Segunda lectura tan deslumbrada como la primera, aunque con una mordida de escepticismo. Kohan logra que se escuchen todos los instrumentos de la orquesta. Debe ser por la experticia en teoría literaria. Sin embargo, la narración se impone. Quizás, a pesar de tal experticia. No parece ser el caso de poder conseguirse buena literatura a partir de buenas recetas. Entonces, no es la teoría lo que hace buena esta novela sobre algunas de las tantas oscuridades de la última dictadura argentina, el tema obsesivo de Kohan. El emblemático colegio, años emblemáticos, climas emblemáticos. Ese conjunto no tiene nada de particular. Es un lugar común. Entonces, tampoco es eso. Hay un motor dionisíaco en Kohan, quizás anidado en la sexualidad. En ese sentido, se trata de una novela porno. O quizás anida en la intuición benjaminiana del mal. Creo que no del todo. Esto cambiaría por completo la novela. También es una novela que dialoga con gigantes de la literatura argentina y de la historia argentina. Los cruces son como para hacer una tesis doctoral, que ya debe estar hecha. Es otra cosa lo que mueve la narración, quizás la fuerza del lenguaje que se vuelve autónomo hasta implosionar. Contra todo. Casi cada párrafo lleva alguna iluminación. Eso sí hace buena la novela. A la vez, este mérito se opaca con algo que cuesta identificar. No es lo apolíneo de los procedimientos. Crece como intuición en la oscuridad, frase a frase. Si se la cuida, llega a tener palabra. Y es una molestia. No arruina la novela, pero la aproxima a una categorización que incomoda, sólo por el hecho de convocar categorías. Y peor, por ser compatible. Creo que es una novela maniquea. Su eje son los dualismos morales, las polarizaciones irreconciliables del bien y del mal. El dedo malo de Biasutto que corrompe para siempre el himen bueno de María Teresa. Estereotipos artificiales. Bueno bueno, malo malo. Por supuesto que la gran inteligencia de Kohan matiza las categorías, las ensucia un poco con atributos de otras categorías. Pero no alcanza. Opera más como una concesión. Entonces, queda una novela que se lee como las grandes novelas de la literatura universal, pero opacada por una maniobra maniqueísta parcial que le reduce el brillo. En cualquier caso, ocurre en dos tiempos. El segundo, reflexivo, cuenta menos.