Honestamente, no pude terminarlo. Leí un veinte por ciento del libro y me detuve en seco fastidiada e indispuesta a seguir leyendo. Me fascina la leyenda artúrica, ya sean libros, películas, arte, música... yo encantada lo consumo todo como golosinas, pero esto fue como probar el nuevo sabor de una marca que te gusta mucho para darte cuenta de que no sólo no te encanta, sino que, sorprendentemente, te desagrada y te dan ganas de escupirlo. Bueno, pues eso hice.
Merlín es un pervertido, Arturo es un pelele, Ginebra por alguna razón en esta historia es la pagana (cuando siempre ha representado los valores cristianos, que al casarse con el heredero de un trono pagano se une la fe antigua y la nueva en una paz ejemplar y que trasciende de las diferencias culturales -que es uno de los más fuertes mensajes de la leyenda-), y no sólo pagana, sino de un linaje matriarcal de La Diosa. Además, la autora le da Avalón a Ginebra, abofeteando el mito Galés que origina la historia que está destazando a cuchilladas.
Los personajes son blancos o negros, los malos son muy malos, masculinos, perversos, y obsesionados con el sexo (que es algo malo, claro), y los buenos son todo blanco y oro, prístinos y justos y, curiosamente, femeninos. Esta dicotomía entre lo bueno y lo malo, lo blanco y lo negro, lo cristiano y lo pagano, el matriarcado y el patriarcado huele ya mal de lo pasado que está, y esta historia sólo añade más a ello.
Está MUY (subrayo) bien escrita, la autora tiene un estilo limpio, la historia está contada desde muchas perspectivas (a veces demasiadas, brinca de cabeza en cabeza de manera casi indiscriminada), y el estilo es admirable... pero me rehúso a que la autora meta a martillazos su agenda política en una leyenda preciosa y que me eche a perder a los personajes.
NO la recomiendo a quien ame Las Nieblas de Avalón, esta es algo así como la historia opuesta.