Esta pequeña historia defiende la generosidad como un valor natural que no se debe forzar. Pienso que cuando un niño comparte algo por obligación no está siendo generoso, sino que está obedeciendo. Al igual que si a un adulto se nos fuerza a compartir algo y lo hacemos por presión, tampoco estaríamos siendo generosos, sino sumisos. La generosidad sale del corazón y la posibilidad de que un niño comparta algo que él considera valioso, dependerá de varios factores, como el vínculo o su estado emocional. También creo que es importante saber decir “no” con asertividad.