¿Se puede escuchar un libro? ¿Puede uno abrir un libro y sentir las voces como un eco entre los restos? En Como si existiese el perdón, a partir de un malentendido y un asesinato, un grupo de hombres va en busca de su destino, tal vez jugado de antemano, y descubre que frente al dolor, la muerte y el olvido siempre nos queda la humana acción de la amistad. Mariana Travacio hace hablar a sus personajes a través de la voz del tiempo, de la historia de un lugar. Nos mete en un mundo que se inscribe en la mejor tradición literaria latinoamericana, y lo construye desde la potencia de su voz. Sabe que para que un libro perdure, debe hacerse de una lengua clara, única, infinita.
Mariana Travacio, (Rosario, 1967), creció en São Paulo y actualmente reside en Buenos Aires. Es Licenciada en psicología por la Universidad de Buenos Aires. Se desempeñó como docente en la Cátedra de Psicología Forense de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Es Magister en Escritura Creativa por la Universidad Nacional de Tres de Febrero y traductora de francés y portugués. Sus cuentos han recibido numerosos premios nacionales e internacionales y han sido publicados en revistas y antologías de Brasil, Cuba, España, Estados Unidos, Argentina y Uruguay. Ha publicado Cotidiano (Baltasara Editora, 2015; Editora Moinhos, 2019), Como si existiese el perdón (Metalúcida editora, 2016; Las afueras, 2020; Tusquets editores, 2021); Cenizas de carnaval (Tusquets editores, 2018) y Figuras infinitas, (Omashu editora, 2021). Quebrada, su próxima novela, saldrá en 2022 por Tusquets editores en Argentina y por Las afueras para España.
Un relato brillante. Se trata de la historia de una venganza que remite a la literatura gauchesca argentina en toda su ferocidad. Creo que también se deja sentir un clima próximo a la literatura brasilera, al sertón, a João Gilberto Noll, a João Guimarães Rosa, al cine de Glauber Rocha en su trilogía de Antonio das Mortes. Mariana Travacio escribe en un perfecto equilibro entre lo poético y lo macabro. La narración en este libro es magistral. Cada frase emerge de un fondo tremendo, visceral, sin lenguaje, toma forma sin reducir su fuerza dionisíaca, se despoja de lo que sobra y finalmente se vuelve texto, cristaliza en palabras pulidas. El resultado es una estética que logra mostrar el horror en la mesura. La frugalidad, sin embargo, se expande en una sensorialidad extraordinaria. Lo seco y lo húmedo de los paisajes se siente como si la lectura nos transportara a esos lugares que parecen míticos. Los sabores -la ginebra, la sangre-, los olores -la lluvia, la sequía-, las texturas -del suelo, de los cuchillos- se amplifican en su elocuencia, quizás por ese mismo entorno de sobriedad. El nudo semántico del relato es tremendo: la venganza como negación del perdón. Si el perdón es imposible, sólo queda la venganza. Claro que cada libro impone sus propias reglas de juego. Los problemas universales dejan de serlo y cobran sentido en un mundo particular. En este relato, la coherencia con las reglas es implacable. En síntesis, opino que este libro de Mariana Travacio es extraordinario por su potencia y sobriedad. Creo que es literatura de alta calidad.
Me rindo ante Mariana Travacio. Me ha eclipsado. Me ha dejado con el arrebato que se siente cuando de pura admiración uno se levanta y aplaude con todas sus fuerzas. No por agradecer la experiencia, ni por la técnica increíble, sino por ese impulso de comunicar, con lo único que tenemos, las manos, esa alegre sorpresa. ¿Cuál sorpresa? La de darse cuenta que el castellano es una lengua hermosa cuando está bien trabajada, y que la literatura, la ficción literaria, es una de los trucos de magia más increíbles que los de antes nos hayan podido heredar.
Uno termina esta pequeña obra maestra amando la literatura con entusiasmo y energía, y amando aún más la música de nuestro idioma cuando suena en tono Rulfo. Es un western mexicano, argentino, latinoamericano.
Es rural en el mejor sentido del término: una pequeña venganza entre gentes recias de chacras y ranchos contada junto al oscilar del paisaje, estirando y debrozando el castellano a lo Vallejo, a lo Rulfo, a lo rural, llevando las palabras a su otro sentido, inventándoles un nuevo símil, hasta capturar, con cierta toscura (o tosquedad) el olor, el color y el aroma de lo que se cuenta, como si se tratase de una historia tan inolvidable que mereciera semejante escritura...
Tenía a Mariana Travacio en el radar desde hacía ya bastante tiempo gracias al amigo Juan Carlos, De TOC Libros. Se sumaba además que esta novela me la habían recomendado también gente como Álvaro o José María Calidad. No puedo estarles más agradecido. ¡Qué novelaza!
Estamos ante la historia de una venganza, podríamos incluso decir que fortuita, contada con un estilo crudo que, sí, es verdad, recuerda a Juan Rulfo, en la que la autora nos tiene en tensión desde el primer capítulo hasta el final.
Asistimos a esta venganza contada por uno de sus protagonistas, Manoel, que nos va introduciendo poco a poco al resto de personajes —algunos de ellos de esos que se te quedan muy adentro, como el Tano.
Una de las cosas que más me ha llamado la atención de la novela es precisamente cómo está montado el armazón de los acontecimientos que se narran en ella. Se trata de una serie de hechos que se nos van contando poco a poco, con saltos al pasado, que son los que van dándole sentido a la trama principal.
Y mención especial a ese estilo desgarrado de Mariana Travacio que nos transporta desde el minuto uno a la desolación de un territorio desconocido y nos hace sufrir con los pesares y dilemas de cada uno de sus personajes.
Una novela que se lee muy bien por su estructura en capítulos cortos —incluso muy cortos—, que ayudan a que no puedas —ni quieras— dejar de leer.
Una historia dura, una novela impecable, perfecta.
Es un relato tan atmosférico que nos ahoga con su calor, con su sequía, con su humedad... Parece como el guión de una película, que si así fuera ganaría el premio a la dirección fotográfica. Tan cargada de imágenes, tan sensorial, que es imposible no inmergirse en ella. Me recordó mucho a la escritora Selva Almada con su libro el Viento que arrasa.
Me quedo con la frase de una tallerista: “En los tiempos al culto al yo, a lo individual, a la imagen, es refrescante leer un libro que aborda la humildad en el sentido de vivir por valores más allá de sí mismo: las lealtades y los colectivos.”
Mörk och våldsam. Inte alls min typ av bok egentligen så jag stretar emot men dras med i handlingen. Kan inte andas ut förrän jag kommer till sista sidan. Är kluven, boken är svår att betygsätta men det blir en 4:a till slut. Kanske ändrar jag mig efter att jag har fått smälta detta, får se. Men språket är bra och känslan likaså, på något sätt väldigt argentinsk stämning. Vet inte hur jag ska förklara den. Boken får mig att tänka på en argentinsk film som handlar om hämnd: Wild Tales från 2014, regisserad av Damián Szifrón. Mycket sevärd! Mariana Travacio vill jag läsa mer av.
Uf, está lo máximo, me gusta la edición, los capítulos cortos, y aunque el tema no parecía ser de mi interés, me terminó encantando por la forma en la que está escrito. Le seguiré sus pasos...
Envueltos en un malentendido que incluye un asesinato, un grupo de hombres emprende un viaje que, por parte del protagonista de esta historia, Manoel, tiene un claro sabor a venganza, un sabor a querer saldar antiguas cuentas pendientes.
Lo primero que llama la atención de esta novela es, quizás, la forma en que está estructurada. Travacio narra a través de capítulos muy cortos, que en promedio no sobrepasan la carilla y media. La lectura, en ese contexto, se vuelve vertiginosa, rápida, fluida, con muchos cambios. No solo por el hecho visible de pasar de página y, consecuentemente, entrar en un nuevo capítulo, sino porque en la novela están todo el tiempo ocurriendo cosas nuevas; va apareciendo información de los personajes que antes, claro está, desconocíamos y, por ese motivo, pienso que Como si existiese el perdón requiere de lectores atentos, que estén preparados para entrar y salir, a veces de forma abrupta, en situaciones nuevas. Esto, desde mi punto de vista, es un punto a favor de los muchos con los que cuenta el libro de Mariana Travacio. La autora nos pone a prueba constantemente, y somos nosotros los que tenemos que adentrarnos en ese mundo tan interesante que nos propone.
El argumento parece bastante sencillo: un hombre (Manoel, el protagonista), junto con su mentor, el Tano y otros más, deciden emprender un viaje luego de verse involucrados en un asesinato. Manoel luego se entera de determinadas cosas que tienen que ver con la muerte de sus padres, que también lo alientan a hacer ese viaje. Todo esto ocurre dentro de un contexto que podríamos identificar como gauchesco. Los personajes son en su mayoría hombres; hombres de pocas palabras, de más acción que de charla. Los hechos se suceden en lo que parece una región rural, muy extensa, en donde los viajes se hacen a caballo. Pero en la novela nunca se da un indicio claro de la época en la que esta transcurre. Uno puede hacerse una idea en base a cosas que conoce o que ya leyó y que puede relacionar con lo que ve en esta historia, pero lo cierto es que la autora en ningún momento nos lo dice claramente. Bien podríamos estar asistiendo a una historia en el 1800 o, quizás, en un futuro incierto, después de un desastre natural o algo parecido. Esto también le agrega originalidad a la novela, porque no predispone al lector a pensar en ella como dentro de un determinado período histórico, sino que queda en nosotros, si es que así lo deseamos, interpretar cuándo esta se desarrolla. Particularmente, no me gusta demasiado cuando los libros que leo me explican todo al pie de la letra. Si bien por momentos es efectivamente más fácil entender las cosas que van pasando si el autor o la propia narración nos lo describe, también pienso que una de las mejores cosas de la lectura y de la literatura en sí es que nosotros, los lectores, también intervenimos ese texto, y lo interpretamos según nuestras distintas lecturas.
La sencillez que podría presentar Como si existiese el perdón, la que mencionaba en el inicio del párrafo anterior, es solamente una sencillez aparente. Quizás por la fluidez de la narración, y por lo entretenida que es, uno pensaría que se trata de una historia “simple”, sin mucho vuelo. Por el contrario, la novela de Travacio está dotada de una profundidad que solo se aprecia al indagar más hondamente en lo que respecta al argumento del libro, a las cosas que van pasando. En la vorágine de la lectura uno podría pasar por alto cosas que quizás solo sean aprehensibles cuando uno termina la novela. Ahí, haciendo un análisis más general, más completo, el lector se da cuenta de que esta historia sí es profunda, sí es compleja. Y, en definitiva, es compleja porque habla de nosotros, habla de personas. Claro está, un (buen) texto que verse sobre personas no puede ser simple, siempre encerrará profundidad, análisis, reflexión. Esta novela habla de cómo actuamos, de cómo las circunstancias nos modifican, de cómo estas pueden sacar a relucir nuestra esencia, nuestra forma de ser.
Hay veces en las que, y de hecho son muchas, una historia viene bien, desarrollándose de buena manera pero llega al final y todo lo bueno que venía pasando queda opacado por un mal desenlace o uno que no llega a cumplir las expectativas que el mismo libro había generado. Y hay otras veces que pasa todo lo contrario: este es el caso de Como si existiese el perdón. Más allá de que la novela me venía gustando mucho, me entretenía, me gustaban los personajes y la ambientación que creaba la autora, el final es lo que la terminó definiendo como una gran historia. Este último capítulo condensa todo lo que habíamos leído en las páginas anteriores de una manera muy interesante, con mucho vuelo poético. Es, sin lugar a dudas, un final redondo, que completa de gran forma lo que ya estaba siendo una novela con mucho para destacar.
Como si existiese el perdón tiene una ambientación muy bien lograda. A medida que avanza la historia el lector se va adentrando cada vez más en lo que está leyendo, y empieza a sentirse casi como un testigo de lo que va ocurriendo. Eso es, en su mayoría, gracias a la capacidad de la autora para crear un mundo con los que uno pueda relacionarse, más allá de que este en particular se sitúe en una época que parece no ser la más actual o la más cotidiana. Este hecho tiene que ver, a su vez, con el vínculo que se genera entre el lector y el libro, que es obviamente muy subjetivo. Pero también hay que destacar que la novela invita todo el tiempo a que uno se relacione con ella, por lo bien narrada que está y, además, por la gran construcción de los personajes y el contexto en el que estos actúan.
Como si existiese el perdón es una muy linda novela, que entretiene mucho y puede leerse en muy poco tiempo. Más allá de eso, de su aparente sencillez, esta es una historia profunda, con bastante contenido para analizar con respecto a los personajes y a las acciones que llevan a cabo. Un libro muy bello en cuanto a la forma en que está narrado y que, cuando uno lo termina, se da cuenta de que está ante una obra con muchísimo encanto.
Llegó lúgubre, un poco perdido, preguntando por Pepa. Hablaba sin urgencia, pero decidido. Busco a Pepa, dijo, apenas lo vimos en lo del Tano. Lo dijo seco, como si tuviera la boca vacía y se le llenara con eso. Lo miramos extrañados, un poco sorprendidos por su figura concreta en la tarde abrasadora, como si la bruma de polvo que nos envolvía esa tarde lo hubiese materializado para que así de repente preguntase por Pepa.
La prosa de Mariana Travacio hace que te olvides de que estás leyendo, que dejes de ser consciente del acto de leer, para sumergirte de lleno en una especie de western pampero, devastador y maravilloso.
Estructurado en capítulos cortísimos se va desarrollando una historia de violencia y venganza, cargada de belleza y poesía. Con aires a Rulfo, es una novela corta que te atrapa desde la primera página, con un inicio impactante y brutal tras el que no puedes dejar de leer.
Es un libro que huele a lluvia, pero también a tierra seca y a sudor, que sabe a ginebra y a mate (con o sin cáscaras de limón), con personajes de pocas palabras, pero ninguna en balde. Lleno de violencia y rencor, pero también de afecto y lealtad.
La primera vez que llovió estábamos en lo de Luisa, la hermana del Tano. Llovió bastante. Mirábamos llover desde la cocina, detrás del ventanal que daba al jardín. Agua pura cayendo del cielo. No podía dejar de mirar: nunca había visto llover así, con tanta gana. Nuestras lluvias eran más bien cortas: veíamos llegar tres o cuatro nubes negras, gordas, y sabíamos que no aguantarían su peso. Al rato descargaban unas pocas gotas, que caían desgarbadas, casi por error, sobre nuestra tierra, y después seguían de largo, a llover en otra parte. En cambio aquí las nubes eran más claras y parecían decididas a mojarlo todo. Cuando paró la lluvia y salimos al jardín, sentí por primera vez el olor de la tierra mojada. Me acordé de Loprete y de sus campos de agua: la tierra no vuela, queda agarrada al piso; no hay viento que la levante.
El tridente pueblo-muerte-historia por el que la literatura argentina andaba en estos últimos tiempos me había empezado a aburrir, hasta que llegó este. La historia gauchesca nos lleva detrás de una venganza que se origina por una confusa muerte. Logra hacernos olvidar el homicidio en que el protagonista estuvo implicado, para darle más atención a la acción que quiere llevar a cabo. Mató, pero quiere vengar. La historia mantiene cierta sobriedad hasta que se describe lo que sucede en una aldea cercana, hacia la que Manoel, el protagonista, se dirige. Ahí todo cambia. El giro a lo "The Witch" le agrega lo mejor. Y como si existiese el perdón, nos deja golpeados con lo peor.
"Yo quería volver, pero desde que supe la historia de mis padres, quería volver con más ganas, como si el nudo que tenía en el estómago se transformara en viento y me soplara por dentro. Quería ir a esas tierras de agua. A verlas con mis propios ojos; a ver si eran ciertas. Y tenía una congoja anudada a la garganta: unas ganas tremendas de matarlos a todos."
Como si existiese el perdón narra una venganza que adquiere tintes colectivos. Actos impunes que acaban generando una sed de justicia. Una espiral de odio y rencor que lleva a la violencia y que va cobrándose vidas conforme los protagonistas Tano y Manoel, se acercan a su objetivo.
La árida Pampa como telón de fondo de esta lucha de clases implícita, una tierra inhóspita, seca, desnuda. Un ambiente asfixiante, como el viento del pecho de Manoel, que no cesa. Se trata de una novela estructurada en capítulos cortos, Mariana Travacio nos atrapa con una prosa sin florituras, pero llena de detalles, descripciones y una crudeza que impresiona.
He devorado, releído y reposado este libro. Una lectura muy recomendable!!
Como si existiese el perdón esboza el tema de la venganza y de cómo la vida continúa a pesar de los actos que llevemos a cabo día a día. Y también se detiene en esos momentos que marcan toda la existencia, y las vueltas que le damos con el paso del tiempo. Todo ello en apenas cien páginas, marcadas con el ritmo de la intensidad de un cuento largo, en las que se nos ofrecen pistas y símbolos que influyen en la acción. Así pues, el tiempo y el espacio marcan y, en buena parte aceleran, los acontecimientos y modelan la percepción que los protagonistas tienen de lo que va ocurriendo.
Hace tiempo no leía un libro que me llevara por una historia lineal, de estructura clásica, y que me mantuviera atenta, emocionada, queriendo saber que va a suceder. Los personajes se describen poco, pero porque no es necesario, el relato los construye de a poco. Campos, hombres, muerte, la tierra. Un librazo.
Western argentino, de capítulos cortos que se lee en una tarde (ni eso). Pero a mi me ha aburrido mucho. Es cierto que no acostumbro a leer western y me resulta complicado, y algo injusto, calificarlo. Pero basándome en mi experiencia leyéndolo pues… no, no me ha gustado nada y la he encontrado muy sobrevalorada.
Llegué a este libro por una sinopsis donde destacaban una reminiscencia entre la autora y Juan Rulfo. Fue suficiente para mí. La historia es atrapante, capitulos cortos llenos de potencia narrativa. Hay diálogos que aún resuenan en mi mente. Durante algunos momentos creí estar leyendo un cuento de Horacio Quiroga.
Buenísimo. Me sacó de un bloqueo lector y me gustó tanto que se lo compré y regalé a mi papá. Increíble cómo una historia de gauchos buscando venganza me atrapó y conmovió tanto, pero así fue. Celebro la pluma de Mariana Travacio.
Un western metafísico sin necesidad de que los personajes sean conscientes de su realidad metafísica. Un espiral de venganzas desata una prosa medida, austera y que, en algún momento, te des cuenta que leiste en una hora la mitad del libro no queriendo saber qué va a pasar sino preguntandote cómo pasó.
Me costó soltar el libro, porque simplemente el inicio es directo, y el final sin duda me hizo darle las 5 estrellas. Con esta obra Mariana travacio me conquisto, ya que cenizas de carnaval es un libro que intente, pero, nomás no me convencieron sus cuentos. Con este western se reivindica para mí.
"Y dice que al final lo reconoció donde se reconoce a la gente: lo encontré en los ojos".
Sobre la violencia, la memoria, la venganza, la imposibilidad del perdón... este libro cortico pero sustancioso cuenta una historia, sin ahondar en reflexiones explícitas, que dejan marcadas un montón de preguntas alrededor del dolor, de la violencia que se perpetúa y que pareciera ser un ciclo sin fin, y cómo a un acto siempre lo procede otro. Me gustó mucho!
“A los fantasmas hay que pelearlos de entrada, Tanito, porque si no se afianzan, ¿sabés?, y se acaban instalando y no se van más”. . La prosa seca y precisa de Mariana Travacio, Rulfo y Sam Peckinpah en La Pampa.
Como si existiese el perdón de Mariana Travacio tiene 68 capítulos y 138 páginas. Es decir, un promedio de un capítulo cada dos páginas. Todo un mundo condensado con enorme talento y delicadeza. No me refiero a la manida “economía del lenguaje”, hablo del ritmo, un ritmo que no se desboca, sino que es pura temperatura, pura densidad. Algo así como el viento que la autora describe en las primeras líneas: “Allá, donde vivíamos, venía el viento norte. Era un viento de calor que nos cercaba despacio hasta instalarse como un perro hambriento. Cuando nos tenía rodeados, dormíamos unas siestas interminables. Nos despertábamos cuando el sol se iba y el cielo quedaba con un resplandor que seguía levantando el olor de la tierra seca”.
La comparación con Rulfo es inevitable (ese lenguaje refrenado, esa atmósfera polvorienta), pero también muy tramposa, porque es difícil igualarle en potencia y maestría, y claro, en la comparación sale perdiendo Travacio. El universo que describe, además, me ha parecido más de cartón piedra que el de Rulfo, como si estuviera sostenido únicamente en ficciones y no acabara de materializarse del todo. Pero algo tiene su escritura que me ha dejado con ganas de leer más cosas suyas y ver cómo le toma el tiento.
"Desde ese día aprendí a amansar el viento ese que me venía por dentro todas las mañanas, como si lo estuviera domando para más adelante, para cuando el Tano me dijera: ahora, Manoel, que el viento te empuje ahora".
De los libros más atmosféricos que he leído, me ha transportado totalmente a esa tierra seca y hostil. Breve, pero intenso.