En esta recuperación de correspondencia escrita y enviada por el maestro Fernando González a su hijo Simón González Restrepo, por supuesto sin intención alguna de llegar a ser publicadas, se revela al lector un ser humano desconocido, o apenas instituido en su nutrida obra de analítico y profundo pensador; duro, no pocas veces. Es la faceta del padre amoroso, intimo ¡y generoso que con familiar ternura se da a los suyos en lo que de material y de espiritualidad tiene Hay en estas cartas un invaluable retrato de Fernando González; cómo procuraba el dinero para sobrevivir y mantener a su familia; cómo resistía a los embates de su propio cuerpo y cómo quería a ese muchacho que se le iba para Estados Unidos a estudiar. En esta escritura epistolar palpita el amor filial de un padre esmerado. Y más que de un padre, de un pedagogo, un pensador - Felipe Restrepo David
Fernando González Ochoa was a Colombian writer and existentialist philosopher known as "el filósofo de Otraparte" (The Philosopher from somewhere else). He wrote about sociology, history, art, moral, economy, epistemology and theology in a magisterial and creative way, using different genres of literature. González is considered one of the most original writers of Colombia during the 20th century. His ideas were controversial and had a great influence in the Colombian society at his time and today. The González work was the inspiration of Nadaism, a literary movement founded by one of his disciple, Gonzalo Arango. The Otraparte Villa, his house in Envigado, is today a museum and the headquarters of the cultural foundation to preserve and promote his legacy. The place was declared a National Patrimony of Colombia in 2006.
“... porque no hay artista que no sea hijo de la paciencia y la brega continua. Uno no sabe hacer sino lo que ha hecho.
Cultiva tus amores y déjate conducir por ellos; graba bien en ti esta idea: que todo lo que nace, hace del amor: todos los descubrimientos y obras de arte son hijos del amor.
El secreto está en amar, amar siempre: amar la vida: aire, noche y día, lluvia y dolor”
Hacía muchos años que no leía a González, casi 20, de jovencito, y empecé esta lectura con la duda de si no era un autor un tanto sobrevalorado en el panorama literario local. Fui avanzando, con esta sospecha, sorprendido por la reiterativa insistencia suya sobre ciertos temas en su comunicación con su hijo: la plata, el precio del dólar, los negocios de fincas, y un tono consejero en exceso optimista, paternalista, y un tris monacal. En resumen, consejos, elogios y plata y más plata. Pero seguí avanzando y con el pasar de los años en esta correspondencia el tono y las preocupaciones del autor se hicieron más desprendidas y menos materiales. Entonces comenzó un recorrido suscinto por algunas de sus ideas existencialistas, su cierto fatalismo optimista, su aspiración de grandeza, siempre mezclado todo con información terrenal, y el dinero y enfermedades que seguían poniéndole ritmo a su realidad. Al terminar me quedé con un muy buen sabor en la boca: sus palabras se sienten grandes, meditadas, ambiciosas, aun por fuera del contexto de la carta. Aparte de los grandes "consejos" vitales, me conmovió el asistir a esos diez años de crecimiento y formación de Simón, desde la voz del padre. Quiero releerlo, qué digo, leerlo más.
Los epistolarios son una ventana al pensamiento más genuino de un autor, aunque muchas veces le falte elaboración a las ideas. En estas cartas a su hijo Simón, entonces un veinteañero estudiando en Estados Unidos, Fernando González se reprime constantemente: "ya estoy filosofando demasiado, te aburro", y el esbozo de una idea atrevida da lugar a saludos familiares y lugares comunes que buscan tranquilizar al hijo errante, darle una sensación de hogar. Pero también esa sensación de hogar llega hasta nosotros, y conmueve: González arriesgando frases en su inglés de diccionario, comentando las noticias mundiales (la guerra de Corea) y las tragedias locales (las cartas inician apenas años después de El Bogotazo), o dando consejos paternos desde el aseo personal hasta la metafísica. Uno de los rasgos inesperados del libro es que las cartas tienen un aire de familia con "La historia de Horacio", la bella novela de su sobrino Tomás: Fernando González retrata la vida en sus fincas, ventas de tierras y ganado, fallidas empresas de productos homeopáticos, siempre con el fondo de la constante agitación de una extensa familia.