Nuestra Piel Muerta es un diálogo intermitente y enmudecido de un hijo, que se desahoga con su padre muerto, por todo el abuso hacia su propia familia; como una criatura que se desentiende ante el mundo al que fue expulsado para contemplar solo maltratos, y que busca desesperadamente respuestas mientras nos narra el odio creciente que lo condujo hasta allí.
En cuestión a la construcción y descripción del universo, la novela escenifica la casa, el jardín y el campo, en un ambiente en constante y aletargada descomposición, como un aire de malestar, como una enfermedad fehaciente que afecta y condiciona hasta la rama más ínfima que nuestro protagonista nos describe.
La construcción morfológica de la obra sobre la botánica y la concepción de la vida familiar y humana, tiene un sentido ontológico a través de los insectos y los elementos naturales de los mismos; estos construyen la visión de el niño de campo de sector rural de un pueblo sin nombre, en un país poscolonial, en una metáfora retorcida de su propia vida. Dado que al no tener ninguna otra orientación más que ver cómo las cosas y todo lo que se mueve, vuela, arrastra o se descompone, al igual que las personas con las que convive, terminar por interiorizar aquello a su propia morfología.
Lucas se refiere a los insectos como su jardín de criaturas que él protege, es aquello con lo que tiene contacto en total libertad, la tierra que pisa; tierra donde está enterrado su padre, donde estaba el jardín de su madre. Esta conexión con la tierra acerca a Lucas a los insectos. Aunque vivía oprimido casi por todos, es sobre los insectos donde siente que tiene identidad, además de una admiración por su estética aprendida por el libro que el obsequian. Estas nociones constituyen su filosofía natural y explican el cómo termina reconociéndose a sí mismo como otro elemento mortal, frágil y sin propósito. A esto se agrega la anti filosofía teológica que desarrolla Lucas en su desentendimiento con dios, y las brillantes oraciones que la autora pone en sus palabras para sostener la crítica religiosa sobre los designios y rezo que Lucas no entiende, pero que los adultos se lo repiten hasta el cansancio. Eso lleva a Lucas a un despojo de creencias y se realza como en la obra se describe: el ángel caído del Edén.
Recojo esta metáfora para enfatizar como la escritora nos presenta la jerarquía de poder cuasi divina que existe entre todos sus personajes. Porque esta obra, más allá de la estructura única creativa en torno a los sentidos y detalles por lo natural y antinatural, es una historia trágica sobre la posesión de un ser sobre otro, es una condensación del comportamiento de las criaturas que habitan esta tierra. Para Nuestra Piel Muerta al fin y al cabo todos somos dioses sobre algo, Lucas sobre sí mismo, un dios bondadoso, la madre sobre su jardín de flores y plantas, el padre sobre Lucas, su madre y las nodrizas, Eloy y Felisberto sobre toda la familia; y la naturaleza etérea sobre todos los demás.
Algo que quisiera agregar, es que no pude evitar comparar a Lucas en su ascensión a la montaña Nariz del Diablo (que asumo que se refiere al sector de Alausí, provincia de Chimborazo, Ecuador) con Grenouille de la obra El Perfume, cuando decide apartarse del hastío del olor humano y encuentra al fin un refugio en la última montaña del mundo y la convierte en su creación divina, donde no come ni bebe agua, y enferma casi hasta la muerte, pero está extasiado de su creación y en una tremenda paz, con las plantas, aromas y olores que él quiere experimentar para siempre, donde todo sonreía para él, porque todo era perfecto.
Es todo lo que he podido procesar hasta ahora, de allí sobre el desarrollo de la historia, siento que no es un 5 estrellas, ni una obra que alcance la excelencia para mí, porque sacrifica un desenlace, una tragedia elaborada, por el entorno y los sentimientos de nuestro protagonista, y creo que eso está bien, funciona para mí. Me hubiera gustado conocer mucho más sobre Josefina, más que de las nodrizas. Todas las escenas que Lucas hablaba de ella, me quebraban, y lloré cuando ella lloraba porque recordaba a sus alelíes creciendo luego de que su jardín fuera asediado. Es de las cosas más reales que he leído después de algún poema de Borges sobre su abuelo. En fin, tiene muchos pasajes muy profundos entre la conexión con su madre, la brevedad y sinsentido de la vida cuando se nace con tanta carga y sufrimiento, muchas blasfemias que he disfrutado, y una extensa galería de reflexiones en torno a la deconstrucción de la familia que han sido muy difíciles de tragar.
En fin, es una obra preciosa por su forma; su universo y su realismo conciben una experiencia única en la historia de un niño despojado del reino de dios, y su venganza para con quienes lo maltrataron. Y quien en su poco entendimiento de la vida, de su entorno, se encuentra con la tierra, y lo forzan a tener una conexión con ella, no es una relación romántica, es una identidad a suerte de su supervivencia.