Si hay un campeón del ‘police procedural’ -subgénero dentro del policial, que se concentra en el quehacer realista de una investigación- este es Ed McBain. Nacido cómo Salvatore Lombino y rebautizado luego (por él mismo) cómo Evan Hunter, este prolífico escritor desarrolló una extensa carrera dentro del género (tanto cómo Hunter cómo con McBain) siendo el creador del Precinto 87, una comisaria ubicada en un barrio tenso de la ciudad de Isolda (que es New York, reconociblemente) y con un protagonismo colectivo para sus libros (aunque hay ciertos detectives que casi siempre reaparecen, especialmente Steve Carella, lo más parecido a un protagonista). Entre 1956 y 2005 se publicaron las 55 novelas que componen esta serie y hay que admitir que en general el nivel es brillante. Por supuesto que no siempre McBain descollaba -difícil hacerlo cuando escribía hasta tres novelas por año) y muchas veces compensa novelas geniales (y sobre todo, muy divertidas, porque no era ajeno al humor) con otras meramente pasables, que me temo es el caso de la que hoy reseño, la tercera de la serie y la tercera novela que publicó en 1956, año en que el Precinto 87 hizo su primera aparición.
El Traficante del título es un misterioso narco -llamado El Vicario- que aparece de la nada para complicarle la vida a los oficiales del Precinto 87, especialmente al Teniente Peter Byrnes (no recuerdo otra novela con tanto protagonismo para con el personaje) quien, delegando en parte en Carella, deberá descubrir la identidad del criminal por motivos cada vez más personales.
A diferencia de otras -y mejores- novelas de McBain, acá no hay varias tramas entremezcladas y, por tanto, la aparición de otros detectives- Bert King, Meyer Meyer- es meramente nominal. Por el contrario, se trata de una narrativa única, sencilla y efectiva, que no da un mal resultado pero tampoco especialmente bueno, a la que además se le suma que gran parte de lo que cuenta ha envejecido bastante mal. Se me ocurren no menos de 10 novelas de McBain -e incluso varias adaptaciones cinematográficas o televisivas- más interesantes que esta, que termina siendo entretenida y eficaz, pero no imprescindible ni especialmente necesaria (sin duda, no es la puerta de entrada más impactante al universo de este estupendo escritor).