En el universo distópico de este libro hay una Inteligencia Artificial con un plan siniestro, personajes con microchips implantados que les producen falsos recuerdos, secuencias de eventos en loop y desfasajes de tiempo y memoria.
Las Pasiones Alegres es una obra magistral que revela los síntomas de una evolución tecnológica más avanzada que la humana, donde el límite entre ficción y realidad es cada vez más incierto.
Podría empezar a escribir sobre Las pasiones alegres con una cita de Martínez Estrada: "Ya no es la ciudad una cárcel sino una máquina." (La cabeza de Goliat). La Máquina es la que todo lo engulle y de la que parecía no haber escapatoria ("una misma y única máquina universal estropéandose"). El castillo, el gran castillo kafkiano que es la memoria, pero extremado hasta el hartazgo. "Pasado de rosca", como bien lo definió Martín Kohan. Bah, no. Pasado no: pasadísimo de rosca. Eso es la literatura de Farrés. La posibilidad de llevar cualquier mínima idea hasta lo más obsesivo y paranoico, como un Bernhard ilimitado. Y en el medio de todo esto, explorar cualquier idea de escritura. La segunda parte del libro, 'Poema porno financiero hecho con la nada que mi madre ha parido', podría ser leído como un Kafka-meets-Phillip Dick, pero totalmente desfasado. La posibilidad de llegar a la ciudad de Urstaat como la Tierra Prometida, el lugar de la salvación, se vuelve un laberinto sin posibilidad de escape. Todos los personajes que pueblan las páginas del libro no llegan nunca a su destino porque todos comparten el mismo: una extinción, una degradación de lo humano. Algo a lo que no pueden escapar por más que lo intenten, ya que todo esfuerzo parece inútil. ¿Qué queda?¿Sucumbir? Parece ser la respuesta. ¿Se puede escapar a la memoria, cuanto esta parece no ser una capacidad biológica del cuerpo sino más bien, un dispositivo ajeno? Cuando esa maquinaria nos sodomiza, ¿Qué mierda podemos hacer contra eso? Farrés despliega en sus anteriores novelas (yo leí Literatura argentina y Mi pequeña guerra inútil) las desintegraciones de las instituciones que nos componen. La familia, los reglamentos, el cánon, la historia, la propia memoria como una institución traicionera. Y quizás algo de lo más interesante es el trabajo sobre sus desintegraciones: en el caso de la familia (tema no recurrente, sino central en toda la producción de Farrés) no es tanto la destrucción del núcleo familiar, sino más bien la familia como núcleo de la destrucción del individuo, mecha de la locura que siempre termina explotando. Ciertamente es difícil hablar de una novela de coyuntura. Es extremista, es sádica, pesada por momentos y absolutamente genial siempre. ¿Quién más, sino Farrés, podía escribir semejante obra? Y es que Urstaat es un lugar que se sucede ad infinitum, con sus pasillos interminables es El castillo delirado (si es que lo de Kafka no es ya en sí un delirio). El altillo en el que el padre trabaja en su Messerschmitt a escala, donde el relato se va narrando con mínimas variables infinitas veces y llega un punto de locura en el que uno no sabe de dónde agarrarse. Y como bien dice el texto, solo queda seguir. No se puede escapar. Solo queda seguir, siempre.
Lean a Farrés. Lean Las pasiones alegres. Es un hito que pasa cada mucho tiempo.
Nunca viene mal un buen remake de la alegoría la caverna. Si enfocás una hoja escrita en inglés con Google lens, te la traduce en el acto y a través de la pantalla del celular podés ver el texto traducido SOBRE el texto en inglés. A veces se ve tan mimetizado que no se nota que no es el original. Cuestión, me puse a escribir sobre un posible futuro distópico donde la gente usaba Google Lens como, justamente, lentes de contacto, y un futuro velo de Maya tan obvio como superficial (pero que igual, como ahora, se nos escapaba), y me acordé del último relato de este libro y borré todo y me puse a releer Los hijos de Urano.