Por mucho que leamos sobre algunos hechos, sobre sus causas, sobre los acontecimientos concretos y sus protagonistas, las preguntas “¿cómo pudo ocurrir?, ¿es que nadie lo vio venir?” difícilmente nos abandonan. Es más, cuanto más se lee, cuanto más se sabe, más difícil de entender resulta... y a la vez, algunos días, nos paramos a observar y podemos ver ciertos paralelismos inquietantes, y entonces la repetición de esos hechos que tanta incredulidad nos provocan no parece tan imposible. El nazismo es sin duda uno de estos eventos. A Jason Lutes le ocurrió lo mismo, y por ello comenzó a investigar sobre ese período inmediatamente anterior al horror, apasionante pero sobre el que se suele pasar sin pararse demasiado, la Alemania de entreguerras, la República de Weimar, y consigue plasmarla aquí a la perfección, con una espectacular atención al detalle, en una obra ambiocisísima que le llevó más de veinte años concluir.
Centrada en Berlín, ciudad “donde se podía sentir el mundo girando bajo los pies”, una ciudad demencial, en un mundo al borde del colapso, donde el aire huele a desastre inminente pero donde a la vez se respira vida. Lo que más me ha gustado es que al lado de los grandes hechos, que sirven como telón de fondo y que de una forma u otra están presentes en cada página, la explicación se da a través de las vidas de los ciudadanos corrientes (en una historia coral, mezclando personajes reales y de ficción), protagonistas en última instancia de la Historia. Algunos, conscientes, horrorizados e impotentes, ven cómo se acerca el desastre. Otros, al contrario, esperan la llegada de la pesadilla con entusiasmo. Los mejores carecen de toda convicción mientras los peores rebosan apasionada intensidad. Están también los que parecen no verlo venir, que siguen con sus vidas como si nada estuviese sucediendo, y los que, viéndolo o sospechándolo, observan con indiferencia, probablemente muy seguros de que a ellos, con sus vidas acomodadas, lo que pueda suceder ni siquiera llegará a rozarles.
Pero es que la historia solo puede leerse y analizarse cuando ya ha sucedido, esa es la condena. En las primeras páginas, un profesor de arte explica el concepto de punto de fuga: sólo es un artificio, útil porque la mayoría, Morgenthaler, pasamos nuestro tiempo mirando al frente y no arriba o abajo, y porque las estructuras terrenales se construyen sobre el suelo. Lo más importante no es el horizonte, sino el punto de fuga. Añadiendo algo que bien puede aplicarse a la Historia: La ubicación del observador es lo que realmente determina la posición del punto de fuga; un dibujo al natural depende tanto del objeto como de la posición exacta de los ojos del artista en relación con aquel.