"Un hombre Conforme al Corazón de Dios" de Jim George ofrece un compendio de principios éticos y espirituales cuyo tratamiento resulta tan dogmático y carente de profundidad que difícilmente puede considerarse literatura. El estilo es el de un manual de instrucciones simplista, y el mensaje, aunque bien intencionado, se construye sobre una base de generalizaciones y una visión del hombre y la espiritualidad que raya en lo absurdo y, en ocasiones, potencialmente nociva por su machismo y rigidez.
El primer y más evidente defecto es su estilo literario. El texto se limita a una enumeración fragmentaria de puntos, subpuntos y listas ("No haga esto...", "Haga aquello..."), sustentadas con citas bíblicas descontextualizadas que funcionan como etiquetas en lugar de como fuentes para una reflexión. La información es plana y repetitiva, carente de cualquier tono poético o teología como tal. Se lee como las notas de un sermón básico, sin desarrollo, sin argumentación sólida y sin conexión entre las ideas. El salto abrupto entre temas (del "amor de Cristo" a un "estilo de vida de oración", luego a una lista de prohibiciones y finalmente a la "excelencia" laboral) revela una estructura demasiado superficial. El mensaje de Jesús era muy fácil de entender: este mundo, y todo ser vivo en él, habían sido corrompidos por las fuerzas del mal y, por lo tanto, uno debía renunciar a este mundo, incluyendo a la familia y a todas las posesiones materiales. Todo en espera del "reino de Dios", el cual se manifestaría en forma de un evento cataclísmico que premiaria a aquellas criaturas que más sufrieron en este mundo. Un mensaje tan polémico y extremo que eventualmente fue abandonado y cambiado casi por completo a lo largo de apenas un siglo.
No culpo al autor por no ser capaz de seguir una mentalidad tan extrema, pero su mensaje es aún más problemático. Se reduce a una moralidad cristiana basada en la evitación de vicios y la adopción de virtudes genéricas, presentadas como una lista de verificación para el "hombre de Dios". Por ejemplo: "No sea pendenciero, no sea amante del dinero, no sea altivo... Sea justo". La complejidad de la lucha moral interior, las tensiones de la vida moderna, las circunstancias sociales y psicológicas que dan forma al carácter, pero sobre todo, las contradicciones de la vida critiana moderna, son completamente ignoradas. El resultado es un ideal de masculinidad piadosa que parece moldeado en plástico: impecable, predecible y humanamente inverosímil. Porque, claro, para Jim el hombre cristiano moderno tiene permiso de acumular riqueza por medio de posiciones de poder a las que no tendría acceso sin títulos académicos otorgados por instituciones religiosas de enorme influencia social. En palabras simples, Jim George dicta a los hombres a ser materialistas en lugar de cristianos.
Peor aún es la sección que intenta trasladar esta moral al ámbito laboral bajo el principio de "excelencia", definida como "el uso máximo de los dones... dentro del rango de las responsabilidades dadas por Dios". Los "seis pilares" propuestos (integridad, fidelidad, puntualidad, calidad, actitud agradable y entusiasmo) podrían extraerse de cualquier manual de recursos humanos de bajo presupuesto de los años ochenta. La apropiación de figuras bíblicas como Daniel para respaldar lo dicho resulta forzada y reduce el texto a anécdotas de buen comportamiento empresarial. Se promueve una ética de la adaptación y el rendimiento, donde la "excelencia" parece servir tanto a la gloria de Dios como al éxito dentro del sistema capitalista, sin cuestionamiento alguno. Esto es absurdo ya que cualquier persona podrá darse cuenta que el Jesús del Nuevo Testamento jamás aprobaría tal perspectiva, ya que, al contrario, seguir las enseñanzas de Jesús presupone vivir en la pobreza extrema, abandonar tanto el trabajo como cualquier tipo de estudio, y sacrificar tanto el cuerpo como la salud mental en espera del Apocalipsis.
Finalmente, el tono es condescendiente y autocomplaciente ("Hermano querido..."). La anécdota del autor resistiendo las ganas de salir a correr para orar mientras escribe el capítulo sobre la oración pretende ser humilde, pero suena a una piadosa afectación. No hay introspección genuina ni lucha, solo un discurso tremendamente aburrido y contradictorio con todo el Nuevo Testamento.
Por todo ello, este tipo de libros no ofrecen una guía práctica realista y su estilo es tan pobre que desalienta la lectura. Representan lo peor de la literatura cristiana devocional: simplista, contradictoria y materialista. Es mejor leer a cualquiera de los autores místicos católicos.