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Cuando la reconocida escritora anunció este libro como el unánime ganador, alabó su narrativa que se mueve entre lo poético y lo realista, la valiente y epica historia de la heroína negra que lo abandona todo para volver a su tierra y "leerle a otros en voz alta el cuento que nos alienta cada día", y su profunda identidad Pacífico y afrochocoana. Tan solo lamentó, y así lo hizo saber durante la premiación, que fuera ficción, que no existiera tal heroína, que ella no hubiera creado la casa Motete como un oasis literario y cultural en medio de Quibdó y que no hubiera creado, de la nada y contra todo pronóstico, el exitoso festival de lectura Flecho en una región que todos creen sinónimo de rumba y miseria. Lo que la importante escritora no sabía o simplemente no pudo creer porque, aceptemoslo, ¿quién escribe cartas hoy en día?, era que este libro epistolar, el que ella había leído y premiado, no era ficción: todo lo que allí se cuenta en efecto ocurrió y esas cartas, ahora publicadas, originalmente solo fueron escritas —a mano, debo añadir— para que las leyera su anónimo interlocutor, como una forma de desahogo, de sentirse acompañada, ante la titánica tarea que emprendía en su nueva vida. Pero así son los libros: cada lector hace de ellos lo que queremos o necesitamos. Para mí fue volverme a encontrar con mi pasado caminando por los ríos y pueblos del Pacífico y con mi futuro en el que renuncio a todo para buscar mi tranquilidad, porque, como dice la seño Velia, «la felicidad es eso, poder sentirme tranquila, librarme de los pendientes en la vida, incluso de los sueños aplazados».
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Una mujer joven, para más señas negra y chocoana, camina por los pasillos de una de las ferias literarias más importantes de Latinoamérica (@filbogota) y se detiene en el stand de una de editorial independiente. Uno de sus libros le ha llamado la atención. El librero —que resulta siendo el editor— le cuenta que es un libro de cartas de la autora. Ella, la mujer joven, le cuenta que también se cartea con un amigo y le muestra algunas de ellas en su celular. El librero - editor las lee, queda fascinado por su estilo, cadencia, calidad y la historia que enmarca, y le propone publicarlas con su editorial. Eso fue exactamente lo que le ocurrió a Velia, a la seño Velo o a Velimar, tres facetas y tres formas de llamarla.
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Parece un golpe de suerte, y supongo que algo de eso tiene, pero no lo fue del todo: la seño Velo es una de las mejores promotoras de lectura que hay, una que por pura pasión y nostalgia de mar abandonó su "cómodo" trabajo ortodoxo para volver a sus raíces, al Pacífico, a su Chocó, en dónde creó desde cero y con mucho esfuerzo un centro cultural (@nuestromotete) y un festival de lectura (@flecho.co), en una región en dónde de eso no había y nadie parecía interesado en hacerlo, como si los negros y las negras, las niñas y los niños de uno de los departamentos más pobres de su país, no lo merecieran, no lo fueran a apreciar. Ella les demostró su error. Como ven, no fue suerte. Cuando sea grande, quiero ser como ella.
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