Las diez historias que componen Señales distantes a menudo ocurren en lugares que son una ruina o están en proceso de serlo; lugares resecos, llenos de polvo y bruma, ajados y silenciosos como la Luvina de Rulfo o el desierto de Gardea; lugares donde pareciera que nadie pasa por la calle, e incluso si lo hacen, uno se pregunta si son personas o fantasmas. En ocasiones, el sitio de esta ruina y este vacío son los personajes mismos. No son estos cuentos de terror, pero su exploración de lo ausente, lo desaparecido o lo no dicho sí recuerda la definición de lo espeluznante según Mark Fisher: la sensación de que hay algo donde no debería haber nada, o bien de que no hay nada donde debería haber algo.
Las anécdotas y las redes de relaciones alrededor de las cuales Vázquez teje estas historias son, en su mayor parte, bastante mundanas a primera vista. Un oficinista se enamora y quiere conquistar a su crush con un regalo; una mujer lamenta el mal carácter de su esposo, además de su obsesión con sea lo que sea que escribe a todas horas, encerrado en su oficina; un joven abandona la escuela, consigue una novia y la embaraza. Cosas de todos los días en donde, sin embargo, suele faltar una pieza crucial. A veces es una persona: alguien que ha muerto o desaparecido; en otras ocasiones el vacío tiene una forma más abstracta: falta el cariño de alguien que debería querernos o la voluntad de romper con un legado maldito. De estas ausencias, observadas en una prosa melancólica y precisa, se abren grietas en el plano de lo real, bifurcaciones donde lo cotidiano da lugar a lo fantástico y a la puesta en escena de la cara oscura de ciertos deseos comunes: el conocimiento, la pertenencia, el amor.
Si acaso he de apuntar una reserva que tengo hacia Señales distantes es que su imaginación deja de ser tan efectiva cuando se aleja de este paisaje para adoptar otros escenarios, como la alucinación nocturna de un hombre citadino cegado por el trauma reprimido en “Insomnio” o la reescritura psicosexual del mito japonés de la princesa Tamatori en “El sueño de la esposa del pescador”; cuentos que, sin dejar de lado el anhelo de subsanar ausencias como tema, pierden algo de agudeza emocional al abandonar la consistencia del entorno árido y rocoso.