Tantas vueltas para llegar a casa es un hermoso y brillante libro de memorias, pero es al mismo tiempo el relato de las fuerzas culturales que moldearon la sensibilidad contemporánea y nuestra percepción actual del arte. Escrito en una especie de vaivén armónico de episodios biográficos y reflexiones, el libro consigue mostrar con precisión las sacudidas culturales de una época de catástrofes y esperanzas, de innovaciones y refugios melancólicos. El cuento de una vida nómada que se entrelaza con la historia reciente de las instituciones del arte, revelando hasta qué punto esos espacios son criaturas sensibles, abiertas a la intervención social y política, jardines que florecen cuando la protagonista llega a desatar energías dormidas, a alborotar nichos de comodidad y verdades establecidas.
Después de leer la autobiografía de Clara Nieto, era menester leer esta autobiografía, la de KQ, la hija de Clara y Roberto García-Peña. Esta autobiografía resulta mucho mejor que la de su madre (que es un ladrillo) y hubiera sido mejor de no haber malgastado tanta tinta en la descripción de los infinitos nombres que cita de amigos y artistas tan tangenciales que solo rellenan y nada aportan. La historia de Carolina es complicada desde su nacimiento, como hija ilegítima de una par de figuras de la alta sociedad rola, fue sacada del país a la brevedad, con sus cuatro hermanos, por su madre, con ayuda de un obispo auxiliar de Bogotá. Creció entre Nueva York, París y Yugoslavia, pero finalmente retorno a Bogotá donde tuvo la mala fortuna de toparse con Mauricio Cruz, con quien tuvo un hijo a sus 20 años (como su madre) y quien la sometió a largos años de violencia familiar, en Bogotá y en París. De seguro por cosas legales no le denuncia con nombre y apellido en su libro y se refiere a él tan solo como M. Por fortuna se pudo desligar de ese oscuro personaje por unos años y aprovecho los beneficios de sus apellidos para lograr ser la aprendiz de Beatriz González en el MAMBO, trabajar un par de lustros para el Banco de la República, ser amiga íntima (y luego traicionada) de Doris Salcedo, entre otras tantas cosas. Se dedicó de lleno al arte y su experiencia y talento superaron con creces el peso de sus apellidos y su fama de oveja negra, fue directora de un par de museos en EUA y su carrera como gestora cultural ha sido grandiosa. La historia pudo haber sido mucho mejor, lástima que dedica gran parte de su libro a describir sus amistades, que resultan insulsas para el libro, y no profundizó en su vida, lo cual terminó de darle al libro un sabor mas de hoja de vida que de autobiografía. En todo caso, el libro resulta interesante y como documento sobre la historia del arte en Colombia debe ser muy apreciado.
Este libro tiende a inflarse de grandilocuencia y cursilería: "un viento de amor suave", "el lugar que me enseñó a querer". Sin embargo, es un valioso testimonio de la evolución de las instituciones culturales en las últimas décadas. Una vida nómada, dedicada a la exploración de nuevas voces, formatos, y al desarrollo de espacios artísticos alternativos.