Devorado en dos días. Impactante.
Una disección de la corrupción política a nivel local, que nos resultará conocida seamos de donde seamos. Lo que va recordando Gabrielo, alcalde de San Expósito, Municipio venido a más gracias al turismo, lo vemos continuamente en las noticias: sobornos, mafias, componendas, fiestas con pastis, coca y prostitutas, favores, y políticos sonrientes, convencidos de que están haciendo lo mejor para su pueblo. Y cuanto más grande sea su pueblo, más dinero se mueve
San Expósito podría ser cualquier villorio de cuatro casas con playa cerca que, en los 60 del siglo pasado, gracias al turismo, comenzó a prosperar, crecer y generar dinero, mucho dinero. Y ahora es una ciudad con casinos, centros comerciales, hoteles... mafiosos, políticos corruptos, drogas, recalificaciones... y mucho dinero pasando de unas manos a otras. ¿Cuántos pueblos así hay en España, en Canarias, donde se ambienta la novela?
Pero Gabrielo no es un personaje monolítico, un político al que desprecias por su corrupción. También es un ser humano con muchas sombras, desde luego, y algunas luces también. Siendo novela negra Ravelo no recrea estereotipos, sino tipos, personas de carne y hueso con sus miserias y sus momentos brillantes. Y en algunos momentos llegas a conmoverte con su dolor y a compadecerle en su desgracia (que no es la de la bolsa)
En esta novela, siguiendo el hilo de pensamiento del tío con la bolsa en la cabeza -Gabrielo-, que hasta el último momento confía en que alguien le va a salvar, vamos conociéndolo, así como a su familia, a sus amigos, compañeros de partido, a su mentor -anterior alcalde-, a sus socios y contactos indeseables pero necesarios; todos ellos personas con sus más y sus menos. Y conocemos las mañas de la corrupción, de la política, de los trapicheos para quitarte el sillón y poner a quien me conviene.
Es un libro demoledor, no por la parte de novela negra, sino por la descripción que hace de la política. Quiero creer que no todas las personas que se dedican a la política son así, que también hay gente honrada... pero es un esfuerzo muy grande el que hay que hacer para mantener la confianza. Y más después de leer esta novela.
Muy recomendable, por lo que cuenta, por cómo lo cuenta, por el ritmo -adictivo- por las reflexiones sobre la política que va dejando Gabrielo, por el espejo que nos ofrece Ravelo para que nos miremos y comprobemos si estamos libres de culpa (y se sabe, quien no es corrupto, es porque no tiene oportunidad, dicen los cínicos)
Me quedo con estas dos frases, que no desvelan nada de la trama:
Al final se lo ponemos difícil al currela que hace un trabajo para el ayuntamiento y tiene que hacer un cursillo para poder pasarle la factura. Porque el resto de tiburones sigue tiburoneando. ¿Tú complicas el procedimiento? Yo me aprendo el procedimiento mejor que tú, le busco las vueltas y sigo haciéndome los bisnes de toda la vida. Con más disimulo, pero igual, y hasta te cobro de más por las molestias. Y si me pillan en falta, como el procedimiento es más complicado hasta lo tengo más fácil para disimular el asunto. ¿Transparencia? Pues vale: me hago transparente hasta que puedas ver a través de mi, hasta que no puedas ver lo que hago porque soy tan transparente que no puedes verme
Pero que nadie se rasgue las vestiduras: no hay corrupto sin corruptor. Y corruptores tenemos de sobra. Sobre todo en sitios como este, donde las únicas fuentes de riqueza son el turismo y lo público. El turismo no siempre va bien. Oscila como una veleta. Cualquier cosa puede llevarse a nuestros guiris a otro lado. Pero lo público es una mina de oro. Siempre hay basura que gestionar, carreteras que arreglar, obras que hacer, gente a la que curar o cuidar o enseñar, dependencias que limpiar, vigilar, administrar. Y hace años que vendimos la moto de que esas cosas las hacen mejor las empresas privadas que los funcionarios
Lo reconozco, Gabrielo es un c****n despreciable, pero a mi me ha conquistado...