«Adiós al frío» es otro bonito poemario de Elvira Sastre al que no puso título hasta que no estuvo terminado y tiempo después le costó encontrarlo —contó La noche de los libros en la librería Alberti con desagravio, indulgencia y elegancia; como si estuviera teniendo otra conversación diáfana con unas personas que no conocía de nada, pero no le importaba; ella estaba ahí sentada, consciente de todos los logros que había conseguido, sin preguntarse si ese público era merecedor de sus palabras, simplemente, mostró humildad, puso las cartas sobre la mesa y dijo: esto es lo que soy y aquí estoy con mis miedos, mis vulnerabilidades, mis inseguridades, mis éxitos y quiero compartirlos con vosotros; aquella tarde fue tan bonita que de no haber estado tan roto, la hubiera enmarcado para la posteridad. Y es que el dolor nos hace tan humanos que da miedo, pensamos que deshumaniza y, en realidad, ese espejismo sólo es la costra que se está cayendo y no queremos rascar para que no deje otra cicatriz en la piel.
Este invierno versificado es la puerta que parece abrir al amor y la ventana que golpea fuertemente contra la pared dejando un silencio pulcro en mitad de la risa. Juega al despiste. Existe porque el invierno, cuando estamos enamorados, es un sustantivo que cobra vida y al mismo tiempo, se adjetiva. Eres invierno —decimos los poetas; como el caminante de a pie que le dice a su enamorada: eres guapa. Sin embargo, este adjetivo es una invención mía que excede de los márgenes de este libro. En él, «invierno» es un sustantivo que cruza fronteras y se hace pequeñito en presencia del amor, el abrazo, el beso, la risa, el mar, la rima y el cuento; todo aquello que humanamente conocemos, sentimos, vivimos, sufrimos, perdemos y olvidamos como si nuestra vida fuera un constante ciclo en el que no hay fecha para que se produzcan estos acontecimientos, no hay promesas vacías ni banderas a media asta, sólo la risa de quien besa y la risa de quien es besado. Y cuando estamos con esa persona, el tiempo pasa a ser un reloj de arena pintado en un lienzo por un artista anónimo y el espacio se convierte en pequeñas exhalaciones entre las corridas, los besos y los abrazos.
Qué fácil es cuando se tiene y cuánto dolor conlleva su pérdida; inhumano, solitario, frívolo, feroz. De repente suceden los días que se duelen con nuestro duelo y no nos comprenden, la sombra del monstruo es más grande que la que dejamos escondida en el armario cuando conocimos a esa persona que nos hace la vida y nos vive el amor, crece con nuestro vacío, se hiere en su lado de la cama cuando llega la ruptura y ríe cuando olemos la almohada y su perfume sigue estando agazapado a ella como un parásito y diezma la nostalgia, así como nuestro dolor crónico inmune al abandono, que odia el futuro que nos depara la vida como si del más sabio de los maestros se tratara y no quiere devolvernos el pasado para que nuestra felicidad pueda ser eterna.
Cuando el amor acaba parece que un iceberg ha caído sobre nosotros como si fuéramos nosotros y no el Ártico, los que estamos a -30°C. Nuestro miedo y la penumbra salen de la misma lágrima y el lugar que antes compartíamos con otra persona para mojar las sábanas deja un vacío de metro cincuenta.
¿Cómo lo entiende el corazón? Con poemas, novelas, thrillers y comedias románticas que están hechas de mentiras. Los libros sólo son un reflejo de su angustia y su miedo a sangrar a la persona que amó con tanto ímpetu y se fue dejándole con la palabra encajada y preguntas sin respuesta.
La poesía es así: el poeta escribe pensando en alguien, el lector la lee y le vienen a la cabeza imágenes y recuerdos de otro alguien; para eso escribimos, por eso nos sentimos tan vivos después del llanto, en mitad de la mansión que construimos con escombros, trocitos necrosados de la felicidad que nos han arrancado y fracasos. Somos un cúmulo de todas las experiencias que hemos vivido y este frío, que fue de Elvira, ahora, en este preciso instante, bajo una manta y la soledad de un salón oscuro y vacío, es mío.
Lo que transmite este poemario es la vulnerabilidad de un corazón herido que aún se está recuperando de todos aquellos amores perdidos, de los que aún perduran pero alguna vez han dolido en la mirada de Elvira, con los que ha crecido y los que ha tenido que olvidar a la fuerza, por amor propio. Sentirme tan arraigado a ese sentimiento quizá sea también parte de mi ese duelo que aún vivo y parece estar mudando de piel y abrasando la nueva cuando repto por la arena del desierto en busca de un refugio en el que sentirme herido y no por ello avergonzado y en ese resguardo, me he encontrado a Elvira y a otros escritores que siempre perduraran como el comienzo de mi «algo nuevo».