena brutal sobre el nacimiento, el dolor, la muerte y la manera en que los adultos administran el horror delante de los niños. Nick no entiende todo lo que ve, por supuesto. Pero el lector sí entiende lo suficiente como para sentir que algo se ha roto ahí para siempre. Es uno de esos cuentos donde Hemingway demuestra que la inocencia puede romperse sin discursos, apenas con una imagen mal digerida que se queda dentro como una espina. Y por eso el cierre del relato es tan cruel: en medio del lago, mientras su padre rema, Nick se siente seguro de que él no morirá nunca.
Nick Adams funciona en el libro como una especie de hilo discontinuo: una conciencia que va apareciendo en distintas edades, distintos paisajes, distintas heridas. Tiene algo de doble parcial de Hemingway, aunque reducirlo a simple alter ego sería empequeñecerlo; importa menos como máscara biográfica que como modo de ordenar una experiencia rota. Leído seguido, En nuestro tiempo parece menos una colección ordenada que un expediente emocional: infancia, familia, ruptura, guerra, regreso, naturaleza, y en medio de todo eso un tipo aprendiendo a no decir demasiado.
“El médico y su mujer” ★★★★. El conflicto entre el padre de Nick y unos trabajadores indígenas parece al principio una escena de tensión social menor, casi una anécdota áspera de convivencia. Pero por debajo late algo más feo: orgullo masculino, humillación, autoridad doméstica, cobardía, resentimiento. Hemingway deja al padre y a la madre respirar mal en la misma casa, sin convertirlos en emblemas. Basta con oírlos hablar para entender que esa familia guarda cosas que nadie sabe poner sobre la mesa.
Después vienen relatos como El fin de algo y El vendaval de tres días, donde Hemingway mira las relaciones sentimentales con una mezcla de sequedad y puntería que todavía hoy sorprende. “El fin de algo” ★★★★. Una ruptura amorosa aparece ligada a un paisaje industrial abandonado, como si el final de una pareja y el final de una forma de vida se reflejaran sin tocarse demasiado. Nick rompe con Marjorie casi sin escena, con una conversación seca y un silencio que termina haciendo más ruido que cualquier portazo.
“El vendaval de tres días” ★★★★★. Nick y Bill beben, hablan de libros, de béisbol, de mujeres, de pesca, de tonterías importantes y de cosas importantes disfrazadas de tonterías. Es un cuento magnífico porque capta algo muy masculino sin ponerse solemne: esa capacidad absurda de hablar durante páginas para evitar una sola frase verdadera. Y ahí Hemingway resulta más ácido de lo que a veces se le concede: esa masculinidad sale tocada, casi ridícula, precisamente porque se queda sin lenguaje cuando más lo necesita. Uno puede imaginar a dos tipos levantando un vaso y construyendo una filosofía entera para no hablar de una ruptura que todavía no saben mirar de frente. Tampoco hace falta mirar muy lejos para reconocer el mecanismo, seamos sinceros.
“El hogar del soldado” ★★★★★. Me parece uno de los relatos más devastadores del conjunto. Krebs vuelve de la guerra, pero vuelve tarde, cuando el entusiasmo patriótico ya ha caducado y nadie tiene demasiadas ganas de escucharlo. La familia quiere que encaje, que trabaje, que rece, que ame, que sea útil, que haga todo eso que la normalidad exige con una sonrisa más o menos presentable. Krebs, mientras tanto, parece mirar su propia vida desde otra habitación. Su apatía seca da más miedo precisamente porque parece tranquila. Hemingway entiende muy bien que algunos traumas no entran dando portazos; se sientan en una silla, miran por la ventana y dejan pasar la vida.
También está “Gato bajo la lluvia” ★★★★★. Podría parecer poca cosa si uno lo cuenta mal: una pareja estadounidense en un hotel italiano, lluvia, una mujer que quiere rescatar un gato, un marido que lee y contesta desde la cama. Pero ahí está medio matrimonio metido en una habitación. La soledad, el deseo de cuidado, la insatisfacción, la necesidad de ser mirada, todo acaba concentrado en ese gato, animal y síntoma a la vez. Es un cuento pequeño solo en tamaño. Hemingway lo deja casi suspendido, con esa crueldad elegante de quien sabe que una vida puede revelarse en una petición mínima. Quiero un gato. Quiero otra cosa. Quiero que alguien se levante de la cama y me vea.
“Fuera de temporada” ★★★★. Hemingway trabaja una tirantez parecida en otro paisaje: una pareja, un guía italiano, una excursión de pesca que parece condenada antes de empezar y la sospecha de que la conversación va siempre unos pasos por detrás de lo que realmente ocurre. El cuento avanza entre alcohol, malentendidos y frases cortadas, como si la escena entera estuviera esperando una explicación que nunca llega. Y quizá por eso funciona: porque Hemingway sabe que a veces una pareja empieza a romperse durante una caminata absurda hacia un río al que nadie parece tener demasiadas ganas de llegar.
Y luego está “Río de dos corazones” ★★★★★. Dividido en dos partes, es uno de los grandes relatos de Nick Adams intentando recomponerse después del daño. Nick llega a un paisaje quemado, camina, monta su campamento, pesca, prepara café, observa el río. Dicho así parece un manual de supervivencia con buena literatura. Pero el cuento funciona porque Hemingway convierte cada acción concreta en una forma de contención mental. La guerra, o lo que la guerra ha dejado en Nick, queda fuera de foco, y precisamente por eso pesa más. Nick hace cosas. Ordena objetos. Ata anzuelos. Cocina. Mira el agua. La precisión material del relato es una manera de no desmoronarse. Pocas veces la literatura ha mostrado con tanta sobriedad que seguir vivo a veces consiste en concentrarse en lo siguiente: clavar una tienda, encender un fuego, mirar una trucha, respirar. Nick pesca, pero no es el pez lo que busca.
Las viñetas intercaladas dan al conjunto una violencia seca, casi documental. Soldados, toreros, caballos destripados, cadáveres, estampas de guerra y de violencia pública. Leídas de forma aislada, algunas pueden parecer demasiado bruscas o casi sueltas; dentro del libro, en cambio, cumplen una función decisiva: cortan el paso cuando el lector empieza a instalarse en un relato. Cada vez que una historia parece ofrecer un refugio narrativo, aparece una de esas piezas breves y devuelve el libro a su intemperie. Funcionan como esquirlas, restos de una explosión que En nuestro tiempo nunca termina de dejar atrás. La guerra no ocupa todo el libro, pero lo contamina. Está en el fondo de las conversaciones, en la manera de cortar una escena, en la dificultad de decir ciertas cosas, en esa sensación de que la juventud de estos personajes ya viene con golpes antiguos.
Lo fascinante es que Hemingway todavía no está completamente cristalizado en la estatua de sí mismo. Tiene juventud, filo y alguna aspereza, pero no inmadurez. Hay algún relato menos memorable, alguna pieza con aire de ejercicio de estilo o de fragmento preparatorio, y aun así el conjunto tiene una unidad extraña. Se lee como un álbum de heridas. No todas tienen el mismo tamaño, pero todas pertenecen al mismo cuerpo. Y ese cuerpo es el de una generación que ha aprendido a hablar poco porque hablar demasiado sería exponerse, romperse o hacer el ridículo. A veces las tres cosas. La respiración más amplia de Adiós a las armas llegará después; aquí todo parece más cortado, más abrupto, casi como si el cuento terminara antes de que el personaje pudiera protegerse con una explicación.
También se entiende aquí por qué Hemingway fue tan influyente y por qué tantos imitadores suyos terminaron pareciendo camareros enfadados apuntando frases cortas en una servilleta. Lo difícil no era escribir seco. Lo difícil era escribir seco y que debajo hubiera corriente. Hemingway encierra la emoción y la obliga a circular por debajo de la frase, como agua negra bajo una capa de hielo. Cuando funciona, el efecto es poderosísimo. Cuando uno lee a Carver, a Tobias Wolff o incluso ciertos cuentos de Salinger donde la herida se insinúa más de lo que se confiesa, la deuda se nota enseguida. Hemingway ayudó a cambiar la temperatura del cuento moderno: bajó la voz y, paradójicamente, hizo que algunas cosas sonaran más fuerte.
Quizá por eso mismo resulta tan fácil malentenderlo ahora: que si está sobrevalorado, que si ha envejecido mal, que si tanta pesca, tanto toro, tanto hombre callado y tanta frase corta ya no impresionan a nadie. Entiendo parte del rechazo. Hay una zona de su imaginario que puede parecer oxidada, incluso caricaturizada por la posteridad, como esos discos de jazz que algunos creen conocer porque han escuchado a cien imitadores tocar peor la misma idea. Pero confundir el cansancio de la leyenda con la debilidad de la obra sería una pereza crítica demasiado fácil. Hemingway no importa porque escribiera corto, del mismo modo que Miles Davis no importa porque tocara pocas notas. Importa por lo que hizo posible con esa reducción: cambió el oído del lector, limpió la frase de retórica heredada y demostró que una escena mínima podía cargar con una guerra entera sin ponerse a declamar en mitad del salón.
En nuestro tiempo tiene poca calidez y aún menos ganas de caer simpático, pero también tiene una juventud rarísima, una mezcla de dureza y vulnerabilidad que lo mantiene vivo un siglo después. Hemingway está fundando una manera de escribir, pero lo más interesante quizá sea que también está fundando una manera de callar. Y quizá por eso estos cuentos, tan breves algunos, dejan más eco del que deberían. Uno los termina sin sentir que ha asistido a una exhibición de estilo, aunque estilo hay para repartir y vender en el mercado negro.
Lo que queda, más bien, es la impresión de haber visto a un escritor joven descubrir que una frase sencilla puede contener un disparo, una ruptura, una guerra, un matrimonio entero o el miedo de un niño en una barca.
Y que, después de descubrirlo, tuvo la inteligencia —y la mala leche suficiente— para no explicárnoslo demasiado.
DC