¿Tú qué prefieres, una mentira bien contada o una verdad que haga saltar todo por los aires?
Esa es la pregunta que parece flotar en el ambiente mientras lees Lluvia fina. No porque Landero la plantee directamente, sino porque cada página está empapada de medias verdades, recuerdos maleables y silencios que dicen más que las palabras. Aquí nadie es un narrador fiable, pero todos tienen algo que contar. O algo que ajustar. O algo que vengar.
La premisa es simple: Gabriel, un tipo metódico y sensato, decide organizar una comida familiar por el 80 cumpleaños de su madre. Una cosa bonita, de reconciliación, de cerrar heridas; ya sabes. Y ahí empieza el desastre. Porque en esta familia, como en tantas, cada uno ha vivido la historia de manera distinta. Lo que para unos fue cariño, para otros fue abandono. Lo que parecía un sacrificio, para alguien más fue egoísmo puro. Y, como en todo drama bien hilado, la madeja de rencores empieza a desenredarse hasta que el pasado ya no se puede contener.
El gran truco de esta novela es cómo está contada. La narración avanza como una tormenta lenta, con una tensión que crece de forma casi imperceptible hasta que, sin darte cuenta, estás en el ojo del huracán. Landero convierte esta historia en un mecanismo de precisión donde los personajes van desnudando su versión de los hechos en conversaciones que parecen inocuas, pero en realidad son bombas de relojería. Y es que Lluvia fina no es solo una novela sobre la familia, es una novela sobre el poder del relato: sobre cómo nos contamos la vida a nosotros mismos para sobrevivir. Sobre cómo la memoria es una gran fabuladora y cómo la verdad, cuando se destapa, rara vez es lo que esperábamos. Lo que Landero hace es mostrar cómo el pasado nunca se entierra del todo, cómo los resentimientos se transmiten como una maldición y cómo la familia —ese refugio que se supone seguro— puede convertirse en un campo de batalla donde todos están condenados a perder.
Landero construye la narrativa de Lluvia fina a base de llamadas telefónicas, confidencias y relatos cruzados. La historia se desgrana a través de los personajes, pero la gran receptora de todo es Aurora, la esposa de Gabriel. Ella escucha, ella recoge, ella absorbe todas las versiones hasta que la maraña de resentimientos se vuelve inextricable. Porque aquí nadie está del todo equivocado ni del todo en lo cierto: cada cual recuerda lo suyo y lo recuerda a su manera. Y así es como Landero teje esta novela: con recuerdos deformados por el tiempo, con reproches que han macerado durante años, con verdades que, cuando se dicen en voz alta, ya no pueden volver a ser solo pensamientos.
Y aquí viene lo interesante: el lector no es un simple espectador. A medida que avanza la historia, te conviertes en juez, en cómplice, en víctima. Lees una versión de los hechos y piensas “claro, tiene razón”. Luego viene otro personaje y te cuenta su perspectiva, y entonces dudas. Y así, página tras página, Landero juega con tu percepción hasta que entiendes que la verdad no es única, sino un mosaico hecho de rencores, malentendidos y heridas mal cicatrizadas.
Además, el estilo de Landero es puro veneno disfrazado de elegancia. Frases largas que serpentean con una cadencia hipnótica, diálogos afilados como dagas, descripciones que en lugar de adornar diseccionan la realidad. Es de esos escritores que no necesitan gritar para hacer temblar el suelo bajo tus pies.
Lo brillante de Lluvia fina es cómo el lenguaje, que debería ser un puente, se convierte en un campo de batalla. En esta novela las palabras nunca son inocentes. No lo son en los recuerdos, no lo son en los descuidos verbales ni en las conversaciones cotidianas. Todo lo que se dice pesa, hiere, abre heridas antiguas. No es cierto que las palabras se las lleve el viento. No, aquí las palabras caen como esa lluvia fina que primero humedece la piel, luego cala los huesos y finalmente se convierte en tormenta.
Luis Landero siempre ha tenido un tono inconfundible, una especie de lirismo teñido de nostalgia y humor, incluso cuando narraba desgracias. Pero aquí cambia el tono. Lluvia fina es una novela sin tregua, sin el consuelo de la ironía. Lo que empieza como un goteo termina siendo un aguacero y, cuando llega el desenlace, solo queda una extraña sensación de frío, como si el agua te hubiera empapado hasta la médula. Y entonces es cuando te das cuenta de que Landero no ha escrito una historia cualquiera. Ha escrito sobre ti, sobre tu familia, sobre todas esas cosas que nunca se dicen pero que siempre están ahí, latentes, esperando su momento para salir a la luz. Porque al final, en toda familia, la verdad y la mentira se enredan tanto que ya nadie sabe quién está contando la historia real. Solo saben que, cuando las palabras caen, es imposible detener la tormenta.
Y mira, lo que más me dejó dando vueltas sobre Lluvia fina no fue solo lo que vi entre las páginas, sino lo que se quedó suspendido en el aire después de leerlas. Porque hay finales que no te sueltan, que te siguen mirando fijamente mucho después de que hayas cerrado el libro. Este es uno de esos. Y no quiero decir mucho más, porque lo bonito es llegar ahí sin que nadie te lo cuente, pero te aseguro que, cuando llegues a esas últimas páginas, sentirás que todo lo que creías saber sobre los personajes y sus historias se sacude, como si esa lluvia fina que te iba calando en los huesos se convierte de repente en una tormenta que por fin estallara y las piezas cayeran donde debían. No es un final fácil, pero seguramente es el que la historia necesitaba.
Así que la pregunta sigue abierta: ¿tú qué prefieres, una mentira bien contada o una verdad que haga saltar todo por los aires? Pero no te preocupes, al final, en toda familia, la verdad y la mentira acaban pareciéndose demasiado. Y sus consecuencias terminan filtrándose en la memoria y empapando cada recuerdo. Como una lluvia fina.