Aunque Virginia nunca ha mantenido una buena relación con su padre, se siente obligada a visitarlo a diario y a hacerle compañía cuando este es ingresado gravemente enfermo en una clínica de Valencia. Para ella, obsesionada con las dolencias, los síntomas se revelan más sinceros que las palabras. En esa habitación de hospital se ponen a prueba los vínculos con su madre y con su hermana, precisamente en un momento crítico en la vida de Virginia, para quien la maternidad empieza a ser una urgencia. Un nuevo paciente, un hombre enigmático y no carente de atractivo, ocupa entonces la cama vecina. Al principio Virginia apenas cruza con él algunas palabras de cortesía, pero, poco a poco, los dos traban una complicidad ajena a la asepsia del hospital, y acaban creando un pequeño espacio compartido, un lugar en el que cobijarse. Y en el que tal vez, cuando todo esté perdido, surja algo inesperado y auténtico.
Estudió Dirección cinematográfica en el CECC (Centre d´estudis cinematogràfics de Catalunya) y guión en la escuela de cine de San Antonio de los Baños en Cuba, y en la UIMP, en la escuela de guionistas Luis García Berlanga.
Licenciada en periodismo, con premio extraordinario fin de carrera. Ha trabajado en diversos medios locales de Valencia y en el gabinete de prensa de la Bienal.
Ayudante de mago, bailarina de cabaret, camarera, teleoperadora, actriz secundaria, periodista,... ha desempeñado multitud de oficios, todos ellos absurdamente productivos hasta desembocar en el maravilloso e improductivo mundo de la literatura, laberinto del que no consigue salir
Una novela cuyo tema principal sea la enfermedad y la muerte, ¿puede ser una lectura divertida? Pues en el caso de este Premio Tusquets 2020, la respuesta es afirmativa. Es más, yo diría que es literatura.
La narradora es Virginia, que acompaña a su padre agonizante en una habitación de hospital, donde también se turnan su madre y su hermana. Esta proximidad agobiante expone la mala relación de la protagonista con su familia y la hipocresía y las convenciones sociales que envuelven todo el protocolo hospitalario.
La vida se compone en tres cuartas partes de fingimiento, un inmenso océano en el que flotan unas pocas verdades como islotes.
El libro está poblado de reflexiones inteligentes, en un flujo de conciencia que mezcla temas como la maternidad, la familia o el sentido de la vida. Es una voz sarcástica pero muy lúcida, y siempre llena de humor ácido, como cuando habla de una amiga de la infancia:
Clara tenía lo que seguramente hoy diagnosticarían como autismo o síndrome de Asperger, pero en aquella época de imprecisión semántica, selvática y rasadora, donde era más común la anormalidad que la normalidad, Clara tan sólo era rara.
El lenguaje está muy cuidado, a veces crudo pero otras lleno de imágenes y metáforas que rezuman poesía:
La salud es sin duda el mayor de los misterios. Existen saludes ferrosas, que se quiebran con una corriente de aire, y enfermos de cristal fino, crónicos, que nos sobrevivirán a todos.
Las descripciones de los personajes son a veces caricaturescas pero siempre contundentes:
No es el doctor del otro día, de perilla y aire juanramoniano, sino un hombre joven, moreno, atractivo: el representante supremo del blanco en la Tierra. Sonríe con unos dientes blanquísimos, inmaculados. Cada uno de sus gestos lo propulsa a años luz de esta habitación de hospital, lejos de nuestras opacas miserias, de la turbia indignidad de los cuerpos defectuosos.
En el libro se alternan reflexiones, referencias literarias, hechos científicos, de manera que el contenido es siempre interesante:
Leí que el silencio es el original y la palabra la copia, pero no recuerdo quién lo dijo. Facebook es una Thermomix de citas, hecha con el jugo de miles de cerebros.
Lo mejor es que, a pesar de que todo gira en torno a la enfermedad, la autora se las arregla para ofrecer momentos de esperanza y felicidad. Buena literatura pero no aconsejable para hipocondríacos o feelgooders.
Claro que no creo que puedan extraerse conclusiones definitivas de las enfermedades, pero me entretiene observar la poesía de la casualidad, interpretar los síntomas, no para llegar a una conclusión definitiva, sino como una forma de viajar en clase turista por el sentido de la vida. No creo que haya nada de malo en ello.
¿A quién no le ha tocado alguna vez pasar varias noches de hospital para acompañar a un familiar en sus últimos días? ¿Quién no ha deseado en secreto que todo acabe cuanto antes para dejar de sufrir la butaca incómoda, la comida insulsa, y salir otra vez donde el aire y la vida y pasar página?
En esa cápsula que es el tiempo de la despedida junto a un moribundo, las horas son elásticas; el acompañante adquiere una sensibilidad especial para observar y juzgar las cosas, las relaciones con sus familiares, lo bueno y lo malo de su propia vida, sus triunfos y sus miserias… Pero si el moribundo y el acompañante han tenido sus diferencias, esa percepción adquiere un matiz de ajuste de cuentas: nadie elige a su familia.
Bárbara Blasco ha escrito una novela bellísima, en la que ha sido capaz de mantener esa sensibilidad visionaria «en la piel» de las cosas, haciendo que por momentos creamos estar ante un poema narrado. Los comentaristas de la solapa de contracubierta (Grandes, Orejudo, Ferrer y Cosculluela) hablan de humor, de mordacidad y de acidez. ¿Ninguno ha visto la enorme carga lírica de esta obra o es una decisión editorial no mencionarla?
No sé dónde ha encontrado la autora todo ese material narrativo, pero estoy seguro de que ha tenido que rascar hondo dentro de sí misma y que el proceso ha escocido.
Por una vez en los últimos tiempos, y sin que sirva de precedente, un premio literario de una gran editorial ha sido concedido a una obra que no es artificio, ni engañifa mercantilista, ni una arquitectura de componendas a la moda, sino pura y simple Literatura. Literatura desnuda.
Frescura, desparpajo, libertad, son palabras que me vienen a la cabeza después de leer la historia de Virginia, una mujer a punto de doblar la esquina de la fertilidad, que busca en la maternidad reencontrarse con la realidad. Vela la agonía de su padre en coma en un hospital, se relaciona con su depresiva madre gracias a dinámicas idiosincráticas inamovibles y soporta esa versión opuesta de sí misma que es su hermana. La figura paterna, ausente y presente a la vez, proyecta su larga sombra sobre los familiares.
Una voz narrativa potente, descarada, algo cínica, en la que se nota pasión por el lenguaje y sus posibilidades, y con la que se identificarán en parte quienes comparten generación y género con ella.
Lo he amado. La enfermedad, la soledad, la decepción, el encuentro con uno mismo, con el otro, con el amor. Y todo dentro de un hospital. Bravo por las referencias, se ve que es un libro que se tomó en serio. Y eso se agradece como lector. El sarcasmo me fascina. Y el tema.
Y sin embargo, algo en el tono me deja fría. Quizá es la intención de la autora.
Virginia busca la felicidad pero lo tiene todo en contra. Todo son problemas. Problemas laborales, un trabajo por debajo de sus expectativas y que le crea frustración. Problemas sentimentales, quiere un hijo y aunque no tiene pareja lo intenta constantemente . Problemas familiares, nunca se ha llevado bien con su padre y ahora que está en coma y están esperando el fatal desenlace, va todos los días al hospital. Y en esa habitación de hospital veremos la relación con su padre, con su madre y con su hermana. Y cuando llega un paciente a la cama de al lado provoca algo inesperado.
Me ha parecido espectacular cómo de una manera sencilla, original, irónica e incisiva nos habla sobre la enfermedad, la vida, la muerte, la familia y la búsqueda de la felicidad. Y retrata un grupo de mujeres, una generación de mujeres, que se sienten obligadas a hacer cosas porque sí, porque hay que hacerlas. Porque decidme si no es verdad que a veces hacemos cosas porque es lo que se espera de nosotras.
Ella, la protagonista, me ha parecido una descerebrada. Además de una ¿hipocondriaca? no sé si es hiponcondria o simplemente interés cultural por las enfermedades, pero me ha resultado cansinísima con el tema. La madre, digna hija de su tiempo. La hermana (la que va a heredar porque es la buena, pero que apenas aparece por el hospital porque está liadísima) también es prototípica. Y la historia con el compañero de habitación, el absurdo más absoluto. Me ha sobrado casi todo.
El tono me ha gustado, pero me ha faltado verosimilitud. No he acabado de creerme a la protagonista, e incluso he sentido cierta animadversión por ella.
Una novela llena de ideas, presentadas como solo la literatura puede hacerlo, una aventura hacia territorios que nos incomodan (los hospitales, la enfermedad, algunos milagros que podemos no entender) con un vuelo literario fino y acertadísimo, que sostiene a la narración con belleza y verdad. Una novela que hay que leer.
Pequeño cuento (sí, solo le faltan unos dibujitos cada pocos capítulos) de una calidad ínfima, que distan mucho de un Tusquets (o debería ser así; a no ser que la nueva literatura española esté bajando peldaños a trompicones)
Es un novelón. Se nota que está muy trabajada. Cada capítulo empieza y termina en el mismo punto y vas viajando por la vida de la protagonista. Esa ambigüedad con la que juega en todo momento te mantiene pendiente de la novela y no decae el ritmo en ningún momento. Magnífico trabajo.
Me gustan las novelas que buscan las imágenes a través de una prosa lírica, que te vuelan la cabeza con el estilo, con la palabra adecuada y la reflexión profunda.. Barbara escribe de corazón y rebusca. El tema es tabú: las enfermedades , los hospitales, la muerte. Apenas abriéndose paso la vida a retorcijones. Me cuesta empatizar con sus personajes, tan rotos y llenos de aristas, no me parecen del todo verosímiles unos y obvios otros, pero qué sabré yo...
«La única parte del cuerpo que no tiene irrigación sanguínea es la córnea, recibe oxígeno directamente del aire. Los ojos son pájaros libres que anidan en nuestras cuencas. Por eso nuestra mirada no nos pertenece del todo.»
Dicen los síntomas es un libro muy especial. Por lo que cuenta y, especialmente, por cómo lo cuenta. Narrado en primera persona, con un lenguaje florido y una prosa super ágil, y prácticamente como un monologo interior perpetuo, en esta novela se nos cuenta la historia de su protagonista despojando toda la narración de florituras y edulcorantes. Es una historia sobre la vida y sobre como, en ocasiones, no vivimos del todo. Una historia sobre el amor, el dolor, la muerte y la pérdida. Y todo ello conjugándose en esta historia que sucede, casi en su totalidad, entre las paredes de una habitación de hospital. Uno de esos lugares a los que todos miramos con recelo y cierta distancia, mientras podamos verlos de lejos.
Una historia dura en ocasiones, sí, pero muy inteligente tanto por las referencias que lanza como por las reflexiones que nos invita a realizar. Muy recomendable.
mmmmmmmmm me gustó más la primera parte que la segunda, pero de forma general no me acabó de convencer. la voz narradora me gusta (los detalles en torno a enfermedad en la historia y la literatura, maravillosos) pero creo que mi problema es con los personajes, solo siento a virginia bien construida y el resto accesorios donde se proyectan ideas de virginia (el pasado, la culpa, el deseo o la evasion)
2,5 ⭐️ No sé cómo valorarlo, si “no está mal”, o “está bien”.... Es un libro extraño, algo que me gusta; tiene partes que me han entusiasmado y partes que me han dejado fría , pero lo cierto es que no he conectado nada con la historia, ni con la protagonista.
"El dolor es un gen primario, un bebé que tarde o temprano despierta y llora. No llora, berrea como si el mundo fuera a acabarse en su garganta".
Esta novela es una de esas cosas que llegan a ti sin esperarlas, sorprendentes, que acaban por ser súper importantes en tu vida y que le dan sentido al arte de vivir.
En "Dicen los Síntomas" encontramos un relato a primera persona, narrado por Virginia de una manera satírica, sarcástica y bella. Un relato contundente sobre las decepciones, las oportunidades que pasan, de aquellas que no terminan de llegar nunca, que te atraviesan el pecho, que te dañan, que te van creando millones de capas en todo tu ser, desde tu exterior y hacia dentro. Hay daño, dolor y resentimiento, pero también afecto, esperanza e ilusión.
Una novela con mucho humor, con una luz propia que te provoca no querer dejar de leer nunca. Una novela que bien podría ser nuestro propio espejo, que te obliga a mirar, a hacerte cargo de tu propio reflejo, de tus miedos, de tus inseguridades. Una novela que abre el eterno debate de "el que dirán" los demás, de los prejuicios injustos y cansinos.
Escrito con una prosa preciosa y profunda que te hace, te obliga, a reflexionar y que acaba por dejarte huella. Conmovedora.
Sin duda, súper recomendada y una de las grandes historias que he leído durante este año.
Virginia es un personaje muy bien logrado que cautiva a lo largo de la historia. La historia está llena de reflexiones interesantes aunque le sobran algunos pocos subtemas. El lenguaje es limpio y bonito. Me parece que es una historia escrita por una muy buena escritora.
"Las dos fingimos. Y cuanto más fingimos, mejor va todo. La vida se compone en tres cuartas partes de fingimiento, un inmenso océano en el que flotan unas pocas verdades como islotes."
Una mujer acompaña a su padre agonizante en el hospital. Tuvieron sus diferencias pero ahí está cada día al pie de la cama. Me encanta este personaje que siempre parece fuera de lugar y a contracorriente. Con sarcasmo y mala baba retrata la tirante relación con su madre y su hermana.
Reflexiones inteligentes sobre la maternidad, la familia o el sentido de la vida se alternan con referencias literarias y hechos científicos. Escrito con un lenguaje cuidado, crudo y poético que fluye, te atrapa y te lleva de página a página. De lo mejor de esta novela, que ganó el Premio Tusquets Editores de Novela 2020, es cómo está escrito. Una agradable sorpresa. Y ese final... Creo que no deja indiferente.
"Mi frase favorita de Cioran es 'Yo sé que todo es irreal, pero no sé cómo probarlo'. A ella podría contraponer: 'Yo sé que todo es real, pero no sé cómo imaginarlo'."
Un suspiro me ha durado, el mismo que he dado al terminar de leerlo.
Me ha encantado la prosa de la autora, las lecturas ocultas entre líneas.
No dice nada nuevo y dice mucho, sobre lo no dicho, sobre el dolor, sobre los que dicen los síntomas.
La vida física como un baile diario con la muerte, con la azarosa idea del tiempo que nos queda que en ningún caso es infinito.
Una historia en primera persona, cuya protagonista no se encuentra hasta el final de esa historia, se reconoce en el último lugar que pensaba hacerlo; una habitación de hospital con su padre moribundo en coma. Su padre y un extraño. Un extraño que deja de serlo.
¿Sabias que la palabra reconocer se lee igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda?...
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La enfermedad es una hermosa ciudad en ruinas. Posee la paz de un claro en llamas en mitad del bosque. Ya toda la desgracia está echada, no hay nada que temer.
Creo que una razón por la que los hombres no leemos suficientes autoras, y precisamente por lo que deberíamos leer más autoras, es por miedo a vernos reflejados desde el otro lado de la frontera.
Como novela sobre hospitales, enfermedad y muerte es bastante interesante. La narradora está obsesionada con lecturas sobre estos temas a partir de una enfermedad propia y de otra de su padre. Reflexiona sobre lo leído y sobre su propia experiencia, también sobre la dinámica y el lenguaje médico-paciente. Su voz es divertida, a veces humorística, y una misión secreta y una breve investigación aligeran el tono de la primera mitad del libro. La segunda mitad va por un camino diferente, juega a paralelismos y a un pequeño enredo, pero se estanca en una trama frustrante que resuelve rápida y previsiblemente los hilos abiertos.
Breve, lírico y cargado de sentimientos reales (no esas frases edulcoradas que generalmente rodean las escenas en torno a un familiar que se muere).
Me ha sorprendido mucho y creo que muchas de las partes de esta novela me van a acompañar siempre, especialmente los juegos con la semántica que siembran cada parte y que a mí también me gusta hacer.
Es el primer libro que he leído de la autora y me ha gustado mucho su forma de escribir. He sentido una forma diferente de hablar de la vida, de la muerte, de la enfermedad, de la maternidad, del amor y del sexo. Me ha gustado mucho.
Salud y enfermedad, sexo y amor, vida y muerte, poesía y biología, música y silencio, digital y analógico, verdad y mentira, dulce y crudo. Todo esto es lo que se puede encontrar en las más de 250 páginas de "Dicen los síntomas". La vida en sí misma contada de una manera muy especial.
El "pero": me he quedado con ganas de saber más sobre algunos personajes.
Lo que más me ha gustado: la manera de narrar de Bárbara Blasco, como haciendo poesía de momentos crudos (y otros más normales) de la vida.
He marcado bastantes páginas para volverlas a leer con calma, saboreando cada palabra.
Magnífica y a ratos incómoda novela. Desde luego no es apta para los bienpensantes o los políticamente correctos. Ya quisieran muchos de los que copan las gradnes listas tener ese nivel de narrativa y dominio del lenguaje.
Una bonita historia con un lenguaje que combina precisión, humor a ratos, seriedad, deseos, esperanzas, y que mantiene un ritmo que te invita a no dejar de leer