Forjat en la lluita anarcosindicalista durant la II República i heroi de la resistència francesa contra el nazisme, Ramon Vila Capdevila (Peguera 1908 ? Castellnou de Bages 1963) va ser el darrer maqui que plantà cara al franquisme. Si pogué tenir una vida de clandestinitat tan llarga, fou perquè el valor, l?atreviment i el coneixement del medi geogràfic guiaren els seus passos fins que caigué abatut per les bales de la Guàrdia Civil.
Elogio a Ramón Vila y Capdevila». Necrològica publicada a Le Combat Syndicaliste el 22 d'agost de 1963, per Calixto Baluernes y Salat. Temíamos por él y a la larga el temor ha sido justificado. Desgraciadamente. Porque Ramón era muy buena persona, y éstas, las buenas personas, son las que perecen antes que las malas. No en vano llevaba, nuestro inmenso Ramón, veintisiete años en lucha desigual y continua. ¿Qué militar profesional, qué fuera de la ley, qué Cid, Pizarro, Bolívar, Prim o Martínez Campos hubiese aguantado una lucha tan dura y persistente cual la que ha sostenido el héroe Ramón en su ciclo de guerra española, en la Resistencia francesa a los alemanes y en la Resistencia hispana al franquismo? Ninguno. Ni un solo archigaloneado y multimedallado por el general Franco puede presentar una carta de servicios a su causa que sobrepase la altura de las alpargatas de Ramón, de RAMÓN, çois todos?, no «Caraquemada» como trata de imponer, malévolamente, la policía del tirano. Para los que le conocimos y tratamos siempre será Ramón, un Ramón entero, sin adminiculo ni adjetivo depredatorios. Aplicándole un remoquete, el enemigo trata de equiparar a Ramón con un bandolero cualquiera. Ciertamente, tenía tipo, tenía traza y racialidad suficiente para encarnar un personaje guerrillero, o un salteador de diligencias en Sierra Morena o del Cadí que fuese. Para hombre de pecho y delantera, disponía de un físico del que carece Franco (a) el Caudillo, tan rechoncho y tan grotesco. Pero le faltaban a Ramón, para el caso, maldad, ideas tenebrosas. Y así peleó en la montaña sin deseo particular, por el bienestar libertario de los españoles. Si su epopeya de montañero hubiese que calificarla de bandidista, habría que convenir en que Ramón ha sido un bandido de clase noble, de los que la burguesía y los pazguatos que la secundan no resisten en literatura ni siquiera en cine. Insistimos en que la persona que por ideales ha soportado tres años de guerra regular en España, pases de frontera una vez perdida aquélla, cuatro años de Resistencia francesa y más de tres lustros combatiendo detrás de una pistola contra mil fusi- les, de una bomba de mano contra cien naranjeros, sólo o en cuadrilla, pero siempre sujeto a desproporción desfavorable, amparado al amor de una roca, al calor de unos pinos, explotando el beneficio de la sorpresa yupor qué no?- del pánico del enemigo cuando éste se supone perdido en la noche. Con motivo de la muerte de Ramón, la prensa franquista, aconsejada por la Dirección General de Seguridad, ha dicho tonterías insignes, delatoras de un estado de ánimo conturbado, tanto, que no permite la elaboración de mentiras pareciendo verdades. Por ejemplo, esa bellaquería de que Ramón ingresó en el Partido Comunista al servicio de la FAI, y esa otra de que Ramón no acudía a las ciudades como Facerías por miedo a ser reconocido a cuenta de una cicatriz facial. Tal vez un falangista sea capaz de meterse a técnico marino sin saber nadar siquiera, lo que explica el accidente ocurrido en aguas de Galicia que le valió al régimen la pérdida absurda de seten- ta guardias marinos de Franco. Ramón era montañés de nacimiento y tanto conocía la montaña que jamás sus poderosos enemigos se han atrevido a disputarle un metro de terreno en ella. Si hablásemos con guardias civiles destacados en las partes bergadana y barcelonesa de los Pirineos, en confianza corroborarían esta verdad que estampamos. En el misterio de la noche, Ramón sólo podía haber uno, como a la luz del día, y sin embargo sus enemigos lo veían en cada sombra de árbol, en cada aliento de caña. Y quien dice Ramón, en casos podría decir grupo, en cuya circunstancia la guardia prudente puede antojársele un batallón en plan envolvente. El hombre sin miedo no existe, a no ser que se trate de un alienado. Todo hombre normal apetece larga vida a pesar de una profesión peligrosa, ejercida, en el fondo, para ganarse la vida. Ramón y otros Ramones no iban a defender un sueldo en la montaña; igual Facerías y los hermanos Sabaté no penetraban en las ciudades catalanas sólo para procurarse techo y des- pensa. Unos y otros desafiaban el peligro de uno contra diez mil, de uno contra un poder organizado y tremendamente armado y asistido de la cobardía de muchos que jamás han sido franquistas, pero que tienden a que la cabeza no les huela a pólvora, cual les amenazan los servidores de Franco, drama que explica el mayor de Cisco Sabaté en Caldes de Montbui; todos nuestros héroes se ejercían como tales sin siquiera proponérselo, sin menosprecio de la vida, pero también sin preocupaciones de ascenso, ni de pagas extraordinarias, ni de desfiles con charanga, ni de elogiosas citaciones, ni aparato publicitario. Modestamente, virilmente, por amor a un pueblo tiranizado y por odio a un sistema impuesto por la fuerza bruta de tres Estados: Italia, Alemania y España vaticanista, decidieron no dar fin a la lucha a pesar del «alto el fuego» pronunciado por el Caudillo el 1 de abril de 1939. Alto el fuego que, no habiendo suscrito el adversario, ¿cómo iba a ser respetado por éste? Alto el fuego que el fascismo triunfante quiso trocar en histórico, pero empequeñeció y desacreditó con una represión espantosa, con tortura de soldados vencidos, con vejación de y destroce de familias, todo efectuado sin escrúpulo cristianista. Hay 250.000 defensores de la República fusilados en esa terrible postguerra, cuyas descargas con tiro de gracia gritan la hiriente verdad de que el «alto el fuego» no fue respetado ni por el encumbradísimo general que lo ordenara. ¿Qué de particular tiene, pues, que los fuegos del enemigo «vencido» se hiciesen oír de vez en cuando en los montes galaicos, en las montañas andaluzas, astures o pirenaicas? ¿Es que los osados, los guerrilleros de la Libertad de España no estaban en más derecho entonces -iy ahora! -- a disparar su herramienta, de lo que lo estuvieron en 18 de julio de 1936 los militares que habían jurado la República para luego traicionarla? Los Facerías, Sabaté, Vila y otros jamás juraron adhesión al enemigo, al régimen franquista, y es por esto, y por los ratos de pavor que han hecho pasar a los guardianes de Franco, que se les trata de bandidos, de asesinos y otros calificativos semejantes que, puestos en boca de gente falsa y ruin, pierden exactitud y significado.
Parece ser mérito clerical ese de difamar a la víctima sacrificada. A muerte física, muerte moral de consuno. Conocemos la táctica por haberla visto emplear en el caso Ferrer Guardia. Se le fusiló a sabiendas que era inocente, y el clero lleva más de medio siglo echando sobre su disuelto cadáver toda suerte de inmundicias «judiciales», A Ramón, hombre bueno por excelencia, una vez caído en brava lucha —no sabía sostener otra— se le teje una leyenda detestable en oficinas de gente cobarde, por individuos de gran pelea con tenedor y gancho.
De José Sabaté, de Francisco Sabaté, de José Facerías, la policía y el periodismo franquistas han dicho perrerías, mentiras mal hilvanadas y ahora, ante el sacrificio de Ramón Vila, reinciden. Y es que no saben ganar los que tampoco saben perder. ¿Quién va a negar la valentía, la osadía, la temeridad de esos cuatro anarquistas ya desgraciadamente inexistentes? ¿Que «mataron» y «expropiaron»? ¿Qué es lo que se hace en las guerras, señores militaristas, ustedes que tanto gustan de provocarlas? Apartar enemigos estándose en estado de defensa cual es el caso de los republicanos españoles (y permítasenos la frase a nosotros hombres confederales)-- ¿es ello crimen? Ganar una posición al asalto, ravitallarse (sic), imponer sanciones económicas para el sostén de la causa propia, es ello robo? ¿Cómo habrá que calificar entonces, señores franquistas, a vuestros actos de durante la guerra, y, lo que es más grave, como adjetivar vuestras violencias, depredaciones e in- justicias «victoriales» o de postguerra? Ramón -insistimos- era una buena persona. Tal vez del carácter dulce hubiese pasado al concentrado a causa de la soledad de sus años de bosque. Queremos recordar el Ramón que, avanzada la noche, solía llamar a cierta casa --cuya precisión pasamos por alto-y cuya puerta solía abrir la dueña, que abrumaba al visitante con regaños de mujer enérgica y... bonachona: ¿Otra vez tú? Ya lo barruntaba. Eres el único a presentarse en estas horas intempestivas. ¿Tendrás hambre, supongo? Claro. Aguarda a que disponga algo. Y esa americana, esa camisota, ¿por qué andas tan desastrado por el mundo? ¡Vaya hombre abandonado; y que no se consiga ponerle a tono!
Ramón se sentaba en una silla, silencioso, en plan de niño corregido. Luego comía, respondía con un sí o un no a las preguntas de la patrona, sonreía un poco (escape del agradecimiento), se dirigía a les golfes para echar un sueño, en tanto su protectora le daba unos puntos a la ropa y le preparaba, tal vez, un calzado decente, prendas que antes de reintegrarse a su cuarto depositaba en la puerta de donde dormía Ramón, en previsión de que éste no estuviera ya a la mañana siguiente, lo cual alguna vez ocurría... En cierta ocasión, habiéndose dado Ramón a la siesta en un bosque pirenaico, fue sorprendido por un piquete de cinco guardias a caballo. Éstos subían bosque en fila india, por un sendero arriba del cual estaba nuestro amigo durmiendo a me- dias con la metralleta al alcance. Sobresaltado, Ramón se parapetó tras un árbol, desde el cual intimó al guardia delantero (un sargento) que tenía a diez metros. -No quiero lío. Pero si vosotros lo queréis, empecemos. El sargento paró el caballo y meditó unos segundos, resolviendo volver grupas en silencio. Los números, naturalmente, le siguieron. El «bandido», el «asesino» Ramón Vila y Capdevila res- petó ese pacto hecho en mutis, no disparando a mansalva contra el enemigo en retirada. Luego, en perfecto caballero, tomó el camino contrario. ¿Que Ramón cometió sabotajes? ¡Y claro que los cometió, y a docenas! ¿Que estuvo en hechos de fuerza? ¡Claro que estuvo en ellos! ¿Qué se espera de los guerrilleros, trato de Su Señoría, para luego ser muertos a la primera ocasión venida?
Pero imputarle el asesinato de la dama inglesa en la collada de Tosses [sic], por ejemplo, es una maldad y una cobardía, Ramón no era hombre para eso. Mataron a la inglesa e hirieron a su marido dos guardias franquistas. Nadie puede imaginar, sin sonreír, a Ramón, cincuentón, desgarbado y mal disciplinado, vistiendo de caloyo o de falangista. Además, por una máquina fotográfica, en guerrillero anarquista no se mata a una persona. Esta suerte de aparatos gustan confiscarlos los policías falangistas para evitar que los extranjeros fotografien la miseria tan abundante en España. Jamás el inglés herido que no quiso ser curado en Gerona, que prefirió ser trasladado, en grave estado, a Londres- no reconoció en sus atacantes a Ramón ni al supuesto compañero suyo. Por el contrario, el atacado en la Collada de Tosses aseguró en su declaración de Inglaterra, que los agresores eran agentes del Gobierno español y no resistentes. Una encuesta imparcial sobre aquel suceso, la policía y el periodismo de Franco no la resistirían. Los demás hechos que se le imputan a Ramón, en su día serán aclarados; entonces se verá que, o no competen a Ramón, o han sido manifiestamente adulterados. El cura tal murió en compañero (sic) de un jefe falangista malvado, el muerto de Vich no fue un hotelero sino un falangista notorio de Manlleu hospedado en una posada de la plaza mayor de Vich, que a las cinco de la mañana sostuvo fuego de pistola con tres guardias civiles vestidos de paisano, temiendo cada bando, que el atacante de enfrente fuera un resistente o fueran tres resistentes, ¡El recelo pánico (sic) motivó la recogida de un cadáver en una mañana de invierno en la plaza de Vich! El médico secuestrado fue en realidad un teniente de alcalde falangista de Barcelona, a la sazón, muy notorio y desde entonces caído en desgracia, puesto que al pagar un resca te de su persona en unos miles de duros a escondidas, le valió la pérdida del prestigio «político que gozaba cuando se supo el hecho. Pues ni el detenido por la Resistencia confederal sufrió el más leve rasguño, ni el hijo suyo, portador de la can- tidad requerida, recibió la más mínima amenaza. El robo de vino que a Ramón se le atribuye es una acusación de las más burdas y ridículas. En compañía de un joven resistente se dirigió a una masía para llenar una botella de vino, dinero en mano, cuando de súbito se les apareció, del interior de la casa, un grupo de guardias civiles, dándoles el alto consiguiente. De un salto, Ramón se puso a salvo, quedando el muchacho aprehendido, y cuéntese que el fugitivo no disparó para no alcanzar a su compañero apresado. Lo que sigue no es una vulgar historia de vino, sino un derroche de sangre provocado por guardias civiles, somatenes y falangistas. De la frontera a Sallent fueron contados ocho cadáveres de campesinos, asesinados por sospecha de haber dado albergue a los resistentes. Como epílogo de esta bacanal sangrienta, añadiremos que el joven detenido en el momento en que iba a comprar dos litros de vino, después de ser espantosamente martirzado, fue fusilado en Barcelona. Antonio [sic, per Manuel Sabaté se llamaba. No, Ramón no fue un facineroso, sino un hombre de sen- timientos refinados, tal vez mal disimulados en su recio cuer po de montañés, decidido a todo para reconquistar la libertad de España.
En Josep Clara ens relata de forma objectiva qui era i què va fer el darrer Maqui en ser abatut a Catalunya: Ramon Vila, també anomenat Caracremada, i ho fa amb un rigor biogràfic i històric excel·lent. Ens explica la vida d'en Ramon des que va néixer fins a la seva mort. Un llibre que ens permet entendre més bé com operaven els maquis en el món rural, juntament amb el context polític del moment.