El título es mucho más prometedor que el contenido. Es casi un libro de autoayuda, se vuelve literatura porque hay frases bellas. Por ejemplo, las citas a Roland Barthes y a Vicente Fernández: "El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras como dedos o dedos en mis palabras" y "Grabé en la penca de un maguey tu nombre, unido al mío, entrelazados, como una prueba ante la ley del monte, que allí estuvimos enamorados". Y de ella, como el texto que abre el capítulo dos: "No quiero nombrarla, porque amar es nombrar" o "enamorarse es y será siempre lo que me pasó a su lado, pero que amar es mejor". Ay, se me apretujó el corazón un poquito. También hay lugares comunes, algunos tratados de forma cursi y otros que me parece que logran interpretar sin mamonerías un sentir general, por ejemplo, cuando habla de los tipos de monólogos internos autodestructivos, porque sí, una piensa o pensó "nunca voy a encontrar a alguien igual" o "me voy a quedar sola en la vida". Al final, el amor es eso. Parece que Freddy Merkén lo escribía en una viñeta: es la ilusión de que no moriremos solos. Es decir, de que encontraremos a alguien con quien gastar el tiempo muerto, las horas de ocio, las tardes después del trabajo, los fines de semana con las tiendas del centro cerradas, los veranos libres, la vejez inminente. Hay mucho pop en el libro. "Amar es difícil, pero es más difícil terminar Mario Bros, y todos lo hicimos en nuestra infancia". También hay mucho consejo de amor o desamor para millennials: no revises su Twitter, no le pidas a tus amigos ver sus fotos de Instagram. En el fondo, cómo evitar ser patética en tiempos de internet. Además de esos puntos, hubo un apartado que me hizo mucho sentido, que dice: "La razón por la que buscamos música melancólica mientras estamos afligidos (...) es porque queremos reconocer nuestro dolor en las palabras de otro (...) [así] somos capaces de entender mejor nuestros sentimientos". Últimamente pienso que no existen las señales. Que si alguna vez leemos un cartel en la calle o escuchamos la frase de una canción o alguien nos dice algo que nos hace sentido, es porque estamos con la cabeza tan puesta en eso que nos complica, tratando de comprendernos y descifrar qué hacer en medio de la confusión, que a veces desde afuera llega una idea que sintetiza y ordena todo eso que nos perturba. No es que la frase la haya enviado dios o algo así, sino que nuestra atención se clava en la premisa perfecta, que al fin esclarece lo que nos pasa. Como dice Jonathan Lethem en "Contra la originalidad", "la invención no consiste en crear algo de la nada, sino hacerlo a partir del caos". La música romántica triste nos da eso. Nos da frases que seleccionamos para organizar la hecatombe. Hacia el final, hay un capítulo en el que la autora habla de una tía muerta, a la que quería muchísimo, y sus reflexiones de amor respecto de ella son, ay. Dice: "El cuerpo me duele cuando trato de hacerme la idea de que jamás podré volver a tocar sus manos". En fin, el libro es un collage de dibujos lindos, frases hermosas, consejos buenos, consejos cursis y recetas de cocina, que no entiendo bien por qué están ahí. Me gustó, lo pasé bien leyendo. Lo único que me molestó es que es el texto de una autora que habla del desamor con una chica, es decir, una lesbiana que, me parece, debería hablar desde un plural femenino. Y sin embargo, el libro está escrito en primera persona (plural o singular) y en tercera, pero SIEMPRE en masculino. Eso no lo entendí en términos pragmáticos y en términos políticos.